El relato sobre la incursión del ejército de Bukele en Haití es cada vez más retorcido. Inesperadamente, Trump dio por muertos a los cuatro soldados desaparecidos. Bukele lo ratificó con un lacónico “lo confirmo”. No es claro si ya lo sabía antes de pedir permiso a Trump para invadir Haití. En cualquier caso, la operación comenzó cuando ambos conocían que los soldados estaban muertos, con lo cual el motivo primero y principal se cae.
Asociado a la búsqueda de los desaparecidos aparece otro motivo: dar “una lección” a las bandas criminales por su temeridad. La invasión, por tanto, busca vengar el asesinato de los soldados. La revancha de Bukele cuenta con el beneplácito de Trump, quien lo autorizó para “hacer” lo que debía. De esa manera, el rescate de los desaparecidos se transformó en una venganza más personal que institucional.
La intromisión militar salvadoreña en los asuntos haitianos es descabellada. El ejército de Bukele ingresó en una situación muy volátil y desconocida para sus mandos. La crisis de seguridad en el país caribeño es tan aguda como inveterada. Varias estructuras criminales y grupos fuertemente armados se enfrentan con empresas privadas de seguridad estadounidenses, la fuerza internacional de la ONU, la policía y el ejército haitiano, y el ejército de Bukele sin una dirección centralizada. Cada una actúa de forma independiente, según su agenda y sus reglas, y sin rendir cuentas a nadie, lo cual aumenta la confusión en lugar de contribuir a la seguridad.
Las fuerzas salvadoreñas entraron en este complejo escenario fragmentado e inestable para castigar el atrevimiento de las bandas criminales sin especificar su objetivo. ¿Cuánta sangre de bandoleros haitianos satisfará la sed de venganza de Bukele? En una guerra como en la que se ha enzarzado hay bajas en ambos lados. Muy probablemente, el ejército invasor no saldrá indemne.
La credencial presentada por Bukele a los haitianos es haber acabado con las pandillas salvadoreñas. En consecuencia, se considera habilitado para liberarlos a ellos también de la violencia cruel e indiscriminada de las estructuras criminales que los aterrorizan. Encuentra similitud entre esas estructuras y las salvadoreñas, aunque estas fueron “una pesadilla aún más horrible” que la que ellos sufren. Pero, sin la ayuda de nadie, un valor agregado a su credencial, ahora “vivimos en paz, y hoy somos el país más seguro del continente”, “después de 200 años de sufrimiento”. El Salvador de Bukele es magnificente en todos los campos.
Esa amarga experiencia lo mueve a acudir en ayuda del pueblo haitiano. No desea que pase por lo que tuvo que pasar el pueblo salvadoreño, al cual nadie ayudó a salir de su pesadilla. Aquí la motivación adquiere un tono mesiánico. Bukele dice acudir en auxilio del pueblo haitiano sin segundas intenciones, a diferencia de algunos que se presentaron a ayudar al pueblo salvadoreño. La suya no es una invasión neocolonial. Tampoco pretende despojar a Haití de sus riquezas. Sus intenciones son puras y gratuitas, pues “nadie nos paga” por ayudar. Así, pues, exhorta a los haitianos a que “confíen en nosotros”.
El discurso da otro giro al interpretar la invasión como una guerra espiritual entre el bien y el mal. El ejército de Bukele en Haití se enfrenta con las fuerzas del mal. “Vinimos a Haití a luchar contra la maldad”. Es una confrontación entre dos fuerzas poderosas e irreconciliables. Bukele dice ser el bien y las estructuras criminales el mal. Un mal satanizado en términos muy crudos para exaltar la bondad y la generosidad del bien. En esta guerra celeste, el bien está investido de poder para luchar y derrocar a las fuerzas satánicas. Su victoria está garantizada si persevera.
En la realidad histórica es prácticamente imposible que una guerra de exterminio como la de Bukele no cause más sufrimiento y miedo, lo cual aumentará la violencia y victimizará aún más a la población que alega querer salvar. En El Salvador, ha causado muchas víctimas inocentes, despreciadas como daños colaterales. Como dice Bukele a los haitianos, “la justicia y la paz no tienen precio”, es decir, el atropello de la vida humanas está justificado. Es el inmoral principio de que el fin justifica los medios. La seguridad de Bukele tiene un costo muy elevado en términos humanos. Los haitianos no tardarán en experimentarlo.
La interpretación de la invasión en términos apocalípticos deja al descubierto la motivación última de la aventura. Bukele quisiera que “la próxima generación de haitianos nos recuerde como amigos que vinieron a ayudar algún día”. Haití se antoja como el lugar ideal para exaltar la figura de un libertador y pacificador de naciones atormentadas por el mal satánico. La razón última de la invasión es personal. Bukele encuentra en Haití una oportunidad para proyectarse como el único gran líder latinoamericano.
* Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.