De pequeña soñaba con ser maestra, pero solo pudo estudiar hasta segundo grado; la pobreza y la falta de oportunidades se lo negaron, como a muchas niñas de ese tiempo. La vida la llevaría a desempeñar otra tarea. Guadalupe Mejía nació el 26 de mayo de 1943 en el cantón La Ceiba, del municipio de Las Vueltas, Chalatenango. El mundo sufría la Segunda Guerra Mundial y El Salvador el apogeo de la dictadura militar. En este contexto conoció en su tierra natal a quien sería después el padre de sus nueve hijos, Justo Mejía, un muchacho pobre como ella y que hacía honor a su nombre. Era sencillo, buena gente y con gran sensibilidad social. Se desempeñó como catequista y celebraba la Palabra de Dios en aquellos tiempos en los que la Iglesia salió de los templos y la realidad entró en los conventos.
Como hoy, en aquellos años decir la verdad era motivo de persecución. La fidelidad al Evangelio de Jesús hizo que Justo diera el salto a la lucha popular. Fue dirigente campesino, se organizó para pelear contra la injusticia y defender los derechos de los campesinos. Por ello le tocó andar itinerante, esquivando los constantes retenes en la zona donde vivían. El 9 de noviembre de 1977 lo capturaron, lo torturaron y lo asesinaron. Su cuerpo fue abandonado en un lugar cerca de Dulce Nombre de María. Guadalupe y tres de sus hijos fueron a recoger el cadáver. A ella siempre le dolió haber negado que él era familiar suyo cuando los guardias nacionales se lo preguntaron. Siempre sintió el amargo sabor de la negación, pero ella misma sabía que lo hizo para salvar la vida de su familia: si los guardias se hubieran enterado de que era la esposa del asesinado, ella y sus hijos habrían corrido la misma suerte que Justo.
Este acontecimiento le cambió la vida: viuda a los 34 años y con nueve hijos que criar. Con ellos tuvo que dejar su casa y su cantón, y anduvieron deambulando por varios lugares en la lucha por alimentarlos y sacarlos adelante. En agosto de 1981, las fuerzas gubernamentales desaparecieron a su hermano, Gilberto Mejía, al que nunca pudo encontrar. La Madre Guadalupe, como se le conoció desde entonces, dedicó el resto de su vida a exigir justicia por el asesinato de su esposo Justo y a dar con el paradero de su hermano. Esa mujer sencilla que no pudo estudiar pero que daba cátedra con su vida, sacó fuerza de la debilidad.
“La fuerza Dios se la da a uno, porque lo hace uno por buscar la justicia, no por hacer un daño”, dijo ella en una entrevista. El escritor salvadoreño Manlio Argueta reveló en 2014 que de una plática con Madre Guadalupe nació la inspiración para escribir Un día en la vida, que relata violaciones a los derechos humanos sufridas por campesinos salvadoreños a manos de las Fuerzas Armadas.
Madre Guadalupe falleció el pasado jueves 16 de abril. Deja un gran legado. En 1981 fundó, junto a otras víctimas del conflicto armado, el Comité de Madres y Familiares de Personas Desaparecidas Marianela García Vilas (Codefam). Desde esa plataforma defendió incansablemente los derechos humanos, denunció las injusticias, intercedió por la liberación de presos políticos y acompañó a víctimas del conflicto con la ternura que solo otra víctima puede transmitir. Desde ahí se convirtió en una referente histórica de la lucha por la verdad, la justicia y el rescate de la memoria histórica. Fue una de las impulsoras del Monumento de la Memoria y la Verdad construido en el parque Cuscatlán, que recoge los nombres de miles de personas desaparecidas y asesinadas en el contexto del conflicto armado. En 2022, la UCA, a través del Idhuca, le otorgó el Premio de Derechos Humanos Segundo Montes.
El dolor que tiñó la vida de la Madre Guadalupe la llevó a luchar por la plena vigencia de los derechos humanos, una tarea difícil y peligrosa en contextos como el nuestro. Madre Guadalupe murió a los 83 años sin encontrar justicia por el asesinato de su esposo Justo y sin haber localizado a su hermano desaparecido, Gilberto, al igual que muchas otras madres que siguen siendo víctimas de las injusticias cometidas durante el conflicto armado. Gracias, Madre Guadalupe, por su testimonio, porque su sola presencia clamaba justicia desde la verdad inapelable de quien ha sufrido. Que su ejemplo nos iluminé para denunciar el mal, a pesar de las adversidades.
* Omar Serrano, de la Vicerrectoría de Proyección Social.