El oficialismo no ha definido cuáles son los objetivos de “el nuevo El Salvador” que dice construir. Quizás ni él mismo tenga claridad sobre ellos. Pese a la vaguedad de su propuesta, la idea de un nuevo país es aceptada con más ilusión que entusiasmo. La imprecisión libra de dar cuentas, medir o evaluar los avances y, por tanto, reclamar o aplaudir con razón. Aparentemente, el oficialismo construye una sociedad cuyas necesidades básicas serán satisfechas, donde la convivencia y la solidaridad reinarán y donde, por tanto, unos serán responsables de los otros y todos del bien común.
En realidad, “el nuevo El Salvador” lleva otro camino. Construye lo que León XIV llama en su primera encíclica “la enésima Babel”. Una sociedad que sacrifica a los débiles, idolatra el lucro, aplasta las diferencias e impone un lenguaje único. Este ordenamiento social no es nuevo, pero es inhumano, ya que reduce al otro a un medio.
El oficialismo se afirma desde la negatividad: no es como los Gobiernos anteriores, no es como señalan sus detractores, no es como las otras sociedades occidentales. Es probable que ni él mismo tenga mucha claridad sobre su identidad y sus metas, excepto permanecer para aprovechar las ventajas socioeconómicas del ejercicio del poder. De ahí que las confusiones estén a la orden del día. Por un lado, impone buenos modales y disciplina casi militar a la juventud. Pero, por otro, sus voceros son vulgares y mal educados, vociferan malas palabras e insultos. Un día prohíbe “música inapropiada”, trajes provocativos, movimientos sensuales y “vulgaridades” en el desfile de la independencia; otro día, deja sin efecto estas prohibiciones.
El vacío dejado por la falta de planificación lo llena creando enemigos, que se habrían alzado contra “el nuevo El Salvador”. La preservación de este nuevo orden, todavía en ciernes, impone una lucha a muerte contra estos adversarios tan perversos como poderosos. El enemigo más peligroso, las pandillas, está derrotado. Pero quedan los descontentos, los críticos y los contrarios, igualmente temibles. De ahí la necesidad del régimen de excepción para mantenerlos a raya.
El modelo de Bukele despoja de rostro y de dignidad a estos “enemigos” al humillarlos, insultarlos y escarnecerlos con ayuda de la tecnología de la información. La guerra contra estos enemigos fabricados por él mismo genera divisiones sociales insalvables, donde la única comunicación posible es la descalificación, el desprecio y la afrenta. No es raro que la agresión verbal sea seguida por la física. Esta forma de gobernar alimenta el miedo, convertido así en la fuerza decisiva que hace posible “el nuevo El Salvador”.
Un proyecto de país que para autoafirmarse libra guerras contra enemigos imaginados enemista a la sociedad consigo misma. Al despojar al otro de rostro, la sociedad vive desunida, desavenida y enfrentada consigo misma. La sociedad no es mejor cuando identifica y castiga a la mayor cantidad posible de enemigos, sino cuando administra justicia sin perder la dimensión humana. La dignidad humana no desaparece con la comisión de un crimen. Pero el país que “renace” la desconoce para vengarse sin remordimientos, confundiendo justicia con desquite.
Esta sociedad emergente es indiferente al sufrimiento del otro (en particular, de las víctimas de una administración de justicia arbitraria). La miseria y la exclusión de los demás la deja impasible. Una sociedad que practica la proscripción digital, ocupada solo en las ventajas individuales y ajena a la suerte de los otros, es inhumana. En este caso, la tecnología no es avance, ni más y mejor conocimiento, sino inhumanidad.
Las rivalidades, los ajustes de cuentas y el egoísmo exacerbado son más destructivos que las pandillas, porque atentan contra la viabilidad de la sociedad y sus integrantes. No todo está perdido aún, si se buscan caminos de convivencia y realización común. El futuro de la sociedad se decide en la superación de las rivalidades y en encontrar formas de colaboración para establecer los límites de lo permisible, para construir unidad y una organización justa que, con la contribución de todos, haga realidad el bien común.
Una sociedad humana requiere comunicación, diálogo y compromiso con el bienestar de todos, buena fe y confianza mutua, simpatía y aceptación de los otros tal como son, sin discriminar. Una sociedad así no olvida que cada persona es una historia desconocida. El desafío consiste en encontrar al otro y colocarse en su lugar.
León XIV señala en su encíclica que la tarea común consiste en construir comunión, en contraposición a los arquitectos de una nueva Babel. La comunión, dice el papa, se construye en la cercanía al otro, en escuchar su historia y sus sufrimientos, en dejarse afectar por ellos, y en buscar creativa y liberadoramente caminos para superar sus miserias. En una palabra, en la compasión.
* Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.