El discurso de El Salvador en la Asamblea General de la ONU fue rompedor por cuestionar abiertamente la actividad de la organización, pero no dijo nada nuevo. Siguió la línea trazada por Bukele en las comparecencias de 2019 y 2024. Pese a ello, la reciente intervención de la canciller es relevante por la incongruencia en una cuestión importante.
“¿A dónde están las Naciones Unidas?”, preguntó provocativamente, en un mundo donde millones mueren víctimas de las guerras, el hambre, la violencia y las enfermedades. Estas situaciones, agregó, serían evitables si la ONU interviniera. En efecto, su intervención es indispensable para superar esas crisis y proporcionar ayuda humanitaria. La canciller de Bukele reclamó una ONU activa y eficaz.
Simultánea y contradictoriamente, exigió respetar la soberanía. En consecuencia, los países en guerra, enfermos y hambrientos pueden invocarla y rechazar la intervención en sus asuntos, con lo cual el multilateralismo queda en agua de borrajas. El Salvador de Bukele procede de la misma manera. Ha ignorado los repetidos cuestionamientos de los organismos de la ONU a propósito de los medios utilizados para reducir la violencia, la práctica de la tortura, la prolongación del régimen de excepción, el desconocimiento de las garantías procesales, las condiciones de los encarcelados, las desapariciones y el uso excesivo de la fuerza. El país de la canciller no practica el multilateralismo que predica.
Es incomprensible pedir a otros países que acepten la intervención de la ONU en sus asuntos cuando el propio ignora una larga lista de críticas, de solicitudes de información y de recomendaciones. El multilateralismo que la canciller reclama con firmeza para resolver crisis humanitarias y de humanidad como las de El Salvador es imposible sin intervenir en sus asuntos internos.
De todas maneras, insistió en que la cooperación multilateral y la soberanía son compatibles, pero no explicó cómo se conjugan. Hubiera sido muy iluminador que hubiera explicado cómo hace El Salvador para convivir con ambos. En concreto, cómo combina la unión centroamericana con la soberanía salvadoreña. En El Salvador actual, cualquier indicación que no provenga directamente de Bukele es inadmisible. Esta es una de las muchas ocasiones en las que sus funcionarios no saben bien lo que dicen ni lo que hacen. Las confusiones no son triviales, porque dejan en evidencia la improvisación y la desorientación gubernamental, lo cual alimenta la desconfianza.
La canciller tiene razón al señalar que la credibilidad y el vigor de la ONU están en bancarrota. Pero no porque su dirección sea mediocre, sino porque sus miembros no la dejan intervenir. Las potencias tienen poder de veto y los demás miembros hacen caso omiso de sus directrices si no les convienen. El Salvador de Bukele es un buen ejemplo. Dado el estado de la cuestión, la canciller debió aprovechar la ocasión para exhortar a unos y otros a comprometerse con la reforma estructural de la ONU. Pero tampoco lo hizo. No desea una ONU “ágil, representativa, eficaz y transparente”. La diplomacia salvadoreña se siente más cómoda con la política exterior de China, que, por principio, no interviene en los asuntos internos de los países receptores de su ayuda. Además, es contradictorio exigir a la ONU unas características que, en virtud de la soberanía, repudia abiertamente.
Tampoco le interesa que el próximo secretario general sea independiente, dialogante, coherente y comprometido con la reforma de la ONU. El Salvador de Bukele votará por el candidato de Washington. No lo hará con criterio propio, sino alineado con Trump, de quien depende para su sobrevivencia y a quien, por tanto, le ha entregado la soberanía nacional.
El multilateralismo invocado por la canciller suena bien en el seno de la comunidad internacional. Sin embargo, el tema no figura en la agenda salvadoreña. La canciller usó la tribuna de la asamblea general para atacar a la ONU desde una perspectiva nacionalista extremista, en la misma línea que el Washington de Trump. No interesa una ONU operativa, sino su desprestigio para restar crédito a sus críticas y llamados de atención. En suma, ni multilateralismo, ni soberanía, sino pragmatismo puro y duro. Y eso a pesar de que los programas patrocinados por la primera dama cuentan con la colaboración de varios de sus organismos especializados en la infancia.
Los funcionarios de Bukele se esfuerzan por presentar la cara más amable de su modelo. Su entrega llega al extremo de adoptar posturas absurdas, contradictorias o sencillamente embusteras que ponen en juego su prestigio personal. La apuesta es arriesgada. El poder no suele tener consideración con sus colaboradores. Si es necesario, los sacrifica sin remordimiento.
El discurso insustancial y contradictorio de la canciller en la ONU hizo un flaco servicio a un Bukele que aspira a ser reconocido como el gran líder de la transformación del mundo. La palabra de un liderazgo de esa naturaleza es clara y firme, clarividente y seductora.
* Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.