¿Fin del terrorismo?

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La semana pasada, los medios de comunicación nos atiborraron de Bin Laden aniquilado y de euforias triunfalistas que repitieron sin cesar, como Obama, que "América —es decir, Estados Unidos— puede hacer lo que se proponga". Luego de un operativo minuciosamente ensayado, y pasando por encima de las más elementales normas de justicia y derecho internacional, Obama dio la orden de matar a Bin Laden (ya es claro que nunca hubo intención de capturarlo con vida) en su guarida, un protegido complejo muy cerca de la capital paquistaní.

Bin Laden está muerto. Sin duda, el Gobierno estadounidense se ha alzado con un triunfo mediático y militar al asesinar al que definieron como su enemigo número uno después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Bin Laden tuvo la osadía de poner a temblar el corazón mismo de la nación más poderosa del planeta, dejando un reguero de sangre inocente en el centro de Manhattan y sembrando una sensación de riesgo permanente en la sociedad estadounidense. En reacción, —y fue este el éxito real de los atentados terroristas de Bin Laden— el Gobierno de los Estados Unidos impulsó una política vengativa, militarista y antidemocrática tanto dentro como fuera de su territorio; una política que generó más violencia de la que quiso en un principio eliminar.

De acuerdo a las fuentes oficiales, el cadáver de Bin Laden yace hundido en el mar. ¿Se ha hundido y perdido también al terrorismo? La respuesta es obvia: no, los dispositivos del terrorismo internacional siguen activos no solo en lo que pueda quedar de Al Qaeda, sino en el mundo musulmán, cuyo sectores más radicales y fanatizados cobran nuevos bríos ante la ofensa, el irrespeto y el desprecio de los Estados Unidos y sus aliados hacia las tradiciones, cultura y derecho a la autodeterminación de dicha región del planeta.

El Gobierno de los Estados Unidos se ha alzado con la euforia del triunfo, y la imagen de Obama se eleva para convertir el operativo en Paquistán en trofeo de guerra en función de una campaña política hacia la reelección presidencial que hoy se prevé exitosa. Sin embargo, muy cerca de sus fronteras, en Ciudad Juárez y Tamaulipas, los carteles del crimen organizado siembran el terror entre los migrantes centroamericanos y acechan para el ingreso de la droga que alimenta la violencia y la descomposición social dentro del propio territorio norteamericano. Y lo mismo ocurre en otras regiones de México, Centroamérica, el Caribe y Suramérica. El terrorismo no reside en el mundo musulmán únicamente.

El Gobierno estadounidense canta victoria; Barak Obama emerge de su opacada imagen para dejar claro que su nación puede hacer lo que desee para cuidar su seguridad y estilo de vida. Pero sus fuerzas no han podido sofocar la violencia y la inestabilidad en Oriente Medio, África y América Latina. Una violencia que va socavando los cimientos de la economía, la democracia y la libertad desde las cuales Estados Unidos justifica sus intervenciones sanguinarias a lo largo de todo el planeta.

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