Arquitectura, materiales y calor: los desafíos de las viviendas salvadoreñas

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Kellys Portillo
22/05/2026
Lizeth Rodríguez mientras revisa el documento de la “Investigación experimental del comportamiento térmico de sistemas constructivos para cubierta”, de la cual formó parte del equipo investigador. Foto: Dirección de Comunicaciones. 

Lizeth Rodríguez, académica del del Departamento de Organización del Espacio, investiga la relación entre urbanización, construcción de viviendas y aumento de la temperatura. Desde una perspectiva arquitectónica y urbana, estudia cómo el uso de materiales poco adecuados para el clima local y la reducción de áreas verdes han profundizado problemas como las islas de calor y la pérdida de confort en las viviendas salvadoreñas. 

En los últimos años se habla mucho del aumento del calor en las ciudades. Desde la arquitectura, ¿considera que las viviendas que se construyen actualmente en el país responden adecuadamente a las condiciones climáticas? 

Por tradición, no. Cuando digo por tradición me refiero a que la manera de urbanizar en el país, y sobre todo en la capital, se ha enfocado en sacarle el mayor provecho a la tierra.  

Para iniciar este tema, podemos dirigirnos a los años setenta, ochenta y noventa, tres décadas en las que, aunque la tecnología avanzaba, no se cambió la manera de construir. En aras de sacarle el máximo provecho al suelo, los desarrolladores colocan la mayor cantidad posible de viviendas, sin analizar, por ejemplo, la orientación con relación a las fachadas, la ubicación dentro del terreno y cómo esta podría funcionar en términos de ventilación y confort para los habitantes.  

Tradicionalmente, quien desarrollaba viviendas lo hacía en serie; es decir, teníamos el modelo tipo y lo repetíamos n cantidad de veces. Y esto conlleva la pérdida de calidad en el diseño y, en consecuencia, la pérdida de calidad de vida en el usuario. Y hay que decirlo también: el desarrollador llega hasta donde la ley permite. Si la ley tiene estas falencias, los desarrolladores harán lo mejor que se pueda para maximizar el provecho con lo que la ley les permite.  

Además del factor tecnológico y el marco regulatorio, cuando observamos cómo han crecido las ciudades y urbanizaciones en el país, ¿qué otros factores considera que han influido en la forma en que se construyen las viviendas?  

Varios factores han influido. Fuera del Centro Histórico de San Salvador, gran parte del crecimiento urbano ha ocurrido como una expansión hacia las zonas donde se ha podido urbanizar. Con la disminución de la producción agrícola, el fenómeno migratorio y la guerra civil, comenzaron a urbanizarse zonas agroforestales y suelos que originalmente tenían vocación agrícola. Aunque existían regulaciones que limitaban este tipo de desarrollo, muchos de esos espacios terminaron convirtiéndose en centros urbanos.  

Otro factor importante ha sido el aprovechamiento económico del suelo. En muchos casos, se construyó vivienda en condiciones poco seguras o sin cumplir adecuadamente las normas urbanísticas, como ocurrió en sectores afectados por cárcavas en la zona del río Las Cañas. 

Además, la vivienda no debe entenderse únicamente como la casa, sino también como todo el entorno urbano: aceras, arriates, calles, parques, accesos y espacios públicos, elementos fundamentales para la calidad de vida y el funcionamiento de la ciudad. 

A partir de su observación, ¿cuáles son los errores arquitectónicos más comunes en las viviendas salvadoreñas? 

Uno de los principales errores es no considerar la orientación de las edificaciones ni la incidencia del sol, lo que aumenta el calor en los interiores y reduce el confort térmico. También influye que muchas viviendas comenzaron a verse únicamente como un producto comercial, priorizando construir la mayor cantidad posible dentro de una parcela, sin pensar en la calidad de habitabilidad. 

Otro problema importante es la autoconstrucción sin asesoría técnica: muchas familias realizan ampliaciones sin considerar normas de seguridad, ventilación o iluminación adecuadas al clima local. Además, predominan materiales como el bloque de concreto y las cubiertas de fibrocemento, que tienen un mal desempeño térmico y permiten que el calor entre rápidamente a las viviendas. Como no existe una obligación de garantizar confort térmico, suelen utilizarse materiales prácticos y económicos, aunque no sean los más adecuados para el clima tropical del país. 

La lámina y el vidrio son materiales de construcción muy usados en el país. ¿Cómo influyen en la temperatura dentro de una vivienda? 

Estos materiales permiten una rápida transferencia de calor hacia el interior de las viviendas, lo que provoca altas temperaturas y un malestar térmico. El problema no es solo el material, sino la falta de estrategias como ventilación cruzada, sombreamiento, vegetación y una adecuada orientación de la vivienda. 

