Ética de la responsabilidad

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Es lugar común decir que en la sociedad salvadoreña se han perdido los valores o que vivimos una crisis de valores. Con ironía y con cierto realismo, algunos afirman que sólo se pierde lo que se tiene, y que, en nuestro caso, más que pérdida, lo que ha habido es ausencia de valores. Es decir, tanto en las instituciones como en las personas predomina un modo de proceder en el que es más o menos habitual el desacato a las leyes y a las normas; la negación de los derechos fundamentales de los ciudadanos; la indiferencia frente al irrespeto de los valores; las deficiencias o incoherencias en las autoridades responsables de la transmisión de valores; la falta de equilibrio entre derechos y responsabilidades; el predominio de intereses individuales y sectoriales sobre el bien común, entre otros.

A esos modos de proceder se suman algunas creencias también habituales en gran parte de la ciudanía. No es raro, por ejemplo, encontrar personas que creen que la contaminación no es su responsabilidad, que "las normas se hicieron para violarlas", que "con el dinero se resuelve todo", que el vivo es el que se salta las reglas con impunidad, que "pagar impuestos no sirve para nada", etc. Lo grave de este tipo de creencias es que terminan siendo modos de actuar, contrarios a los fines de una sociedad basada en la ética y en el derecho.

De ahí que un reto para el presente y futuro de nuestro país sea impulsar un comportamiento ético que nos encamine a formas de vida personal e institucional más acordes con una sociedad democrática, solidaria e incluyente. En este sentido se habla de la ética de la responsabilidad, entendida como la capacidad de dar respuestas eficaces a los problemas que nos llegan de la propia realidad. Responsabilidad con respecto al ejercicio de los derechos humanos, la protección de los recursos naturales y la vida de las generaciones futuras.

La responsabilidad revela el carácter ético de cada persona. Es una cualidad enteramente voluntaria que nos lleva, por un lado, a más respeto, más transparencia y más cordialidad hacia los demás; y, por otro, a dar respuesta a las necesidades de otro ser humano. El otro me exige una actitud práctica, que puede ser de hospitalidad, de indiferencia o de rechazo. Ser responsable, por tanto, significa estar listo y dispuesto a responder. Desde nuestra propia realidad, algunos de los aspectos a los que se debe dar una respuesta responsable son la inclusión social, la equidad de género, la justicia económica, la conservación del medio ambiente, la seguridad ciudadana y la probidad de la función pública.

La ética de la responsabilidad es justamente lo contrario de una simple ética del éxito, que considera bueno todo lo que funciona o proporciona beneficios, poder o ventajas. Por este camino se llega a justificar cualquier medio en función de los fines. El poder ejecutivo salvadoreño, por ejemplo, se resiste a aceptar la sentencia de la Corte Suprema de Justicia que prohíbe transferir fondos de los ministerios hacia la Presidencia de forma arbitraria y sin el control que garantice transparencia. Según el ejecutivo, este control impedirá una respuesta inmediata a las demandas de la población. Su argumento principal es que el fin (servir eficazmente a la ciudadanía) justifica los medios (uso privado y secreto de los fondos públicos). La transparencia y la honradez nuevamente son amenazadas.

Contraria a la ética de la responsabilidad es también la llamada "ética de intenciones", que suele interesarse por la motivación puramente interna de la acción, eliminando cualquier preocupación por sus consecuencias. La historia ha sido testigo de que grandes atrocidades se han llevado a cabo en nombre de buenas causas. A ello obedece que desde la sabiduría popular se diga que "el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones". Sin embargo, en el lenguaje bíblico metafórico se afirma que "cada árbol se conoce por su fruto", para expresar la conexión existente entre un acto y su consecuencia. Precisamente, la ética de la responsabilidad pone especial cuidado en este punto: las consecuencias que se siguen de un determinado comportamiento sobre otros y sobre la naturaleza.

Con el ejercicio de la ética de la responsabilidad podemos cambiar la competitividad individualista por la cooperación competente y cordial; la acumulación excluyente de riqueza por el acceso equitativo a los bienes que garanticen la satisfacción de las necesidades fundamentales; el consumismo sin límites por el uso racional de los recursos; podemos pasar, finalmente, del espíritu egocéntrico al espíritu de concordia.

Pero, dicho esto, hay que añadir que, si bien es condición de posibilidad para la consecución de un modo de vida realmente humano y fraterno, la ética de la responsabilidad no suple la necesidad de un Estado de derecho en el que todas las personas sean consideradas y tratadas con igual dignidad. En las sociedades antiguas, la seguridad de las personas dependía en gran medida del proceder ético individual. En la sociedad actual, al comportamiento ético esperado en cada uno de los ciudadanos y ciudadanas hay que añadir las normas jurídicas que, siendo efectivamente reales y vigentes, pueden garantizar los derechos ciudadanos y liberar a la sociedad de decisiones arbitrarias. En este sentido, desde la ética de la responsabilidad debemos exigir que el derecho produzca leyes, sentencias y procedimientos justos.

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Anónimo
13/09/2010
16:37 pm
Es interesante este aporte, como también otros muchos que se han escrito en cuanto a la ética. Se une a esto la propaganda estatal con su ética gubernamental, es raro que algunos se quejan que esta algo escondida esta oficina...El gran problema no es lo que se dice o se escribe sino la falta de carácter de nuestros líderes, sean éstos económicos, religiosos o políticos, ya que son ellos los del mal ejemplo. La imagen está bien, saco y corbata, pero lo que hay detrás de esa imagen deja mucho que desear. Derechos...mejor hablemos de deberes. Saludos.
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