La tarea de recordar

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Editorial UCA
08/04/2019

Este domingo 7 de abril se cumplieron 25 años del inicio del genocidio en Ruanda. Durante los tres meses siguientes, murieron aproximadamente 800 mil personas. Las naciones desarrolladas hicieron la vista gorda durante demasiado tiempo, sin intentar detener la carnicería. En la película Hotel Rwanda, que aborda ese hecho espantoso, el protagonista le insiste a un periodista inglés que publique en la televisión escenas de la masacre para lograr así detenerla. El periodista le contesta que cuando publiquen las imágenes en el telediario de la noche, la gente dirá “¡Qué horror!”, y continuará cenando. En ese sentido, la tendencia a la indiferencia y a la inacción frente al sufrimiento obliga a recordar periódicamente los acontecimientos que no queremos que se repitan.

La guerra civil salvadoreña tuvo extremos de crueldad que en algunos aspectos nos remiten a lo que sucedió en aquel país africano. En el norte de Morazán se llevó a cabo la peor masacre de la guerra civil, y la más numerosa de todo el siglo XX en América Latina. Además, en la misma zona y en tiempos muy cercanos a la masacre en El Mozote, se realizaron operativos militares en diversos cantones que se saldaron con asesinatos colectivos, aunque contra grupos de población menos numerosos. Las masacres han sido una constante en nuestra historia. Hoy día, por diversas causas y circunstancias, se perpetra una especie de masacre silenciosa e impune contra jóvenes. El año pasado se registraron 3,341 homicidios; 1,872 de las víctimas (un 56%) tenían entre 13 y 30 años de edad. El hecho de que sea un goteo de muertes no le quita la condición de masacre, dado el número tan elevado de víctimas.

Recordar es indispensable para vivir humanamente. La muerte injusta ya ocurrida no se puede evitar, pero sí que la injusticia del pasado quede sepultada en la impunidad. El olvido es una forma de decir que no ha pasado nada. Y es el cultivo de la memoria la que evita la pérdida de significado de unas víctimas inocentes que claman por reconocimiento, justicia y presencia social en leyes, calles y monumentos. La Sala de lo Constitucional ordenó juzgar los crímenes del pasado desde parámetros de justicia transicional. Pero además de justicia, todas las víctimas registradas en el informe de la Comisión de la Verdad deberían tener presencia en nuestra sociedad. En contrapartida, todos los que ordenaron matar civiles o justificaron públicamente esos crímenes no deberían ser ensalzados de ninguna manera. A muchos de los que vivieron con tranquilidad durante la guerra civil o que participaron activamente en ella, recordar los horrores del pasado les resulta incómodo. Pero la memoria siempre sana las heridas, al igual que la justicia.

El genocidio de Ruanda tuvo unas dimensiones y condicionamientos étnicos que no se dan en El Salvador. Pero los genocidios y los crímenes masivos contra la humanidad tienen en común una estructura de fondo, independientemente de la cultura en la que tienen lugar. La orden de matar viene siempre de grupos o personas que se creen superiores y que desprecian la vida de aquellos a los que consideran inferiores. Por ello, tener en la memoria los graves abusos contra los derechos humanos nos ayuda no solo a evitar que se repitan, sino también a construir una sociedad en la que la igual dignidad de la persona sea una realidad constante. La muerte injusta, la violencia, los bajos salarios, los abusos contra la mujer y la negación de derechos básicos son signos claros de que la igual dignidad no es apreciada. Trabajar en la construcción de una sociedad más solidaria y justa es necesario porque las graves violaciones a derechos humanos no empiezan matando o masacrando. Antes de que se empiece a matar, hay injusticias sociales, lenguaje de odio, desconfianza social y ruptura de lazos de solidaridad.

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