El sueño morazánico es una pesadilla

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Rodolfo Cardenal
01/10/2026

La unidad centroamericana fue imposible desde siempre. El general Francisco Morazán se empeñó en imponerla por la fuerza de las armas. Antes, otro general, Gerardo Barrios, la reclamó insistentemente, porque no estaba convencido de la viabilidad de un El Salvador independiente. Lo encontraba “atrasado”, “menesteroso” y “mal administrado”. En este contexto, el general Morazán se erigió en el adalid de la unión centroamericana. Después de él, los generales Justo Rufino Barrios y José Santos Zelaya lo volvieron a intentar con el mismo método militar e igual resultado.

Estos intentos provocaron enconadas guerras regionales que sacrificaron miles de vidas en aras de un ideal imposible y que dejaron a los países devastados. Los generales sabían destruir, pero no construir. Ningún país estaba dispuesto a que un general le impusiera por la fuerza la unidad regional. Esa es la razón del fracaso de Morazán y de los demás generales.

Desde entonces hasta el día de hoy, ninguna república centroamericana está dispuesta a renunciar a su soberanía para conforma una unidad regional, por muchas ventajas que ofrezca. Sin renunciar a una buena parte de la soberanía nacional, la unidad regional es imposible. La única unidad real, aunque breve, fue el mercado común de la década de 1960. Pero igual sucumbió por la incapacidad de los gobernantes de turno para superar los desequilibrios económicos creados por dicho mercado.

En teoría, todos desean la unidad regional; en la práctica, se oponen con la misma pasión. El CA-4, un tímido intento para agilizar el tránsito de personas entre cuatro países del istmo, cayó víctima de la paranoia burocrática. La misma suerte han corrido los organismos de integración regional, excepto la coordinación de los generales durante la Guerra Fría. Los presidentes centroamericanos no se reúnen ni siquiera por razones protocolarias. El parlamento centroamericano no legisla; es un reducto tranquilo para funcionarios sin cargo nacional. El SICA es otro elefante blanco. Buenas y elocuentes palabras, cero avances. Buenos salarios y privilegios, cero concreciones.

El mausoleo de Morazán es un monumento para honra y gloria de Bukele (como Trump, tiene debilidad por la monumentalidad). La autenticidad de los restos del general es irrelevante. La discrepancia con sus ideales liberales, que reclamaban el régimen democrático, la separación de poderes, el respeto a la ley, las libertades públicas, incluida la de prensa, y la secularización del Estado, no tiene ninguna importancia. Solo interesa la asociación de Bukele con Morazán.

La unidad regional, el único ideal morazánico que salió a relucir en la inauguración del mausoleo, es irrealizable. Imitar a Morazán recurriendo a la fuerza militar no es opción. Bukele no dispone de un ejército para desarrollar y sostener una operación de esa envergadura. El suyo es un ejército de desfiles. Aparte de que Washington no tolerará una aventura de esa naturaleza que ponga en cuestión sus pretensiones hegemónicas en la región.

La única posibilidad es unir la región alrededor del modelo de Bukele. Los gobernantes regionales ideológicamente afines utilizan un lenguaje similar al suyo, pero no se lo apropian. En parte, porque la institucionalidad democrática no se los permite. En parte, porque las condiciones internas son muy diferentes. En parte, porque la intensa personalización del modelo impide que pueda ser asumido por alguien que no sea el mismo Bukele.

En suma, el mausoleo de Morazán no honra ninguno de sus ideales liberales. Solo interesa su atuendo militar decimonónico y la espada. Lo más vistoso y los más superficial, exhibido en un escenario operístico sin el encanto de la ópera. Cuando esto sucede, se hace el ridículo. De todas maneras, la asociación de Bukele con un héroe del siglo XIX es sorprendente, dados sus esfuerzos por anular el pasado. Perturbó el descanso de Morazán para asociarse a una aventura militar que solo dejó ideales y destrucción. Pudo más el deseo de reafirmar el liderazgo que la sensatez.

De todas maneras, nunca es tarde para plantear el porqué no de la unidad centroamericana, el porqué no renunciar a la soberanía estrecha de la nación aislada para crear otra general y más fuerte, y el porqué derrochar en un lujoso mausoleo cuando las mayorías que Morazán quiso liberar de la opresión padecen la subida incontenible del costo de la vida.

Al final, el mausoleo es un lugar más para visitar en el parque de atracciones en que se ha convertido el centro de la capital. El sueño morazánico de una Centroamérica unida y libre de la opresión es una pesadilla para los poderes fácticos.

 

* Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.

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