¿Otro mundo mejor es posible?

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Iris Alberto
08/09/2026

En marzo del próximo año se cumplirán veinte años de la partida del P. Francisco Javier Ibisate. En algún lugar leí que la única forma de influir en los demás es mediante el ejemplo. El P. Ibisate es una de esas personas que influyen con sus reflexiones, pero además con su ejemplo de vida entregada a un país que adoptó, amó y cuidó. Recordar al P. Ibisate es recordar sus escritos sobre tantas temáticas: sistemas económicos, deuda externa, crisis económica, planes de desarrollo, etc. En sus artículos, nos entregaba detalles del desarrollo de las reuniones anuales en Davos y de las cumbres de la ONU, el Foro Social Mundial y la Organización Mundial del Comercio, entre otros espacios. Sus escritos están llenos de declaraciones de líderes mundiales y de expresiones de las organizaciones de la sociedad civil; tenía la particularidad de exponernos el rumbo del sistema económico mundial a través de frases de quienes ostentaban el poder en aquellas épocas.

Como se ha dicho en repetidas ocasiones, el P. Ibisate nos enseñó dos cosas fundamentales sobre la economía: la primera, que “la economía es una ciencia social”; la segunda, coherente con la anterior, que “detrás de las cifras hay personas”. Esto marca una diferencia importante en el enfoque de esta carrera en la UCA: la economía es una ciencia y, en ese sentido, exige aplicar todo el rigor metodológico para conocer la realidad económica con la mayor precisión posible (indicadores, modelos econométricos, análisis financieros, proyecciones, etc. deben respaldarse científicamente), de modo que nuestra lectura de la realidad sea más precisa. Pero esa precisión resulta vacía si no la materializamos en las personas.

El propósito del cálculo va más allá de la exactitud del número: consiste en conocer la realidad social, la realidad de seres humanos de carne y hueso con historias de vida. Y esto va todavía más lejos, porque esa realidad debe conmovernos y movernos a proponer cambios que nos permitan, desde nuestros conocimientos, acercarnos a la utopía de que otro mundo mejor es posible. Como decía el P. Ibisate, se trata de conocer la realidad con propósito de enmienda. Por ello, conceptualizar la economía como ciencia social, y no como ciencia a secas, era de gran relevancia para el P. Ibisate y debe serlo también para nosotros.

En ocasiones, cuando los datos nos presentan la realidad, esta nos puede resultar desalentadora. Y nos preguntamos cómo es posible que, con los niveles actuales de desarrollo tecnológico, no hayamos sido capaces de construir una sociedad más disfrutable para todas y todos. Cuando el P. Ibisate fue reconocido por la UCA con un doctorado honoris causa en 2001, ofreció un discurso basado en la frase del Foro Social Mundial de ese año: “Otro mundo es posible”. Leer el título de este discurso hoy, casi veinticinco años después, nos hace preguntarnos si realmente otro mundo mejor es posible. En 2001, los ataques en territorio estadounidense habían levantado la discusión sobre el término terrorismo, sobre cómo debía definirse el término. Para el P. Ibisate, si bien existe un terror que se infunde mediante las armas, también existe un terror que se establece a partir de la falta de oportunidades, de la carencia de medios de vida, de la marginación social, etc.

El P. Ibisate fue testigo de conflictos armados. Durante su infancia presenció los estragos ocasionados por la guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial y, por supuesto, en su adultez, la guerra civil en El Salvador. Desde la perspectiva económica, dejaba claro lo intolerable que le parecía el gasto en armamento y muchos le escuchamos decir, muy indignado, que hacia 1970 el gasto de la carrera armamentística ascendía a un millón de dólares por minuto. Lamentablemente, esta tendencia no se revierte. Según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo, el gasto militar ha experimentado incrementos interanuales en la última década y en 2025 registró un incremento del 2.9 %, equivalente a 2,887 mil millones de dólares. Este incremento del gasto militar no implica solo un incremento en la cantidad de armamento, sino también de la sofisticación de las armas producidas y utilizadas.

