Blanco y negro

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Si hay algo pésimo para la ética es ver todo en blanco y negro, en oposición total de colores, en bueno y malo, en ángeles y demonios. Es cierto que puede haber algunas personas que con sus actos empujen a muchos a verdaderas atrocidades. Lo mismo que hay personas que en medio de los desgarramientos sociales más crueles son capaces de entregar su vida pacíficamente sin prestarse al odio o a la violencia. Pero la mayoría de los seres humanos no somos héroes ni encarnaciones del mal. Y por lo mismo estamos llamados a convivir, a buscar soluciones fraternas, a impedir que se abuse de la dignidad humana, a elegir a veces no lo perfecto, sino lo imperfecto que pueda ir mejorando con el tiempo, con la educación y con el esfuerzo de todos. Pero eso sí, negándonos radicalmente a lo que conduce al odio creciente, a lo humillante, a lo que niega la dignidad de todos y de cualquier ser humano en particular. Pero en El Salvador abundan, lamentablemente, quienes gustan de los colores contrapuestos, de la oposición frontal, de la división entre héroes y villanos.

Algunos hablamos de justicia transicional respecto a los gravísimos crímenes del pasado. Pero como van las cosas, parece que demasiados o no quieren nada de justicia (se conforman con el famoso “perdón y olvido”), o quieren que los criminales se pudran en la cárcel. No importa la experiencia de Sudáfrica y de tantos otros países, hasta llegar a nuestra amiga y vecina Colombia, que ha optado con claridad por la justicia transicional como camino de reconciliación social. Es cierto que los partidos acaban haciendo pactos cuando no les queda más remedio, como ha pasado ahora en el tema de las pensiones. Pero hasta que han pactado, el malo siempre era el otro, sometiendo a la ciudadanía a una tensión inmerecida y bastante absurda. Obligados por la realidad, los partidos salvadoreños presentan su pacto como una muestra maravillosa de solución política, mientras el sistema de pensiones continúa siendo un privilegio de minorías, no un derecho y una prestación universal. En otros temas, especialmente si no son urgentes, vuelve la dinámica del bueno y el malo, preferida no solo por los políticos, sino también por muchos “opinólogos” y diversos entusiastas de la condena ajena y la defensa de lo propio.

En el país, es difícil comentar la violencia y señalar las diversas responsabilidades, especialmente de los más fuertes, sin recibir ataques. Si atacamos a las pandillas no hay mayor problema, porque estamos acostumbrados a condenar efectos y no causas. Si decimos que la violencia nace en la familia, tampoco se enoja nadie, porque las familias son débiles y nadie se siente responsable del poco apoyo que se les da. Para colmo, además, pensamos que la preocupación por la familia es obligación solo de las Iglesias. Pero si decimos que hay demasiado rico egoísta y con demasiado poder, y que eso genera desigualdad y violencia, entonces resulta que somos comunistas. Si decimos que el Estado, en la medida en que permite abusos de autoridad, tiene parte de la responsabilidad en la violencia actual, nos estamos plegando a la derecha y estamos defendiendo a las maras. Si acusamos a algunos policías de malos tratos o ejecuciones extrajudiciales, estamos mintiendo, somos poco serios y no tenemos en cuenta a los agentes que mueren en acto de servicio.

Cuando buscamos soluciones, nos solemos poner tan idealistas que olvidamos la complejidad de los problemas, la necesidad de escalonar las acciones, de evaluar cada paso que damos, cada inversión que hacemos, de aprender de las experiencias exitosas que algunas comunidades emprenden por su cuenta y que llevan a buenos resultados. Y por supuesto, creemos que salir de la pobreza, del subdesarrollo y de la polarización paralizante no implica la necesidad de sacrificios. Creemos que si apoyamos al mercado, automáticamente saldremos de la pobreza. Como si las mágicas soluciones del ganar-ganar se dieran sin hacer mayores sacrificios en el área de impuestos y sin trabajar por la mejora de los salarios y contra la corrupción, o incluso en la dura y complicada labor de limpiar de corruptos al partido con el que se simpatiza o del cual se es miembro. El blanco y negro no existe en la política ni en el desarrollo de los pueblos. Avanzamos haciendo alianzas, emprendiendo proyectos de realización común, evaluando y mejorando tras la evaluación de los pasos dados.

Somos muchos los que creemos en un futuro mejor para El Salvador. Pero por alguna razón desconocida, no logramos ponernos de acuerdo. La tradición autoritaria, la costumbre de hacer del poder una fuente de beneficios individuales, los intereses económicos convertidos en el nuevo ídolo de oro al que se sacrifican víctimas con toda tranquilidad, las ideologías cerradas y la incapacidad mental de salirse de ellas pueden ser algunas de las razones. Que todos debemos ser más autocríticos, es sin duda cierto. Que el diálogo debe ser un instrumento eficaz, también es real. Que nadie está satisfecho con que tantos y tantas salvadoreños estén excluidos de prestaciones sociales y salariales dignas, también es objetivo. Tal vez es tiempo de hacer propuestas realistas, donde todos tengamos que poner un poco de esfuerzo e incluso de sacrificio para conseguir ese bien común del desarrollo sostenible, que de momento y entre nosotros es el menos común de los bienes.

La ONU definió en 1999 la cultura de paz. El conjunto de valores que la constituyen fue aprobado por la Asamblea General de ese mismo año. Allí se hablaba de liberar la generosidad. Y se definía esa liberación generosa como la tarea de “compartir el tiempo y los recursos materiales para terminar con la exclusión, la injusticia y la opresión política y económica”. Si los representantes de todas las naciones lograron ponerse de acuerdo en eso, tal vez los salvadoreños podamos hacer un esfuerzo, uniendo metes y corazones en torno al bien común, y también lo consigamos.

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Anónimo
09/10/2017
13:32 pm
El alcance la palabra \"diálogo\" no tiene límites. No se puede decir con quien dialogar y con quién no. Se puede dar entre familias, entre países, entre padres e hijos, entre vecinos, entre hermanos. Hay un gran porcentaje de éxito al utilizar este accionar, toda vez que exista voluntad de ambas partes. Durante la guerra, gran parte de la población, y por supuesto el ejército se oponían al diálogo confiando en una victoria militar. Pero poco a poco, esta población que se oponía empezó a entender que era la única forma de terminar con el conflicto, que culminó con la llegada de La Paz. En la actualidad hay un conflicto que si bien persigue objetivos diferentes, la sangre que corre es la misma y son afectados principales los jóvenes que son muy pobres. Hoy como antes, quien pide un diálogo con las pandillas es despreciado por la población que no ha sufrido los efectos. Sería posible un nuevo diálogo en El Salvador??
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