"Lo único más poderoso que el odio es el amor"

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Mario Rogel
13/02/2026

A muchos les puede gustar Bad Bunny; a muchos otros, no. Pero lo que ocurre con Benito Antonio Martínez va más allá de sus habilidades musicales. Lo relevante es su capacidad de intervenir en la conversación pública desde la cultura popular, en un momento histórico marcado por la polarización y el resurgimiento de discursos excluyentes.

En recientes apariciones en escenarios de enorme visibilidad en Estados Unidos (los premios Grammy, con 14,4 millones de espectadores, y el Súper Tazón, con 128,2 millones, según la empresa de medición de audiencia Nielsen), el artista reiteró una frase sencilla: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”. No se trató de una línea improvisada. En un contexto político atravesado por debates sobre migración, identidad y nacionalismo, la apelación a la dignidad compartida adquiere una dimensión que excede lo artístico.

La comunicación política ha documentado cómo los discursos contemporáneos tienden a estructurarse en lógicas binarias: “nosotros” frente a “ellos”. Esta simplificación facilita procesos de deshumanización que pueden abrir espacio a prácticas autoritarias. América Latina tiene experiencia histórica en estos mecanismos, y Estados Unidos no ha estado exento de dinámicas similares en los últimos años.

En este escenario, resulta significativo que una de las figuras más escuchadas del mundo (Spotify lo ha ubicado en repetidas ocasiones como el artista más reproducido globalmente) utilice su escenario para amplificar un mensaje de empatía. Significativo no porque un artista sustituya la acción institucional o la deliberación democrática, sino porque la cultura participa activamente en la construcción de imaginarios sociales.

Las jerarquías culturales no son naturales ni eternas; responden a procesos históricos de legitimación. El sociólogo Pierre Bourdieu en su obra La distinción explica cómo las distinciones entre “alta cultura” y “cultura popular” están vinculadas a relaciones de poder y a la distribución desigual del capital cultural. Descalificar un género por su origen urbano o por su masividad no es solo una evaluación estética; puede ser también un gesto de exclusión simbólica.

Bad Bunny, más allá de gustos personales, encarna esa tensión. Su presencia en espacios centrales de la industria cultural estadounidense y su insistencia en un mensaje inclusivo sobre América como continente y la humanidad compartida evidencian que la cultura popular no es un territorio neutral. Es un espacio donde se disputan sentidos, identidades y formas de pertenencia.

En tiempos de fragmentación social, insistir en que el amor es más poderoso que el odio puede parecer una consigna simple. Sin embargo, en contextos atravesados por la polarización, esa afirmación adquiere un carácter político. No porque resuelva las desigualdades estructurales, sino porque recuerda que ninguna comunidad puede sostenerse sobre la deshumanización permanente del otro. En ese sentido, ser humano, compasivo y solidario no debería ser un gesto ocasional, sino el fundamento de la sociedad que deseamos construir.

 

* Mario Rogel, comunicador UCA

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