Canción de amor con notas falsas

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Rodolfo Cardenal
14/05/2026

La canción de amor a la diáspora tiene notas falsas. En vísperas de las elecciones de 2027, Bukele ordenó concederle representación legislativa. La justificación es una declaración de amor. Le otorgó seis escaños en reconocimiento por sus “aportes” para “influir en temas graves como migración, inversión, derechos ciudadanos y vínculos con los países donde reside”. Además de canalizar las demandas de la diáspora, los legisladores que la representen le rendirán cuentas de su gestión.

El régimen, según su exposición de motivos, desea que los representantes de la diáspora participen en la elaboración de la legislación. Podrán opinar sobre la gestión gubernamental y discutir, reformar o rechazar los anteproyectos de ley de Casa Presidencial o presentar los propios. Bukele ofrece a la representación de menos de un millón de salvadoreños registrados unas libertades que niega a la de los seis millones residentes en el país. Incluso deberán rendir cuentas a sus electores, cosa que estos últimos no hacen. Ni siquiera tienen la cortesía de recibir sus peticiones.

El reconocimiento de la diáspora es una farsa. Es dudoso que el régimen tolere libertad de pensamiento y de expresión a sus diputados. No solo porque el poder absoluto sería puesto en entredicho, sino también porque algunos legisladores locales podrían seguir su ejemplo y, en ese caso, la Asamblea se le saldría de las manos. La diáspora está invitada a participar en “la construcción del futuro del país”. No en la que sus representantes pudieran desear, sino en la de Bukele, el único constructor. Esa es la respuesta a la pregunta por la agenda de los diputados de la diáspora.

Prueba de ello es la reforma de la Constitución para crear el llamado “Departamento 15”. La modificación no fue consultada, estudiada, ni mucho menos discutida. La aprobación fue inmediata y desde la ignorancia. Los diputados crearon la circunscripción sin conocer cuántos representantes le asignarían y de dónde procederían. Al final, redujeron la representación de los dos departamentos más poblados. Tampoco consideraron la espinosa cuestión de la representación proporcional. Detalles insignificantes para quienes su cometido es satisfacer los deseos de Bukele.

Una prueba adicional es la profundización partidista del órgano rector de las elecciones. Al igual que en la novedad anterior, el partido oficial, el único que cuenta, se adjudicó el control total de dicho órgano. Así, el oficialismo dejó pasar una oportunidad para separar las funciones administrativas y las jurisdiccionales de dicho tribunal, una reforma pedida desde hace tiempo. La institucionalidad no interesa, sino el control total para mantener las riendas del Estado en manos de la familia gobernante.

Esta es la razón de fondo de la inclusión de la diáspora en la legislatura. Bukele no tiene ningún interés en “ampliar y profundizar la participación política” de los expatriados. Tampoco aprecia sus experiencias en una sociedad del primer mundo. Desprecia su formación académica y su experticia en las nuevas tecnologías, su capacidad empresarial y su potencial para invertir, y su visión del desarrollo territorial, crucial para el bienestar de la familia que dejaron atrás.

A Bukele solo le interesa preservar la mayoría legislativa. La representatividad es una excusa. Prueba de ello es que los seis escaños asignados provienen de los dos únicos departamentos donde la oposición tiene representación en la actualidad. No es extraño tampoco que más de un diputado oficialista, no residente en el exterior, ya haya lanzado su candidatura para ocupar uno de esos escaños. La curul liberada será ocupada por otro alfil de Bukele.

Si acaso alguno se siente tentado y acepta la invitación con la idea de introducir novedades políticas, sociales o económicas en el país, pronto descubrirá su error. En todo caso, es poco probable que un expatriado bien establecido, aun con ambiciones políticas, esté dispuesto a abandonar sus comodidades para trasladarse al país y participar en las plenarias semanales solo para puyar un botón. El amor a Bukele no da para tanto.

Los salvadoreños residentes en Estados Unidos no necesitan esa representación. A ellos les afecta la legislación estadounidense, no la salvadoreña. Viven, trabajan, ahorran, invierten y pagan impuestos en Estados Unidos, no en El Salvador, a donde vienen de visita o deportados. La mayoría, amenazada por la deportación, que se desvive para sobrevivir y enviar remesas no está interesada en una política que la ignora. A pesar de las mutuas simpatías, Bukele no ha abogado por ella ante Trump. Solo negoció la repatriación de los líderes de las pandillas, esto es, de dirigentes terroristas.

En el mejor de los casos, la representación del Departamento 15 será sui generis. Bukele no está interesado en la diáspora, sino es impedir el avance de la oposición en la legislatura. Se ha vuelto hacia ella porque quizás presiente un descenso sensible en la simpatía y un aumento de la abstención. La lejanía la haría más receptiva a los cantos de sirena.

 

* Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.

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