El oficialismo se prepara para recibir, a finales de este mes, a unos mil pastores, organizados en una fraternidad continental. Esta clase de reuniones son comunes en los tiempos que corren. Hace poco, una rezó por el presidente en el Palacio Nacional. El que se llamen cristianas no garantiza la autenticidad. Frecuentemente, el cristianismo de estos grupos es cuestionable, porque se sirven de él para legitimar el neoliberalismo económico y su vertiente política, el autoritarismo.
Estas corrientes han reunido de nuevo la religión y la política, el cristianismo y el Estado, separados por el liberalismo. El vicepresidente estadounidense asegura estar “haciendo toda la obra de Dios que puede” y el presidente colombiano lanza vivas a Cristo rey y un llamativo crucifijo preside sus dependencias. No son los únicos en confesar abiertamente la fe cristiana. Estos gobernantes invocan el nombre de Dios, le dan gracias y le rezan en público.
No obstante, su fe es contraria a la de los patriarcas y los profetas del Antiguo Testamento, y a la de Jesús. Todos ellos hablan de defender al huérfano, a la viuda, al inmigrante y al pobre. El problema no es lo que estos mandatarios confiesan, sino lo que hacen. Ignoran a todos los que debieran defender y se ensañan con el inmigrante, pese a que sus antecesores lo fueron. Positivamente, fomentan la idolatría del capital, de la tecnología a la que se entregan incondicionalmente y de las armas de destrucción masiva. E inculcan el miedo, el odio, la violencia y la cultura de la prepotencia.
La fe de los poderosos no es sincera, sino un recurso para endiosar, en palabras del papa Francisco, un orden económico injusto y al poder político que lo sustenta. Hace algunas décadas, una teóloga evangélica alemana acuñó el término cristofascismo para denunciar el apoyo del cristianismo al nazismo. Hoy, algunos representantes de confesiones cristianas diversas predican el cristofascismo neoliberal. Bendicen el poder de los multimillonarios. Un poder total y totalitario. De esa manera, han hecho de la fe cristiana una trinchera ideológica.
El neoliberalismo, que unos promueven y otros bendicen, anuncia liberaciones fáciles e inmediatas. En la práctica, engrosa fortunas que ya son enormes y concentra el poder real con la ayuda de una tecnología omnipresente, todopoderosa y destructiva. El cristofascismo actual interpreta la concentración escandalosa de la riqueza como señal evidente de predilección divina, aun cuando es la raíz de la pobreza y la desigualdad, de las guerras y los desastres medioambientales.
León XIV, en su encíclica Magnifica humanitas, atribuye este afán de poder total y totalitario sobre la creación y la humanidad al “deseo de plenitud” de personas enloquecidas con “metas engañosas”. En consecuencia, “con voz humilde, pero firme”, advierte a los fanáticos del desarrollo tecnológico y a los multimillonarios que lo financian que la plenitud no la alcanzarán suprimiendo la fragilidad humana, un imposible. Muchos menos idolatrando a una inteligencia artificial despiadada y deshumanizante. El papa pone en guardia contra ese falso realismo, que, ávido por hacer todo nuevo, destroza personas y sociedades. El mal y el pecado son reales, pero no se combaten con un mal de signo contrario, supuestamente bueno, el del poder y del dinero.
El resultado habla por sí mismo. Mientras unos cuantos privilegiados persiguen “la quimera de una autoafirmación ilimitada”, niegan la posibilidad de una vida digna a pueblos enteros. Todo ello en nombre de un dios que piensan es cristiano. Sus mentores confirman su fe idolátrica que, en lugar de generar vida, causa la muerte lenta del hambre y la enfermedad, y la muerte rápida de la violencia.
El verdadero progreso, dice León XIV, viene dado por la dignidad de cada uno y por el bienestar de la sociedad en su conjunto. Y se consigue cuando la inteligencia escucha, la voluntad busca más lo que une que lo que divide y la praxis cultiva la libertad y la responsabilidad, el cuidado mutuo y la solidaridad. Algo que el poder neoliberal y sus pastores no pueden aceptar, porque están convencidos de que no hay más verdad que la del mercado y porque supondría renunciar a las ambiciones totalitarias.
La conversión siempre es posible si los cristofascistas neoliberales escuchan la Palabra de Dios y los clamores de los descartados, en lugar de las peticiones de los multimillonarios que reclaman más privilegios. Entonces, descubrirán el realismo de la misericordia de Jesús, que no tiene enemigos, sino solo hijos e hijas de su Padre y, por tanto, solo hermanas y hermanos.
El evangelio de Jesucristo exige renunciar al neoliberalismo, al autoritarismo y a usar el nombre de Dios para justificarlos. Unas renuncias incomprensibles para el orgullo humano. Más realista es la observación de la embajadora en Washington para quien el encuentro de pastores es parte de “la ampliación de la oferta turística” del país.
* Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.