La oración cristiana

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Rodolfo Cardenal
22/01/2026

El papa León XIV lamenta, en el mensaje para la Jornada por la Paz de este año, la frecuencia con la que se “arrastra” la fe al combate político. La fe se usa para bendecir el nacionalismo y para justificar religiosamente la violencia y la lucha armada. Eso fue, justamente, el desayuno de oración exhibido hace unos días en cadena nacional. Los jefes de los tres poderes del Estado, encabezados por Bukele, algunos políticos estadounidenses y un selecto grupo de invitados se reunieron en el Palacio Nacional para rezar y desayunar.

En su intervención, Bukele atribuyó directamente a Dios el éxito del régimen de excepción. Dios habría escuchado sus súplicas y las de su equipo de seguridad, y habría tomado en sus manos las riendas de la represión. Prueba fehaciente de que Dios provee cuando hay fe. La seguridad actual sería, pues, un portento divino, que nadie puede cuestionar ni explicar. Ni siquiera los expertos. Un milagro auténtico, cuyo secreto es la oración. Los países que han intentado replicar el modelo de Bukele han fracasado, porque solo tomaron el plan, pero no oraron.

Si Dios es el autor directo de la seguridad, también es responsable del régimen de excepción, que incluye violencia, arbitrariedad e injusticia. Por tanto, las víctimas inocentes, las parejas y los hijos abandonados, y los muertos por causa de la tortura y la falta de cuidados médicos en las presiones del régimen deben resignarse y aceptar la voluntad de Dios. Su conformidad será recompensada infinitamente en la eternidad. Bukele dice que él no es más que el instrumento, el elegido, para hacer realizar esa voluntad divina providente.

El papa, en cambio, pide a los creyentes desmentir “esas formas de blasfemia que opacan el santo nombre de Dios”. La justicia y la dignidad humanas, denuncia el mensaje, están “muy expuestas” al poder de los más fuertes y violentos, quienes han puesto la guerra de moda. Los poderosos del mundo usan el nombre de Dios para justificar sus desafueros. En esa misma línea, Bukele confía en que ese Dios, al que se encomienda, resolverá los problemas de empleo, salud, educación y medioambiente. Y si esas soluciones no llegan o tardan en aparecer, invita a confiar en su providencia. Dios sabe el cuándo y su tiempo es perfecto. Bukele solo reza.

Esta postura es ajena a la tradición bíblica. El Dios de la Escritura actúa a través de enviados, a quienes encomienda una misión. Es el caso de Moisés, de los profetas y del mismo Jesús. Sin embargo, de vez en cuando aparecen impostores diciendo “yo soy”. El Evangelio avisa a la comunidad cristiana no creerles. El criterio del juicio final de Mateo 25 es claro. El discípulo de Jesús da de comer al hambriento y de beber al sediento, acoge al extranjero, viste al desnudo y visita al enfermo y al preso. En realidad, la cuestión ya está planteada en el Génesis, cuando Dios pregunta a Caín por su hermano y este responde que no es su guardián.

El Dios de Jesús es un Dios de paz, que significa, en palabras de León XIV, proteger lo que es santo: la vida humana, sobre todo la más amenazada por un orden configurado por “enormes concentraciones de intereses económicos y financieros”, que “intenta sacar provecho de todo” y empujan a los políticos y a la sociedad a la violencia y la guerra. El Dios bíblico cuestiona ese orden desde el comienzo de la historia, tiene sueños que inspiran a sus profetas y está decidido a rescatar a la humanidad de las esclavitudes antiguas y nuevas.

La justicia y el derecho, el diálogo y la escucha son los caminos que liberan de esas esclavitudes. El desafío consiste, según el papa, en configurar humanamente las relaciones sociales para vivir “una paz desarmada y desarmante”. Una paz que no solo rechaza toda forma de violencia, sino que también se esfuerza para desarmar a los violentos.

El desayuno de oración, exhibido en cadena nacional a un país cuyas mayorías no tienen con qué hacer los tres tiempos, se parece a la oración del fariseo. Jesús se refirió a él para prevenir a sus discípulos. El fariseo entró ostentosamente en el templo para jactarse de no ser como los demás y de cumplir fielmente la ley, pero no salió justificado. Jesús recomienda al orante entrar en su habitación y cerrar la puerta para entrar en comunión íntima y personal con Dios. Y Él, que ve en lo secreto, lo recompensará.

Dios no quiere la gloria de Bukele. La gloria de Dios, como dijo Mons. Romero, es el pobre que vive. En El Salvador de Bukele, las mayorías, que no fueron invitadas al desayuno de oración, no tienen una vida digna. Mons. Romero fue enviado por Dios para defenderlas y para exigir derecho y justicia. El pecado lo aplastó. Pensó que lo callaba, pero su palabra vive.

 

* Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.

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