Culto a la patria neoliberal

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Rodolfo Cardenal
17/09/2026

El oficialismo incluyó a “la primera infancia” en los desfiles del 15 de septiembre. El sistema educativo público al completo se empleó en organizar desfiles para regocijo de la juventud estudiantil y para unos padres orgullosos al ver a sus hijas e hijos ataviados con vistosos trajes de ocasión. El gasto extra no les pesa, aun cuando la vestimenta es de un solo uso. Algunos incluso se disfrazaron de campesinos felices, ajenos a la dureza de la agricultura de sobrevivencia y de las cortas. Otros personificaron a Bukele, su esposa, su ministra militar y Trump. Olvidados quedaron “los padres de la patria”.

Por encima del folclore escolar independentista está el militar. El protagonismo del desfile del 15 de septiembre está reservado al ejército. Soldados y policías militarizados exhibieron una fuerza aparentemente sofisticada, pero que aún no ha sido puesta a prueba. Las pandillas se entregaron sin resistencia. Las lanchas narcotraficantes las interceptan con ayuda de la base militar estadounidense. En Haití están presenten, pero sin participar en la lucha contra las bandas criminales fuertemente armadas.

Estas conmemoraciones, vistosas y concurridas, obligan a preguntar qué patria saludan o qué república celebran. Históricamente, la independencia del 15 de septiembre no fue un acontecimiento militar, sino eminentemente civil. La militarización de los Estados independientes llegó con las guerras libradas entre civiles transformados en militares, movidos por la ambición de prevalecer sobre sus rivales. Las batallas, sangrientas y destructivas, no las libraron con criterio nacional, sino faccional, unos se decían liberales y otros conservadores.

La primera semana cívica la organizó Carlos Meléndez en 1915, el primero de una dictadura familiar de doce años. Enfatizó el culto a los símbolos patrios; en particular, a la bandera. Ordenó desarrollar en el aula temas “eminentemente tradicionales y patrióticos”, elaborados por intelectuales de la época. Dos años después, introdujo a los estudiantes en el desfile de las unidades militares, una especie de alegoría de la guerra. Por eso, solo los varones juraban la bandera. Desde entonces, militares y estudiantes son elementos obligados de la conmemoración, mientras la población encuentra en su desfilar un pasatiempo.

El Salvador de Bukele no renace, sino da continuidad a una costumbre inveterada. Tampoco es nuevo, repite el rito prescrito para el culto a la patria, cuyos elementos son la bandera, la oración a la misma, el himno y el desfile de militares y estudiantes, contemplado por quienes no tienen mejor forma de divertirse en el feriado nacional.

El rito patriótico, como todo rito, es repetitivo, pero, en este caso, es un acto vacío de significado: no interpela, no genera identidad fraterna y solidaria, ni sentido de pertenencia. Buena parte de los que participan, si pudieran, emigraran. Tal vez esa vaciedad explique por qué el desfile escolar ha adoptado expresiones corporales y musicales ajenas a los aires marciales. Comprensiblemente incómoda, dada su formación militar, la ministra de educación intentó cortar por lo sano semejantes desviaciones y recuperar el riguroso protocolo militar. Pero pronto desistió y se sumó al festejo.

La patria la constituye un determinado territorio y sus habitantes, que la intelectualidad formula como nación y nacionalidad. Dado que estas se fundan en aquellos, no se puede celebrar una patria cuyos recursos naturales son depredados por la voracidad del capitalismo neoliberal. Ni cuando la mayoría de su gente sobrevive en precariedad y vulnerabilidad permanente. Una mayoría sin voz, que solo cuenta en los despliegues masivos del régimen y en las urnas.

La patria es traicionada cuando se entrega a inversionistas para que exploten sus recursos sin otra consideración que obtener la máxima ganancia. Hoy en día, la patria se rige por las leyes del mercado neoliberal. Quienes no participan o no pueden hacerlo son sacrificados en orden a preservar la libertad del mercado, fundamental para su desarrollo. La tarea de gobernantes y políticos consiste en preservar la buena salud del mercado, aun cuando los ganadores son minoría y la mayoría es sumida en la pobreza extrema. La convivencia, la solidaridad y el bien común son desconocidas por el régimen capitalista neoliberal.

El mercado neoliberal es totalitario y total. Los habitantes de la patria neoliberal no son más que entes económicos a su servicio. En consecuencia, el culto a esa patria reverencia el individualismo, la insolidaridad y el egoísmo, los valores supremos del neoliberalismo. No es extraño, entonces, que en los desfiles de este año no solo figuren jóvenes disfrazados de las autoridades del régimen de excepción, sino también del presidente estadounidense, una aberración que deja en evidencia hasta dónde ha llegado el sinsentido de la patria neoliberal.

Existen alternativas. En muchos países la efeméride es motivo de fiesta popular en calles y plazas, de encuentros y comidas familiares. En lugar de la rigidez militar, prevalecen la convivencia creativa y festiva, el compartir la mesa y la diversión, lo cual genera comunidad e identidad.

 

* Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.

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