La encíclica Magnifica humanitas de León XIV es clara al afirmar que la tecnología tiene un carácter ambiguo, no neutral. La tecnología puede curar, conectar, educar, cuidar la Casa común; pero también puede dividir, descartar, generar nuevas injusticias. En sí misma, explica el papa, ni es una solución a los problemas de la humanidad, ni un mal. Se reconoce que, a lo largo de los siglos, el desarrollo tecnológico ha contribuido a una mejora significativa de las condiciones de vida de la humanidad y que cada etapa del progreso ha puesto de manifiesto la dimensión ambigua de instrumentos capaces de causar daño cuando no se orientan hacia el bien común.
Ayer y hoy, la neutralidad (o no) de las nuevas tecnologías ha sido una de las cuestiones más polémicas. Algunos afirman que la tecnología es neutral y que todo depende del uso que se haga de ella. Los defensores de esta posición sostienen que la tecnología es una herramienta que no tiene propiedades o valores intrínsecos, y que lo importante no es la tecnología en sí misma, sino el contexto (los sistemas sociales, económicos y productivos) en el que está integrada. Para Adela Cortina, filósofa española, ninguna tecnología es neutra, ya que los algoritmos y sistemas incorporan de manera inevitable los sesgos, valores, intereses y visiones de quienes los diseñan y financian.
Frente a esta problemática, en la encíclica se plantea la necesidad de adoptar instrumentos normativos adecuados, capaces de salvaguardar la justicia y de contener los efectos distorsionadores del poder tecnológico. Sin embargo, para León XIV, la cuestión no se limita a la regulación: hay que preguntarse, con realismo, quién detenta ese poder y hacia qué fines lo orienta. El papa señala que en el pasado eran principalmente los Estados los que impulsaban y orientaban la innovación. Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico, comenta el papa, adquiere un rostro inédito, predominantemente privado y, por ello, aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común.
En esa línea, la encíclica exhorta a no ignorar que la energía nuclear, la biotecnología, la informática y el conocimiento del ADN humano, entre otros, dan a quienes tienen el conocimiento y el poder económico para explotarlos un dominio sobre el conjunto de la humanidad. De ahí surge uno de las principales alertas planteadas en la encíclica: si la técnica se convierte en criterio absoluto, la persona corre el riesgo de ser tratada como un dato, un engranaje o una mercancía; si, por el contrario, la técnica se inscribe en un horizonte de sabiduría, puede convertirse en una oportunidad de crecimiento, justicia y fraternidad.
Hace varias décadas (1979), el rector mártir de la UCA, Ignacio Ellacuría, escribió un artículo titulado “El concepto filosófico de tecnología apropiada”. En el texto se plantean unos juicios crítico-utópicos sobre la tecnología que pueden ayudar a comprender la problemática actual. Ellacuría partía de algunas constataciones históricas: nunca antes tanta fuerza y tanto poder habían estado en manos de la humanidad; el poder aniquilador de la técnica era más eficaz e inmediato que su poder constructor o su poder defensivo; se contaba con los recursos técnicos suficientes para resolver los problemas básicos de toda la humanidad; y la técnica hacía posible la vida humana y no había que entenderla como un simple mal necesario.
Con base en ello, Ellacuría afirmaba que sería ingenuo pensar que la técnica, dejada a su propio dinamismo, traería solo bienes. El deterioro del medioambiente y el agotamiento de los recursos no renovables, decía, mostraban que la técnica puede tener consecuencias fatales y que el tipo de hombre y de sociedad que estaría generando no debe considerarse como el ideal humano de plenitud y felicidad. De ese modo, propuso una tecnología que respondiera al todo social deseado y que condujera al perfeccionamiento de ese todo. Para Ellacuría, la técnica apropiada sería aquella que favoreciera el poder salvador de la técnica y redujera al máximo su poder destructor. A su juicio, la técnica no es neutra: puede propiciar un mundo humano o inhumano, puede ser opresora o liberadora, puede construir o destruir, puede ocultar o revelar.
Desde el pensamiento crítico, Ellacuría describió un cuadro deshumanizador del mundo:
Al proyectarse el hombre sobre el mundo mediante el acto creador de la técnica, proyecta también su ansia de dominio. En el séptimo día de la humanidad, los hombres no podremos decir, al contemplar nuestras realizaciones técnicas, que todo ha sido bueno. Los desastres ecológicos, las fábricas inhumanas, las viviendas inhabitables, los hombres desnutridos, las desigualdades sociales, las ciudades monstruosas, las manipulaciones propagandísticas, la sofisticación de las torturas, los Estados totalitarios, la existencia del Tercer Mundo ... todo este rosario ingente de desgracias son también resultado de la técnica humana. Lo son unas veces por propósito deliberado, lo son otras por consecuencia necesaria.
Ahora bien, la propuesta de Ellacuría tiene un criterio muy suyo que no suele estar presente en el debate actual: las mayorías empobrecidas. En esta línea, afirmaba que la tecnología no es apropiada ni ética si no tiene por norte el punto de vista de las mayorías oprimidas. En una sociedad dividida, solo es posible encontrar el bien común desde la perspectiva de las mayorías. Y desde un punto de vista estructuralista, según el cual el todo es superior a la parte, se ha de buscar el perfeccionamiento del todo social de una manera racional. Así, la innovación podrá convertirse realmente en desarrollo humano integral y no en factor de exclusión y dominio.
* Carlos Ayala Ramírez, profesor de Cristología y Eclesiología en California, EE. UU.