Existen materiales con mejor desempeño térmico, como las maderas, las arcillas y ciertos aislantes que ayudan a retrasan la entrada del calor. Por eso, antes de pensar en aire acondicionado, debería analizarse primero la envolvente del edificio: materiales, ventanas, orientación y ventilación. 

También es importante rescatar y modernizar técnicas artesanales y ancestrales, ya que ofrecen ventajas térmicas y ambientales, además de contribuir a reducir la huella de carbono. 

Antes era común ver viviendas construidas con adobe, barro o bajareque. ¿Se han ido dejando de lado prácticas arquitectónicas que se adaptaban mejor al clima?  

Sí, se han abandonado muchas prácticas arquitectónicas tradicionales que ayudaban a enfrentar mejor el clima, especialmente la construcción con tierra, barro, adobe o bajareque. Estos materiales tienen mucha inercia térmica, es decir, ralentizan el paso del calor y mantienen los espacios más frescos. 

El adobe y el bajareque históricamente han funcionado muy bien en términos térmicos. Incluso investigaciones realizadas en la Universidad demostraron que materiales como la arcilla y las tejas de barro reducen significativamente la temperatura interior de las viviendas. 

Sin embargo, estas técnicas fueron desplazadas por sistemas más industrializados, como el bloque de concreto y las cubiertas metálicas debido a la rapidez de construcción, la facilidad para conseguir materiales industriales y la necesidad de construir en vertical dentro de las ciudades. 

El problema no es la técnica ancestral en sí, sino que dejó de perfeccionarse o adaptarse. Estas prácticas podrían retomarse y modernizarse mediante investigación y desarrollo, ya que combinan ventajas térmicas, ambientales y culturales importantes para el clima y la sostenibilidad ambiental. 

Muchas ciudades han perdido árboles y áreas verdes. ¿Qué impacto tiene eso en la temperatura de los hogares y en el confort de las personas?  

Las áreas verdes y los árboles son fundamentales para reducir el calor en hogares y ciudades. La vegetación ayuda a absorber parte de la radiación solar y evita que el calor llegue directamente al peatón y a las viviendas, por lo que funciona como un servicio ambiental y contribuye al enfriamiento urbano. 

Actualmente, ya se habla de las islas de calor, que son zonas donde el concreto, el pavimento, los vidrios y el metal absorben y reflejan grandes cantidades de calor. Cuando hay árboles y arriates, el aire circula más fresco y mejora el confort térmico de las viviendas. 

Sin embargo, muchas ciudades han perdido áreas verdes por el crecimiento urbano y el aumento de vehículos. En muchas colonias, los arriates desaparecen para convertirse en estacionamientos, aumentando la impermeabilización del suelo y el calor urbano. 

Por eso, la vegetación debe formar parte del diseño urbano y distribuirse en distintos sectores de la ciudad. Incluso un solo árbol frente a una vivienda puede hacer una diferencia importante en la sensación térmica.  

Con todos estos elementos expuestos, ¿es posible construir en El Salvador viviendas más frescas y confortables sin elevar demasiado los costos? 

Sí. Cuando hablamos de costos en construcción hay que distinguir entre costos directos e indirectos. Los directos son los que hacen posible que la vivienda se edifique: materiales, mano de obra y herramientas. Los indirectos incluyen supervisión, oficinas, transporte y administración. En El Salvador, la mano de obra sigue siendo relativamente barata, por eso muchas veces el mayor problema está en el costo de los materiales, especialmente cuando son importados, como el acero, del que dependemos mucho por ser un país sísmico. 

Entonces, ¿se pueden construir viviendas más frescas y confortables sin disparar los costos? Sí se puede, especialmente si se aprovechan materias primas locales, se optimizan los recursos y se aplican estrategias de diseño. Ahí entra la ingeniería y el ingenio: pensar cómo orientar mejor una vivienda, dónde abrir ventanas, cómo evacuar la humedad o qué materiales ayudan a reducir el calor sin necesidad de soluciones costosas. 

También es importante popularizar este conocimiento. Mucha de la vivienda en el país es autoconstruida y no siempre cuenta con acompañamiento técnico. Si este conocimiento llega de forma sencilla a la población, pueden lograrse mejoras importantes, incluso en viviendas humildes y pequeñas. Al final, mucho pasa por la educación y la formación: crear criterios propios según nuestro clima y rescatar técnicas ancestrales que todavía funcionan. 

Por ejemplo, hay soluciones sencillas que ya han mostrado resultados. En investigaciones realizadas en la UCA se encontró que una pintura blanca sellante mezclada con polvo de celulosa puede reducir la temperatura en el aire cerca de las láminas metálicas en un 25%. También el uso combinado de lámina y teja ayuda a disminuir el calor: la teja baja la temperatura y la lámina garantiza impermeabilidad. 

Lo sostenible suele implicar una inversión adicional, pero desde lo sencillo y lo humilde se pueden hacer mejoras importantes si se usa el sentido común y se adapta el diseño a nuestras condiciones climáticas. 

 

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