En rumbo de diálogo

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Después del paréntesis de la Semana Santa, el rumbo del país se retoma y se acelera. La toma de posesión, el diálogo necesario para construir un mejor futuro, los problemas permanentes y ancestrales de una burocracia lenta, la violencia excesivamente dura y constante, la pobreza en medio del lujo tomarán sin duda el protagonismo nuevamente. Como de costumbre, la coyuntura, con sus exigencias de inmediatez, tenderá a sustituir a la reflexión de largo plazo. Y más lamentable, las reacciones inmediatistas querrán aplacar al ciudadano, mientras se olvidan o se posponen medidas de largo plazo indispensables. En medio de las urgencias, es fundamental abrir puertas a un diálogo que visualice no solo el futuro que deseamos todos, sino el futuro posible para el plazo de una generación y los medios necesarios para construirlo. Y en este último aspecto, no vale que la empresa privada pida libertad de producción para que lo demás venga automáticamente o que se afirme que solo con regulación y planificación estatal todo resultará bien. No hay medidas que den resultados positivos si solo proceden de un sector de la sociedad, por importante que este sea, llámese empresa privada o Estado.

El diálogo debe ser lo más amplio posible. Y no debe haber solo uno, sino muchos diálogos, en los que estén representados aquellos que tienen y sufren los problemas concretos de violencia, pobreza, necesidades educativas, de salud, etc. Uno es el diálogo de campesinos y sus problemas, y otro el de las zonas suburbanas. Uno es el de los empresarios y otro el de los sindicatos, aunque con frecuencia se entrecrucen. Los artistas, los intelectuales, los técnicos, los trabajadores manuales, los pequeños empresarios tienen aproximaciones diferentes a la realidad, así como intereses distintos, a veces incluso contrapuestos. Uno es el diálogo entre las maras y otro el de las comunidades afectadas por la extorsión y la violencia, aunque haya que interrelacionarlos. El diálogo entre el FMLN y Arena es indispensable para lograr un futuro armónico en el país. Pero si se hace a espaldas de la diversidad social salvadoreña, no haría más que prolongar las miserias del presente. Porque los diálogos excluyentes entre dos fuerzas tienden siempre a proteger los intereses de estas. Establecer una red adecuada de diálogos y al mismo tiempo darles una unidad de rumbo es probablemente una de las tareas más complejas de la política.

La gente que ha estudiado los pactos sociales en las sociedades contemporáneas suele decir que estos tienen efectos positivos cuando ya se han dado pasos de inclusión social previamente. A pesar de las críticas que se puedan y deban hacer, es innegable que el Gobierno de Mauricio Funes ha dado algunos pasos en la dirección inclusiva. Haber aumentado la cobertura de salud, iniciar una política de acceso a la información pública, abrir paso a una pensión compensatoria para nuestros ancianos que está fueran del sistema pese a haber aportado a la economía desde el trabajo constante son, entre otros, logros inclusivos del actual Gobierno. Sin embargo, resulta indispensable que mientras inicia el tan deseado diálogo nacional, se sigan aumentando los rasgos y programas de inclusión. Los niveles de inclusión o de justicia social, que como término aún pone nerviosos a no pocos adinerados, todavía son demasiado bajos y raquíticos en El Salvador como para que unos acuerdos entre élites puedan ofrecer garantías firmes. Los diálogos deben partir siempre de conquistas y derechos establecidos, que entre nosotros no están suficientemente garantizados.

Ir en rumbo de diálogo es una opción clara del futuro Gobierno. Dificultades no faltarán. Porque además de tratarse de problemas complejos (piénsese en la plaga de homicidios que llevamos más de cincuenta años sin resolver), se requieren disposiciones personales y colectivas que no siempre se logran, y menos en un país profundamente fracturado por diferencias económicas y sociales. En efecto, hay decisiones que no se pueden tomar si no hay capacidad de sacrificio y de generosidad. Perder algo en un primer momento, especialmente quienes están en posiciones de privilegio, para que todos ganemos más en el futuro puede ser una necesidad en este tipo de pactos. Ahí se conjugan el sacrificio y la generosidad. Y quienes tendrán que poner con mayor intensidad su aporte en ese terreno son precisamente los que menos acostumbrados están al sacrificio personal. Para lograr un diálogo que nos lleve realmente al desarrollo equitativo y justo, es necesario alcanzar esa especie de estado de ánimo abierto al valor clásico de la magnanimidad, y salir del mezquino deseo del ganar-ganar inmediato, que siempre es difícil en el corto plazo en países como el nuestro. El reto es grande. Pero precisamente por eso merece la pena acometerlo con ilusión y ánimo esforzado.

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Anónimo
24/04/2014
06:20 am
El dialogo es algo eminente que debe ocurrir pero no hay que descuidar en echar andar lo hablado y dar un seguimiento genuino.
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