Actúa ahora

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Editorial UCA
22/09/2019

Con el lema “Actúa ahora”, Naciones Unidas ha iniciado una campaña con rasgos de urgencia para enfrentar el cambio climático. Aunque El Salvador, por su tamaño y por su población, no es determinante en el proceso del cambio climático mundial, lo cierto es que será uno de los países que sufrirá sus efectos con mayor intensidad. Estar en zona intertropical, haber sufrido una intensa deforestación, tener un proceso de desertización iniciado, contar con una fuerte densidad poblacional y padecer una deficiente organización del territorio y una pésima regulación urbanística obliga a nuestro país a dar pasos decididos y acelerados para enfrentar los efectos del fenómeno.

La deforestación en algunas zonas de San Salvador en beneficio de grandes construcciones muestra el desdén por la problemática que se nos viene encima. El hecho de que El Salvador sea uno de los muy pocos países latinoamericanos que tiene que importar alimentos porque no tiene autonomía alimentaria debe hacernos pensar en la necesidad de cuidar con mayor esmero nuestro medioambiente. En esa línea, es vergonzoso que la Asamblea Legislativa haya sido incapaz de emitir una ley general de aguas que asegure tanto el cuidado como el adecuado y generalizado reparto del recurso hídrico.

La ONU en su campaña apunta a construir una nueva cultura. Estamos acostumbrados a la abundancia y el derroche, tratando de imitar modelos de vida de los países ricos que no son universalizables en el mundo en que vivimos, y menos en El Salvador. Por eso, Naciones Unidas nos anima a vivir y actuar desde un modo de vida que elimine el derroche. Ducharse en no más de cinco minutos, caminar más y andar menos en vehículo particular, apagar las luces, reutilizar bolsas y envases de agua, reciclar desechos, no dejarse seducir por un consumismo medioambientalmente dañino a la hora de comprar artículos personales de uso diario son algunas de las recomendaciones.

El papa Francisco ya había advertido en su encíclica Laudato si que el mundo está invadido por una ansia consumista individual y por un pensamiento neoliberal que justifica y alienta la depredación ambiental del más fuerte desde la falsa idea de que a la sociedad le conviene que haya ricos cada vez más ricos. Es lo que en uno de sus primeros textos llamó “una economía que mata”. Cuando el papa dice que “este mundo tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable”, podemos pensar con todo derecho que nos habla a los salvadoreños. De hecho, el poco acceso al agua potable, entre otras razones, ha generado ya en vastas zonas del país una epidemia de insuficiencia renal crónica.

La ineficiencia y corrupción de los Gobiernos de los últimos treinta años provocó un terremoto en las últimas elecciones. Si no se atiende adecuadamente y en beneficio de toda la población, el tema del agua y del medioambiente arrasará con los entusiasmos políticos actuales. La actual administración surgió de las cenizas de los partidos antes dominantes. Pero así como surgió puede ser barrida si no enfrenta el desafío medioambiental de El Salvador. Enfrentarlo no solo promoviendo una nueva cultura de consumo informado y austero, sino preparando al país para el aumento del nivel del mar, las sequías y tormentas más prolongadas y severas, la desertización y la contaminación. Para ello tiene que frenar el ansia mercantil y depredadora de algunas constructoras de viviendas, regularizar la construcción de un modo adecuado al desarrollo sostenible, parar la creciente deforestación y asegurar acceso al agua potable y al saneamiento para toda la población. Si el presidente no da pasos firmes y acertados en ese terreno, no llegará al final de su mandato con la popularidad de la que hoy goza.

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