El corazón puesto en los que más sufren

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El papa Francisco crítica con dureza lo que denomina “la cultura del descarte”, la cual favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre personas y pueblos, y que desnaturaliza los familiares. Una cultura que le da centralidad a lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo provisorio y lo aparente. A juicio del papa, una de las principales causas de esta realidad es el predominio de una economía de la exclusión y la inequidad.

Se trata de la nueva idolatría del dinero, que conduce a una dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humanos. Todo entra en el juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. En consecuencia, grandes masas de la sociedad se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. En definitiva, el ser humano termina considerándose como un bien de consumo que se puede usar y luego tirar. Con la exclusión, denuncia el papa, queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia o sin poder, sino afuera. Los excluidos no son “explotados”, sino desechos, “sobrantes”.

Para enfrentar la cultura del descarte, Francisco propone desarrollar una cultura de la misericordia. No se trata de hacer “obras aisladas de misericordia”, sino de construir nuevas formas de pensar y actuar, nuevos estilos de vida y de convivencia humana incluyentes. El primer paso para este propósito es escuchar el clamor de los pobres por la justicia. Un clamor que a veces es de pueblos enteros. En el contexto de estos clamores, se pide tomar conciencia de que el planeta es de y para toda la humanidad, y que el solo hecho de haber nacido en un lugar con menores recursos o menor desarrollo no justifica que algunas personas vivan con menor dignidad. La cultura de la misericordia —o del encuentro— de la que habla el obispo de Roma va más allá de las buenas intenciones y busca incidir en las estructuras sociales. De ahí que se hable de rehabilitar la política como una de las formas más altas de servicio y de humanizar la economía no eludiendo la justicia distributiva.

Esas exigencias, propias de una cultura de la misericordia que no excluye la justicia, tienen en la tradición bíblica signos muy concretos. El salmista lo expresa en los siguientes términos:

El Señor libera a los cautivos, abre los ojos de los ciegos y levanta al caído; el Señor protege a los extranjeros y sustenta al huérfano y a la viuda; el Señor ama a los justos y entorpece el camino de los malvados. El Señor sana los corazones afligidos y les venda sus heridas […] El Señor sostiene a los humildes y humilla a los malvados hasta el polvo.

En esta misma línea, Jesús constata que los hombres y mujeres de su tiempo están arrasados y aplastados, como ovejas sin pastor que las guíe y proteja. Su reacción comporta un rasgo de compasión y otro de exigencia. Por un lado, escucha el grito de los que sufren en la marginalidad; y por otro, hace suyo ese sufrimiento, ofreciendo dignidad al despreciado, pan a los hambrientos y libertad a los sufren la opresión de los diversos cautiverios.

Para Francisco, estos textos muestran que la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el hijo. Se trata realmente de un amor “visceral”. Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón. Dios no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible en el vivir cotidiano.

Para el papa, tenemos que convencernos de que la misericordia no es solo el principio de las micro relaciones (como en las amistades, la familia, el pequeño grupo), sino también de las macro relaciones (como las sociales, económicas, políticas). Desde ese convencimiento plantea la necesidad de que haya políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres. Recalca que es imperioso que los gobernantes y los poderes financieros levanten la mirada y amplíen sus perspectivas, que procuren que haya trabajo digno, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos.

El planteamiento del pontífice nos trae a la memoria las palabras de uno de los mártires de El Salvador: el padre Ignacio Ellacuría. El proclamaba que una paz verdadera “necesita de misericordia, entendida como tener el corazón puesto en aquellos que más sufren”. En su opinión, a la hora de encontrar soluciones y a la hora de estar dispuestos a ponerlas en práctica es indispensable, si se quiere de verdad ser realista, “una actitud de misericordia, la cual particulariza una fuerte dosis de benignidad a favor de los más castigados por la vida de hoy y por la historia de siempre”. Insistía en que la misericordia como reacción ante el mundo sufriente debe acompañarse del siguiente criterio: “El que tengan vida y la tengan en abundancia no unos pocos, sino a ser posible todos, debería ser el lema de la nueva cultura en la tierra nueva […], superando las lacras de una cultura […] deshumanizante”.

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