¿Qué pueden hacer por su país?

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Andreu Oliva
17/06/2019

Muy estimadas graduandas y muy estimados graduandos, estimados familiares, amigos y amigas que los acompañan, reciban mi más cordial saludo, mi enhorabuena y mis felicitaciones para ustedes, y especialmente para los que hoy son parte de la nonagésima séptima graduación de la UCA. Nos llena de alegría celebrar juntos este momento tan importante para la vida de ustedes. Dentro de unos minutos, recibirán su título, que simboliza el éxito alcanzado, el esfuerzo y dedicación que pusieron para lograrlo, el paso de estudiante a profesional y su compromiso de servir a la sociedad, con sus conocimientos y su generosidad. Sé muy bien que detrás de cada título hay un rostro, una persona, una historia concreta, dificultades, anécdotas hermosas y otras que no lo son tanto. Todo ello ha contribuido a forjar a los hombres y mujeres que hoy son. Recuerden siempre esa historia, es su historia, única y valiosa para ustedes y para Dios.

 
Una pregunta fundamental

Me permito iniciar mi discurso citando la célebre frase del discurso de John F. Kennedy en el acto de su investidura como presidente de Estados Unidos, en enero de 1961: “No pregunten lo que su país puede hacer por ustedes; pregunten lo que ustedes pueden hacer por su país”. Estas palabras son el punto de partida de mi mensaje, porque, por un lado, ustedes pueden hacer mucho por nuestro país, pues cuentan con los conocimientos necesarios para ello; pero también porque saben lo que El Salvador y su gente necesitan. Si la UCA logró hacer mella en ustedes, saben que tienen una mayor responsabilidad con esta nación, ya que son parte de un pequeño grupo privilegiado, conformado por el 10% de salvadoreños y salvadoreñas que han logrado graduarse como profesionales universitarios. Además, salen graduados de una universidad que tiene por misión promover la transformación de la realidad, erradicando la injusticia y la desigualdad, y promoviendo una sociedad fundamentada en la igual dignidad de todas las personas, la justicia social y el bien común.

A lo largo de la historia de El Salvador, el Estado se ha puesto al servicio de pequeños grupos; minorías que han ostentado el poder político y el económico, que se han aprovechado del aparato público y que han acumulado inmensas fortunas a costa del mismo. Desde muy pronto luego de la independencia de España, se organizó el Estado de modo que beneficiara a unos pocos, dejando fuera a la gran mayoría de la población. En su momento, utilizaron al Estado para privatizar las tierras comunales; con la ley contra la vagancia obtuvieron la mano de obra que necesitaban para hacer crecer sus haciendas; y crearon la Policía de Hacienda para que les cuidara sus fincas, pagando el Estado. Han mantenido por décadas bajos salarios con el apoyo de los Gobiernos de turno, para así acumular más riqueza a costa del sudor y la pobreza de los trabajadores.

Con las políticas neoliberales, privatizaron todo lo que pudieron para lucrarse personalmente, aunque esas políticas llevaran a la pobreza y expulsaran del país a una buena parte de la población. Aplicaron el principio de privatizar las ganancias y socializar las pérdidas, quitándole al Estado los pocos recursos de los que dispone para beneficio de todos. Cuando pudieron, robaron cantidades millonarias del erario. Ellos jamás se plantearon “¿Qué puedo hacer por mi país?”, solo “¿Cómo puedo aprovecharme de El Salvador?”. Y por ello nuestro país no ha logrado avanzar en desarrollo humano, ni superar la pobreza, ni ofrecer una vida digna para la mayoría. Así hemos llegado a esta situación tan angustiante de violencia e injusticia que hoy padecemos, en particular los más pobres.

 
Compromiso con el bien común

Que cada quien piense en el bien que puede hacer por su país no exime al Estado de la responsabilidad que tiene con los ciudadanos. Por el contrario, como lo afirmaba el papa Juan XXIII, el Estado tiene su razón de ser en velar por el bien común, y todo gobernante debe orientar sus esfuerzos para que los recursos públicos beneficien al colectivo, sin hacer distinciones entre personas o grupos. El papa León XIII afirma: “No se puede permitir en modo alguno que la autoridad civil sirva el interés de uno o de pocos, porque está constituida para el bien común de todos. Sin embargo, razones de justicia y de equidad pueden exigir que los gobiernos tengan especial cuidado de los ciudadanos más débiles, que puedan hallarse en condiciones de inferioridad, para defender sus propios derechos y asegurar sus legítimos intereses”. Esas razones de justicia y de equidad se dan en nuestra tierra, y por ello el Gobierno debe cuidar con más atención a los más débiles.

