El enemigo dentro del modelo

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Rodolfo Cardenal
02/07/2026

“¿Por qué habla tanto de los gobiernos anteriores?”, preguntaron a Bukele en cierta ocasión. La respuesta es lógica: “Es la única forma de comparar y saber de dónde venimos, en dónde estamos y hacia dónde vamos”. Hasta aquí hace sentido. Más allá, las comparaciones con el pasado son arbitrarias. Indiscutiblemente, en algunos aspectos, el modelo de Bukele lo aventaja. Pero el relato oficialista predica que el presente es superior en todo al pasado para lo cual deja de lado los datos, las estadísticas oficiales e incluso los registros audiovisuales.

Muy a su pesar, un examen minucioso encuentra más similitudes que diferencias. Los diputados actuales, igual que los del pasado, se saltan la legislación electoral impunemente. Desde hace días piden el voto abiertamente. En realidad, no lo piden para ellos, sino para Bukele, a quien deben el escaño y la candidatura para reelegirse.  Quizás por eso este los deja hacer, a pesar de haber prometido imponer el orden. Hay vicios tan arraigados que es casi imposible erradicarlos. El poder tiende al descarrío, sobre todo cuando está en juego la continuidad.

Al igual que sus antecesores, los diputados de hoy se dejan ver en “los territorios” donde falta casi todo. Llegan cargados de pequeños regalos, incluso con calendarios, a pesar de estar ya en la mitad del año. Lo importante no es el paso de los días y los meses, sino la enorme fotografía de Bukele que los preside. Algunos incluso participan en actividades comunitarias. Practican el asistencialismo electoral para congraciarse con el electorado y, de paso, suavizar la miseria, en lugar de introducir reformas estructurales para hacerla retroceder. Sus predecesores repartieron tamales y guaro. Después agregaron gorras, camisetas y dinero. También negociaron votos con las pandillas. Este es un vicio de todos los partidos políticos, más de los oficiales. La coyuntura apremia, dada la posibilidad de perder terreno legislativo.

La corrupción es otro vicio bien arraigado, que prospera a la sombra del poder. El oficialismo desmanteló la estructura creada para investigar la corrupción cuando ya había identificado doce casos ocurridos durante la pandemia. Hipócritamente, se rasgó las vestiduras de la honestidad por la administración discrecional de la partida secreta de Casa Presidencial. Pero no tardó en echar un tupido velo sobre su gestión. Más espeso que el de dicho fondo. Hace más de un año, el mismo Bukele reunió a sus colaboradores más cercanos en Casa Presidencial para advertirles severamente que no toleraría la corrupción. La amenaza se diluyó en el tiempo.

Hasta ahora, no ha habido ningún avance destacado. A pesar del aviso presidencial, el oficialismo actúa como si la corrupción no existiera. Solo persigue a los corruptos caídos en desgracia, lo cual es más venganza que compromiso con una administración pública sana. Al igual que antes, la justicia del régimen de excepción se ensaña con delincuentes de poca monta mientras comulga con ruedas de molino.

La corrupción es tan perniciosa como el poder absoluto. De hecho, los dos vicios van de la mano. El oficialismo necesita controlar la legislatura para impedir cuestionamientos sobre el enriquecimiento ilícito. El interés en un resultado electoral aplastante no es el bien común, sino preservar la posibilidad de desvalijar al Estado sin interferencias. Bukele podría comenzar a instaurar la ley y el orden metiendo en cintura a los suyos.

Recursos para combatir la corrupción hay de sobra. El compromiso con la transparencia y la honestidad incluye a quienes se valen del poder para enriquecerse. El imperio de la ley y el orden trata a todos por igual y suele comenzar ahí donde la arbitrariedad es mayor. La experiencia aconseja escepticismo. El disimulo, el encubrimiento y la mentira descarada no perturban al oficialismo. Las estadísticas y la información están al servicio del engrandecimiento de la figura presidencial.

De la misma manera que los diputados están convencidos de que legislar es gobernar, los voceros del modelo están persuadidos de que sus relatos adquieren realidad al verbalizarlos. Esta autosuficiencia llevó a la ministra de Educación a pretender ingresar en territorio hondureño luciendo su uniforme de fatiga militar, al margen de la diplomacia y la cortesía. La prepotencia fácilmente hace el ridículo.

La administración negligente del Estado socava la institucionalidad y, en esa medida, impide la construcción de lo que han dado en llamar “el nuevo El Salvador”. Los enemigos más perniciosos del proyecto son los responsables de su ejecución, no los defensores de los derechos humanos y del medioambiente, ni los organismos internacionales, ni los fondos externos destinados a fortalecer la actividad de las organizaciones civiles. El enemigo más dañino bulle en las entrañas del modelo de Bukele. Si el único criterio es declarar que los de antes eran peores, el futuro inmediato augura más de lo mismo.

 

* Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.

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