Turbulencias en las cumbres del poder

30
Rodolfo Cardenal
17/02/2022

El golpe de mano en la Corte Suprema de Justicia lanza un mentís a la integridad del régimen de los Bukele. La revuelta palaciega muestra no solo que el régimen no es tan sólido como quisiera, sino también que sus prácticas están reñidas con su publicitada probidad. La sublevación de los magistrados contra su presidente, todos ellos afines al oficialismo, es otra fractura en el bloque oficialista. El presidente de la Corte Suprema de Justicia defenestrado llegó al cargo con la bendición presidencial y perdió sus facultades administrativas con la misma bendición. Un dedazo lo puso y otro lo redujo a la insignificancia.

La caída en desgracia no tiene motivaciones de idoneidad para el cargo o de integridad, sino de poder. Impuesto por Casa Presidencial, quiso imitar a su patrón y ejerció el poder sin contar con sus colegas, también impuestos. A estos les resultó intolerable que “no estaba tomando las decisiones administrativas adecuadas”, es decir, que no les diera parte en el reparto del botín. El presidente despidió a los cuadros administrativos estratégicos y en su lugar colocó a sus incondicionales. Pero fue demasiado lejos al no dar participación a sus colegas magistrados, quienes se coaligaron y le ganaron el pulso en Casa Presidencial. Conseguido el aval de Bukele, lo despojaron de sus facultades administrativas, depusieron a sus incondicionales y, en su lugar, colocaron a los suyos.

Estos movimientos ponen al desnudo la dinámica del poder institucional. La facción victoriosa no solo se repartió los cargos administrativos, sino que los recién llegados hicieron lo mismo con los puestos inferiores. Así fue antes y así sigue siendo. Lo mismo ha ocurrido en la presidencia de los otros poderes del Estado. Llegó Bukele y, con él, sus hermanos, sus amistades, sus socios, los venezolanos y, últimamente, una corte de otros extranjeros anarquistas de la criptomoneda. Todos ellos, siguiendo la lógica de la corrupción institucional, han promovido a la cúpula de la estructura estatal a sus prosélitos. La única diferencia importante entre el ayer y el hoy es que antes se podían conocer algunas de estas movidas; ahora, esa posibilidad está cerrada.

La ideología del régimen es incapaz de mantener la disciplina en sus filas. A medida que pasa el tiempo, los militantes caen en cuenta de que no son más que simples peones del jefe supremo. Quienes se apuntaron con la expectativa de hacer carrera política han descubierto que eso no les está permitido. Quienes se apuntaron para hacer algo de provecho para sus electores han encontrado que esas aspiraciones están sujetas a la voluntad del patrón. Quienes se apuntaron para medrar lo tienen mejor, mientras sean obsequiosos con él. El error estratégico de funcionarios y diputados ha sido olvidar que el escaño o el sillón que ocupan se lo deben a que Bukele fue elegido presidente del poder ejecutivo. No los eligió el voto popular ni fueron elegidos por sus méritos. La ideología oficial, que pregona la inexistencia del pasado y un nuevo comienzo sin parangón en la historia nacional, en su machacona simpleza, no consigue someter a los inquietos y a los ambiciosos.

No es la primera vez que los reclutas se salen de la fila, insatisfechos con la porción que les ha tocado del botín. Corrientes de descontento subterráneo socavan los escaños de la legislatura. El régimen ha reaccionado de manera expedita y drástica, y ha desaforado a dos indisciplinados. La disputa interna entre los magistrados por la influencia, los privilegios y el dinero ha remecido la presidencia de la Corte Suprema. Estos movimientos indican que no hay que dar por supuesta la solidez del régimen y, en consecuencia, tampoco su futuro. La ambición, las rivalidades y los celos de unos colaboradores sin integridad y sin vergüenza ha resultado ser más poderosa que la pobre ideología cyan.

La revuelta en la Corte Suprema muestra, para quien quiera ver, la verdadera naturaleza del régimen. En lugar de la honestidad, que brilla por su ausencia, reinan la ambición, la deslealtad y la oscuridad. El oficialismo devora a sus propios peones. Primero fue un ministro, siguieron dos diputados y el último es el presidente de uno de los poderes del Estado. Cuestión abierta es si la represión interna podrá contener el descontento y las frustraciones.

Impotente ante los hechos consumados, el presidente defenestrado invocó tímidamente la ley. Un gesto inútil, porque él y sus compinches la hicieron saltar por los aires. La institucionalidad anulada no puede protegerlo ahora de la voluntad del supremo. Aparte de la hipocresía de invocarla en la desgracia. En un régimen dictatorial, nunca se sabe cuándo se perderá el favor del patrón. Al magistrado presidente, inesperadamente y muy a su pesar, le dieron una cucharada grande de su propia medicina amarga. El mínimo de vergüenza y de dignidad exige renunciar a una presidencia donde solo se ocupa un sillón.

 

* Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.

Lo más visitado
2
Chamba
28/02/2022
14:25 pm
El magistrado presidente, no solo carece de idoneidad técnica... sino que permaneciendo en el cargo está demostrando / reafirmando carecer de principios morales y éticos -y claramente de amor propio- necesarios para dicho cargo.
0 0 0
Jorge1453640244
27/02/2022
18:46 pm
Con ese terremoto, cuyo epicentro son las instituciones, los salvadoreños deberíamos saber que el aparato que nos gobierna es una OCLOCRACIA!
0 2 0