Lo anterior nos hace preguntarnos: ¿a quién sirve la ciencia?, ¿a quién debería servir el desarrollo científico? ¿Acaso no deberíamos exigir que la química, la física, las matemáticas y todas las ciencias que llamamos “exactas” se apliquen para beneficio de la sociedad? Porque si la ciencia no está al servicio del bienestar de la humanidad, ¿para qué hacemos ciencia? ¿Para quién desarrollamos el conocimiento científico? Si el terror que genera la detonación de un explosivo es innegable, el uso de la ciencia para hacer “más eficiente” el uso de las armas debiera ser visto como una tipología de terrorismo.

Al respecto, Joseph Schumpeter, de quien el P. Ibisate retoma el término “creación destructiva”, afirma que “las revoluciones tecnológicas son un proceso de creación destructiva. Crean y destruyen, y al estar el conocimiento científico tanto o más concentrado que la riqueza, unos se benefician de la creación y otros, que son mayoría, se ven excluidos por la destrucción”. Aunque las revoluciones tecnológicas no necesariamente son un proceso de creación destructiva, esta es la dinámica que se ha normalizado a nivel mundial y esta es una situación que podemos cambiar. El conocimiento científico debemos ponerlo al servicio de la humanidad en general y de la sociedad salvadoreña en particular. No hay posturas neutras en esto: no hacerlo es sumarnos a procesos de exclusión, marginación y pobreza; en síntesis, es sumarnos a formas de lo que el P. Ibisate denominó “terrorismo pacífico”.

Otra forma de terrorismo pacífico que expone el P. Ibisate es el proceso de globalización, basado en un comercio internacional asimétrico en el que se impone a los países subdesarrollados la apertura de sus fronteras a productos provenientes de economías con procesos productivos mucho más eficientes, dejando al productor local en amplia desventaja para competir con bienes de mejor calidad y, muchas veces, más baratos. Estos procesos se facilitan bajo la complicidad de instituciones como la Organización Mundial del Comercio y de teóricos que defendían —y aún defienden— el libre comercio como la vía para el crecimiento y el desarrollo de los países pobres. Al igual que en el caso de la industria armamentista, ¿es esta condición inamovible? Seguro que no.

Actualmente, el proceso de globalización ha dejado el centro de la mesa de discusión: hoy debatimos más sobre la introducción de la inteligencia artificial, no solo en los procesos productivos, sino en la vida ordinaria de la sociedad. Creo que adaptar la reflexión del P. Ibisate sobre la globalización a la inteligencia artificial nos daría una senda por la cual orientar su adopción. En el Foro de Davos 2026, Elon Musk dijo que la robótica y la IA son el camino de la abundancia para todas las personas. Bajo ese supuesto, los robots podrán solventar todas las necesidades de cada habitante del planeta. Esto último podría ser cierto (aunque no estoy del todo segura de que sea deseable), pero bajo un sistema económico que por naturaleza es excluyente, es inviable pensar que este será el camino de la abundancia para todas las personas.

Sin embargo, al igual que el P. Ibisate no se oponía al proceso de globalización como tal, no creo que nuestra postura deba ser reacia a la adopción de las nuevas tecnologías. “Todos reconocemos los aportes positivos de la actual globalización si se dirige al servicio de la vida y la producción civil”, dijo el P. Ibisate. En esa línea, respecto de la IA, podríamos decir que todos reconocemos los aportes positivos de la IA y de la robótica si se dirige al servicio de la vida y la producción civil. Lo novedoso no será la introducción de una nueva tecnología a los procesos de trabajo, sino, dados estos nuevos recursos, la posibilidad de construir una sociedad más justa, más pacífica, más reflexiva, más plena y libre. El P. Ibisate decía: “Otro mundo es posible y merece la pena trabajar por ello, porque el actual mundo es bastante imposible”. Otro mundo mejor es posible, sí. Pero requiere superar la postura de desesperanza, requiere asumir la responsabilidad en el proceso de cambio, requiere vernos en un proyecto de vida como humanidad y no como individuos.


* Iris Alberto, economista UCA.

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