"Necesitamos vivir simplemente para que otros puedan simplemente vivir"

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De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en octubre próximo, el número de habitantes del planeta llegará a 7 mil millones. Las estadísticas afirman que durante los próximos diez años algunas de las naciones más pobres del mundo duplicarán su población y en 2025 se registrarán 8 mil millones de habitantes. En este sentido, el Fondo de Población de la ONU ha exhortado a la reflexión y el análisis de lo que significa vivir en un mundo con 7 mil millones de habitantes.

La reflexión, el análisis y las medidas son más urgentes si consideramos las implicaciones de esa cifra para la realidad de los países empobrecidos o en desarrollo —como también se les llama usando un término menos duro—. Estos tendrán que hacer esfuerzos muy considerables para atender las necesidades de una población en crecimiento si no quieren ver aumentar en millones sus niveles de pobreza y exclusión. Ahora mismo, los países empobrecidos tienen el 98% de la población subnutrida del mundo (solo América Latina y el Caribe tienen 53 millones de hambrientos); esta región también se caracteriza por tener una desigualdad social alta, persistente y que fácilmente se reproduce debido a un contexto de baja movilidad. 14 países tienen una esperanza de vida que no llega a los 50 años. Los últimos en este ranking son Afganistán y Lesotho con 44.6 y 45.9 años, respectivamente. El número de personas viviendo en pobreza extrema aumentó a 2 mil 600 millones, según el informe 2010 de la ONU sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Por tanto, la situación de precariedad en la que ya vive una parte importante de la población mundial debe ser motivo de preocupación y una prioridad, sobre todo en un contexto global de acelerado crecimiento demográfico. Claro está que las soluciones a estos graves problemas no provendrán de programas de control de la natalidad que promocionen la anticoncepción, ni mucho menos de esperar pasiva e indolentemente a que aparezcan guerras o epidemias para que se reduzca la población a costa de los más vulnerables. Se trata de orientar las estructuras y el funcionamiento económico y jurídico de la sociedad, así como su sentido ético, hacia una convivencia digna, con participación y equidad en la distribución de recursos, con justicia ecológica, con solidaridad, con seguridad alimentaria y nutricional, y sobre todo, con una cultura de la vida buena, esto es, una cultura de la inteligencia, la compasión y el compromiso.

Ignacio Ellacuría hablaba de una civilización de la pobreza "donde ésta ya no sería la privación de lo necesario y fundamental por parte de grupos, clases sociales o conjunto de naciones, sino un estado universal de cosas en que esté garantizada la satisfacción de las necesidades fundamentales, la libertad de las opciones personales y un ámbito de creatividad personal y comunitaria que permita la aparición de nuevas formas de vida y cultura...". Jon Sobrino, dándole actualidad a esa propuesta, ha planteado la necesidad de una ecología del espíritu, descrita en los siguientes términos contraculturales: "El espíritu de comunidad versus el individualismo aislacionista, que fácilmente degenera en egoísmo; la celebración versus la diversión irresponsable, que degenera en alienación; la apertura versus el etnocentrismo cruel, que degenera en desentendimiento del sufrimiento de los otros; la creatividad versus la imitación servil, que fácilmente degenera en pérdida de identidad; el compromiso versus la mera tolerancia, que degenera en indiferencia; la fe versus el burdo positivismo y pragmatismo, que degenera en sinsentido de la vida".

En conclusión, el reto de los 7 mil millones de habitantes no puede ni debe reducirse a medidas cuantitativas de orden económico, social, ecológico. Se trata también de medidas cualitativas, culturales, éticas —en las que no suele repararse cuando se habla de estos temas—; de construir un nuevo modo de civilización que realmente nos haga mejores seres humanos, con capacidad para desarrollar relaciones humanizantes con la naturaleza y entre nosotros mismos. Dicho en palabras de Gandhi: "Necesitamos vivir simplemente para que otros puedan simplemente vivir". Este modo de ver las cosas lo requiere con urgencia el mundo de la abundancia.

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Anónimo
26/07/2011
08:53 am
Ese es el problema de las sociedades occidentales: el modelo económico y cultural que impera nos enseña a acaparar los bienes en una compleja depredación entre los más pudientes y los desfavorecidos. Mientras no haya una transformación de la cultura de los depredadores, los pueblos crucificados del mundo seguirán aumentando sus lamentos en la cruz de la injusticia y la impunidad... Ya no se trata de administraciones políticas, es una labor generacional de transformación de la realidad mediante la renovación de la ideología de que "el más fuerte sobrevive..." Solo así bajaremos de la cruz a los pueblos crucificados del tercer mundo.
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