El mejor desempeño del país en lectura, matemáticas y ciencias en la prueba PISA no da pie para que Nayib Bukele declare que El Salvador se encuentra ahora a la altura de Alemania y Suecia. La honestidad con la realidad obliga a redimensionar una exageración, más entusiasta que real. La prueba trianual y mundial mide las habilidades de los estudiantes de quince años y enfatiza la resolución de problemas, no la memorización de los conocimientos. La comparación no pasó desapercibida.
Los cuestionamientos obligaron al mandatario a precisar que su afirmación está referida solo a 171 escuelas públicas, dotadas de infraestructura, conectividad y del tutor de inteligencia artificial de Elon Musk. Pero una muestra tan pequeña y sesgada no puede extrapolarse al país, cuyos resultados dicen lo contrario. El 65 por ciento de los estudiantes está por debajo del nivel básico en ciencias, mientras que, en lectura y matemáticas, donde el atraso es aún mayor (71 y 88 por ciento), no hay cambios significativos desde 2022. Colocarse al mismo nivel de Alemania y Suecia es un despropósito.
A nivel global, los resultados de la prueba muestran un descenso general del rendimiento educativo. De hecho, es el más bajo de los registrados hasta ahora. La tendencia general en Europa, Estados Unidos y América Latina, con algunas excepciones, es a la baja. En algunos países el deterioro es sostenido. Si el rendimiento de la muestra salvadoreña se aproxima al de Alemania y Suecia es porque el de estos países ha disminuido, no porque aquel haya aumentado hasta igualarlos.
El deterioro general sostenido, incluido el salvadoreño, no es coyuntural, sino estructural. Las políticas educativas son erróneas. El informe de PISA pone en tela de juicio la inteligencia artificial y la generalización de los dispositivos digitales, dos apuestas fuertes de la educación de Bukele. Otras causas son la disminución de la curiosidad de la juventud y, por tanto, del esfuerzo para investigar.
Si bien la relación de la inteligencia artificial con el rendimiento escolar es compleja y varía dependiendo de cómo y para qué la usan los estudiantes, el informe arroja datos elocuentes sobre sus alcances en el sistema de enseñanza-aprendizaje. Las competencias lectoras, la base del aprendizaje en todo currículo escolar, esenciales para encontrar, evaluar, interpretar y analizar la información, son las más perjudicadas. La disminución de la capacidad lectora es especialmente grave. Aquellos estudiantes que usan la inteligencia artificial para resumir textos, redactar o investigar, obtienen puntuaciones más bajas en ciencias que quienes no las usan. Y los que la usan con fines generales, es decir, no para reemplazar los procesos cognitivos, sino para complementarlos, obtienen resultados similares a los que no la usan. Esto quiere decir que la inteligencia artificial no hace diferencia.
El uso intensivo de la inteligencia artificial está asociado a un menor rendimiento. Los cinco países que menos la usan con fines escolares se encuentran entre los diez con los mejores resultados en lectura, matemáticas y ciencias. La literatura científica, por su lado, coincide en señalar que puede contribuir a mejorar el aprendizaje cuando se utiliza como instrumento de apoyo para la comprensión, la retroalimentación inmediata y el desarrollo de habilidades de autorregulación. El reto de los sistemas educativos consiste, por tanto, no solo en facilitar el acceso a estas tecnologías, como es el caso salvadoreño, sino en desarrollar competencias digitales y en aprender a utilizarlas crítica, ética y pedagógicamente.
¿Cómo explicar, entonces, la fascinación con las nuevas tecnologías? El informe observa que los estudiantes se han convertido frecuentemente en conejillos de indias de las tecnológicas multinacionales para poner a prueba sus inventos más recientes. Esta práctica inescrupulosa es permitida, tolerada e impulsada por gobernantes fascinados con las soluciones fáciles e inmediatas, y con los propietarios multimillonarios de esas empresas.
El sistema educativo nacional debe tomar notar de los hallazgos del informe PISA. No es buena idea entusiasmarse con el éxito de un pequeño plan piloto. Reproducir el éxito de 171 escuelas en todas las demás en año y medio es demasiado ambicioso, teniendo en cuenta el enorme rezago arrastrado por la educación desde 2022.
Sin duda, como se dice con entusiasmo desde la cuenta presidencial en X, “podemos” instalar conectividad, capacitar docentes y proporcionar la misma tecnología. Pero hasta ahora solo ha podido hacerlo en un reducido grupo de escuelas. El enorme retraso del estudiantado nacional se mantiene invariable desde 2022. La competencia y la eficacia no caracterizan al modelo de Bukele.
Dados estos resultados, sería insensato contraponer el éxito de un plan piloto de reducidas proporciones a la experiencia de los países ricos, que ya comprobaron los resultados pobres de la inteligencia artificial. Más que aspirar a “inspirar al mundo”, más sabio es inspirarse en él y aprender de él. La desafortunada comparación con Alemania y Suecia desvela unas competencias lectoras incapaces de comprender un texto complejo.
* Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.