Falta de transparencia, abono para la corrupción

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Editorial UCA
09/02/2024

Las elecciones se han desarrollado en un ambiente de debate sobre la legalidad de la reelección, predominio propagandístico del partido en el Gobierno, impago arbitrario de la deuda electoral a los partidos de oposición y uso de los recursos estatales para apoyar la reelección presidencial, entre otras graves irregularidades. Las encuestas informaban de un apoyo masivo a la candidatura presidencial de Nuevas Ideas y presumían la desaparición de algunos de los partidos participantes. En una nueva violación a las normas electorales, Nayib Bukele se declaró reelecto antes de que el Tribunal Supremo Electoral diera dato alguno.

En el reciente Índice de Percepción de la Corrupción elaborado por Transparencia Internacional, El Salvador retrocede diez puntos respecto al año 2022, quedando en el puesto 126 de 180 países estudiados, y doce puntos por debajo del promedio latinoamericano. El incumplimiento de leyes y la arbitrariedad de las instituciones son dos de los indicadores de que algo marcha muy mal en El Salvador. Las reservas de información, que se han convertido ya en una norma en las dependencias estatales, empeoran la situación. El acoso a los periodistas ha crecido. Y la partida secreta de la Presidencia, causante de algunos de los mayores escándalos de corrupción de Gobiernos anteriores, continúa existiendo y engordando, pese a las promesas de eliminarla. No es raro que la percepción de corrupción aumente, aunque de momento no haya tenido repercusiones electorales.

Generalmente se tiende a identificar corrupción estatal con enriquecimiento ilícito. Pero en realidad, la corrupción comienza y se desarrolla en sociedades autoritarias a partir de la arbitrariedad y la falta de transparencia. Países que no brindan información clara a la ciudadanía hacen que aumente entre la gente la sospecha o la percepción de corrupción. La percepción no es, evidentemente, una prueba judicial de que la corrupción exista. Pero si la percepción aumenta es evidente que el Estado no está cumpliendo con las normas de transparencia requeridas para luchar contra la corrupción. Los procedimientos seguidos durante los últimos años no harán que disminuya la percepción de corrupción. Al contrario, dejarán un mal sabor de boca en muchos. Demasiado peso de algunas instituciones estatales en la propaganda, demasiada prepotencia y afán de control de todo.

Ahora lo inteligente sería un cambio de dirección. Es necesario abrirse al diálogo, a la contraloría social, a un funcionamiento del Estado respetuoso de los derechos ciudadanos, a la independencia de poderes y al debate público y abierto de los problemas económicos y sociales del país. Hace ya muchos años, el Concilio Vaticano II pedía a los cristianos interesados en la política que lucharan “con integridad moral y con prudencia contra la injusticia y la opresión, contra la intolerancia y el absolutismo de un solo hombre o de un solo partido político”. Cristianos o no, las salvadoreñas y salvadoreños podrían desde la crítica mejorar la realidad del Gobierno si este tuviera los oídos abiertos. Sin embargo, en su discurso de la noche del domingo 4 de febrero,  Nayib Bukele no dejó duda alguna de que únicamente se escuchará a sí mismo.

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