Por tanto, la primera obligación nuestra como ciudadanos es exigirles a nuestros gobernantes que cumplan con la sagrada misión de velar y trabajar por el bien común. Y al mismo tiempo, contribuir nosotros a la misma. La UCA desea que ustedes sean personas éticas, que aporten al desarrollo de El Salvador, que sueñen con un país próspero en el que todos podamos vivir decorosamente, que sean hombres y mujeres para los demás. Sé que muchos de ustedes no están pensando dedicarse a la política, y que en este momento se preguntan a qué viene ahora el rector con este cuento… Permítanme decirles que el amor al prójimo se manifiesta al asumir la responsabilidad sobre la realidad y en trabajar para hacerla más humana, más solidaria, más justa. Esta es una responsabilidad de todo ser humano, y más si se considera cristiano. Todos, como personas y ciudadanos, tenemos el deber de buscar el bien común, hacer lo que esté a nuestro alcance para mejorar el país, para que nuestros prójimos tengan la vida plena y feliz que todo ser humano merece, aunque no nos dediquemos a la política partidaria.

Desde hace tiempo me pregunto: ¿qué es lo que podría cambiar a nuestro país?, ¿qué puede ayudar a superar esta situación de violencia e injusticia en la que estamos inmersos? Cada vez estoy más convencido de que solo hay un camino: que tanto individual como colectivamente seamos constructores de paz o, si lo prefieren, “artesanos de la paz”. Digo “paz” pensando en lo que entendía por ella el querido papa Juan XXIII: una paz fundada en la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Una paz que se dará cuando nos despojemos de la mentira y hablemos verdad con el prójimo, “cuando cada uno reconozca los derechos que le son propios y los deberes que tiene para con los demás […] cuando los ciudadanos, bajo la guía de la justicia, respeten los derechos ajenos y cumplan sus propias obligaciones; cuando estén movidos por el amor de tal manera que sientan como suyas las necesidades del prójimo y hagan a los demás partícipes de sus bienes, y procuren que en todo el mundo haya un intercambio universal de los valores más excelentes del espíritu humano”.

 
Conversión del corazón y del alma

Sabemos que la violencia no es la solución. El papa Francisco lo afirmó con rotundidad en cada uno de sus mensajes durante la Jornada Mundial por la Paz. Él nos dice: “Responder con violencia a la violencia lleva, en el mejor de los casos, a la emigración forzada y a un enorme sufrimiento, ya que las grandes cantidades de recursos que se destinan a fines militares (y policiales) son sustraídas de las necesidades cotidianas de los jóvenes, de las familias en dificultad, de los ancianos, de los enfermos, de la gran mayoría de los habitantes. En el peor de los casos, lleva a la muerte física y espiritual de muchos, sino de todos”. Eso es precisamente lo que está ocurriendo en El Salvador.

A la violencia solo la puede vencer la no violencia, y ello supone adoptar como estilo de vida la no violencia activa. Como nos dice Francisco, supone asumir “el desafío de construir la sociedad, la comunidad o la empresa, de la que somos responsables, con el estilo de los trabajadores por la paz; de dar muestras de misericordia, rechazando descartar a las personas, dañar el ambiente y querer vencer a cualquier precio. Esto exige estar dispuestos a ‘aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso’. Trabajar de este modo significa elegir la solidaridad como estilo de vida para realizar la historia y construir la amistad social”.

De hecho, el obispo de Roma se dirige de manera directa a ustedes, jóvenes: “La paz, queridos estudiantes, es un desafío que exige ser acogido día tras día. La paz es una conversión del corazón y del alma, en tres dimensiones: la paz con nosotros mismos, rechazando la intransigencia, la ira, la impaciencia, siendo capaces de ofrecer ‘un poco de dulzura a los demás’; la paz con el otro: el familiar, el amigo, el extranjero, el pobre, el que sufre... atreviéndonos a encontrarnos y escuchar el mensaje que lleva consigo; la paz con la creación, redescubriendo la grandeza del don de Dios y la parte de responsabilidad que corresponde a cada uno de nosotros, como habitantes del mundo, de cuidarla y protegerla con amor”.

¿No es hermoso todo esto? ¿No creen que vale la pena? Yo pienso que sí. Animémonos a vivir así, convenzamos a otros de que vale la pena. Solo de este modo avanzaremos hacia la paz en nuestro país. Entonces, podremos esperar un futuro nuevo y distinto. Queridas graduandas y queridos graduandos, que Dios les acompañe y les bendiga en su caminar. Muchas felicidades a todas y todos.


* Andreu Oliva, rector de la UCA.

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