Misericordia que transforma

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En su discurso en Bolivia ante los hombres y mujeres de la religión (sacerdotes, religiosos y seminaristas), el papa hizo un llamado a saber escuchar el grito de los pobres. Desde el relato de Marcos que describe la curación del ciego Bartimeo, planteó uno de las principales exigencias que tiene el mundo de la religión: la solidaridad con los pobres, que exige saberlos escuchar, siguiendo el ejemplo de Jesús. El evangelista relata que un mendigo ciego, por tanto, alguien doblemente pobre, oye decir que se acerca Jesús. El evangelista relata el episodio así:

Llegaron a Jericó. Y cuando Jesús salía de allí con sus discípulos y un gentío considerable, Bartimeo —hijo de Timeo—, un mendigo ciego, estaba sentado al costado del camino. Al oír que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!”. Muchos lo reprendían para que se callase. Pero él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, ten piedad de mí!”. Jesús se detuvo y dijo: “Llámenlo”. Llamaron al ciego diciéndole: “¡Ánimo, levántate, que te llama!”. El dejó el manto, se puso en pie y se acercó a Jesús. Jesús le dirigió la palabra: “¿Qué puedo hacer por ti?”. Contestó el ciego: “Maestro, que recobre la vista”. Jesús le dijo: “Vete, tu fe te ha curado”. Al instante recobró la vista y le siguió por el camino.

Leyendo el texto desde nuestro contexto, el obispo de Roma habló del significado y las exigencias que tiene para la Iglesia el grito de los pobres. Dos realidades, puntualizó, aparecen con fuerza en este Evangelio. Por un lado, el grito de un mendigo y, por otro, los diferentes comportamientos de los discípulos. Pensemos, dijo, “en las distintas reacciones de los obispos, los curas, las monjas, los seminaristas a los gritos que vamos sintiendo o no sintiendo. Parece como que el evangelista nos quisiera mostrar cuál es el tipo de eco que encuentra el grito de Bartimeo en la vida de la gente, en la vida de los seguidores de Jesús. Cómo reaccionan frente al dolor de aquel que está al borde del camino, que nadie le hace caso, nomás le dan una limosna; aquel que está sentado sobre su dolor, que no entra en ese círculo que está siguiendo al Señor”. Según el papa, tres son las respuestas frente a los gritos del ciego, y las resume con las palabras del propio Evangelista: “pasar”, “callar” y “ánimo, levántate”. Veamos lo que hay de interpelación y de inspiración en el mensaje papal.

Pasar de largo es la primera respuesta que recibe Bartimeo. La gente y los discípulos miraban a Jesús, querían oírlo, pero no escuchaban los gritos del ciego. Pasar, dice Francisco, “es el eco de la indiferencia, pasar al lado de los problemas y que estos no nos toquen. No es mi problema. No los escuchamos, no los reconocemos, sordera”. Es la tentación “de naturalizar el dolor, de acostumbrarse a la injusticia […] Se trata de un corazón que se ha acostumbrado a pasar sin dejarse tocar; una existencia que, pasando de aquí para allá, no logra enraizarse en la vida de su pueblo, simplemente porque está en esa elite que sigue al Señor”. El pontífice, pues, cuestiona la actitud de sordera expresada en la indolencia ante el sufrimiento humano, derivada de la mentalidad que lo elude o encubre, ya sea porque lo considera ajeno a su mundo o porque lo asume como un destino y no como el producto de acciones humanas injustas. La primera ceguera que se debe curar no es la de Bartimeo, sino la de una religión convencional que no sigue el modo de ser de Jesús.

“Cállate” es la segunda actitud frente al grito de Bartimeo. Aquellos gritos del ciego interrumpen la marcha tranquila de los discípulos y seguidores de Jesús. Ellos no pueden escuchar con paz las palabras de Jesús. Aquel pobre molesta. Hay que callar sus gritos. Por eso muchos lo regañaban para que se callara. A diferencia de la actitud anterior, comenta el papa, “esta escucha reconoce, toma contacto con el grito del otro. Sabe que está y reacciona de una forma muy simple, reprendiendo. Son los obispos, los curas, las monjas, los papas (…) que enseñan una disciplina muy dura. Y pobre pueblo fiel de Dios, cuántas veces es retado por el mal humor o por la situación personal de un seguidor o seguidora de Jesús”. Es la actitud “de quienes frente al pueblo de Dios, lo están continuamente reprendiendo, rezongando, mandándolo callar”. Es el drama, añade, “de la conciencia aislada, de aquellos discípulos y discípulas que piensan que la vida de Jesús es solo para los que se creen aptos”. En el fondo, lamenta, hay un profundo desprecio al santo pueblo fiel de Dios. Han hecho de la identidad una cuestión de superioridadEsa identidad que es pertenencia se hace superior, ya no son pastores sino capataces. La necesidad de diferenciarse les ha bloqueado el corazón. Los ha apartado no solo del grito de su gente, de su llanto, sino especialmente de los motivos de alegría. Francisco exhorta a este tipo de pastores a una conversión radical: a los pobres, “muéstrenles afecto, escúchenlos, díganles que Jesús los quiere”.

“Ánimo, levántate, que te llama” es la tercera actitud que comenta el papa en su mensaje. Jesús no pudo seguir su camino ignorando el sufrimiento de aquel hombre. Se detiene, hace que todo el grupo se pare y les pide que lo llamen. A diferencia de los otros, Jesús se detuvo y preguntó qué pasa. “Se detiene frente al clamor de una persona. Sale del anonimato de la muchedumbre para identificarlo y de esta forma se compromete con él. Se enraíza en su vida. Y lejos de mandarlo callar, le pregunta: ‘¿Qué puedo hacer por vos?’. No necesita diferenciarse, no necesita separarse, no le echa un sermón, no lo clasifica si está autorizado o no para hablar. Tan solo le pregunta, lo identifica queriendo ser parte de la vida de ese hombre, queriendo asumir su misma suerte”. Y a renglón seguido el pontífice aclara que “no existe una compasión que no se detenga; si no te detienes, no padeces con. No existe una compasión que no escuche, no existe una compasión que no se solidarice con el otro”. La compasión, enfatiza Francisco, “no es zapping, no es silenciar el dolor; por el contrario, es la lógica propia del amor, el padecer con. Es la lógica que no se centra en el miedo, sino en la libertad que nace de amar y pone el bien del otro por sobre todas las cosas. Es la lógica que nace de no tener miedo de acercarse al dolor de nuestra gente. Aunque muchas veces no sea más que para estar a su lado y hacer de ese momento una oportunidad de oración”.

El papa concluye recordándoles a los hombres y mujeres de la religión que esta es la pedagogía del Maestro, esta es la pedagogía de Dios con su Pueblo. Pasar de la indiferencia, del zapping al “ánimo, levántate, el Maestro te llama”. Y esto no porque se piense que los grupos religiosos sean especiales, no porque sean mejores, no porque sean los funcionarios de Dios, sino tan solo porque son o deben ser testigos agradecidos de la misericordia que transforma.

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