Se busca un milagro

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Rodolfo Cardenal
30/04/2026

La búsqueda de recetas mágicas que transformen el país en algo nunca visto no cesa. Primero fueron las criptomonedas, ciudad y energía incluidas. Luego vino el régimen de excepción y ahora, conseguida la seguridad más segura del mundo mundial, llegó la apuesta por la inteligencia artificial de una de las multinacionales tecnológicas. La expectativa es la misma, que haga de la educación y la salud públicas algo inédito. La confianza en la tecnología es total. Los altos ejecutivos de las empresas tecnológicas son más confiables que los trabajadores estatales, volubles, indomeñables y poco confiables.

Este juicio negativo tiene cierto fundamento. La inoperancia gubernamental es observable en prácticamente toda la vida nacional. Es común que las obras públicas comiencen acompañadas de despliegues publicitarios para quedar poco después interrumpidas, incluso abandonadas y olvidadas, o que, una vez concluidas, sean intervenidas de nuevo para corregir una ejecución deficiente. Una razón es la falta de financiamiento, pero otra muy común es la incompetencia de los funcionarios para formular y ejecutar las políticas gubernamentales. Aparentemente, la inteligencia artificial evitará estos inconvenientes.

La apuesta por la inteligencia artificial es arriesgada. En cierto sentido, peca de ingenuidad. Indudablemente es una herramienta muy útil, pero solo en manos de quien sabe utilizarla. La inteligencia artificial no posee los superpoderes que parecen atribuirle sus comercializadores y sus clientes. La lista de países que restringen el acceso a las redes digitales a los menores, incluso a los adolescentes, se alarga. En Europa, en particular, los países nórdicos han regresado al libro impreso, al papel y al lápiz en el aula.

La siniestralidad vial, en ascenso, evidencia los límites de la tecnología. La dirección del transporte terrestre permanece atascada en la convicción decimonónica que sostiene que legislar es gobernar y que endurecer las penas disuade al delincuente. Endureció las normas y elevó los montos de las multas para garantizar la seguridad vial, pero la siniestralidad no baja, sino aumenta. Introdujo la tecnología para acabar de blindar la conducción segura. Colocó cámaras y habló de foto-multas, de pantallas digitales y del control de velocidad, sin obtener los resultados esperados. Si no hay quién haga cumplir la ley e imponga el orden en las calles y carreteras, los conductores campean por sus respetos. Reemplazó la policía de tránsito por gestores, que también desaparecieron. El aumento del parque vehicular y la obsolescencia de una infraestructura inadecuada y mal gestionada reclaman la intervención humana.

El DoctorSV es más de lo mismo. Busca aligerar la carga de la consulta externa de la red hospitalaria y ampliar la cobertura con la intervención de médicos anónimos en línea. Sin embargo, no existe ninguna evaluación científica que certifique que los diagnósticos del DoctorSV son confiables, que puede manejar acertadamente las enfermedades crónicas, que plantean situaciones críticas, y que, en efecto, mejorará los servicios de salud. Es decir, el DoctorSV es un experimento cuya eficacia no está debidamente comprobada. La cantidad de consultas que pueda manejar no es todo; el acierto en el diagnóstico y el tratamiento correspondiente son fundamentales.

Adoptar el DoctorSV sin mayor verificación objetiva de su desempeño y sus riesgos es usar a la población salvadoreña como un laboratorio de experimentación, financiado con préstamos voluminosos. La fascinación con la tecnología ha colocado a la gente a disposición de los inventos de las tecnológicas sin mayores garantías. Promete mucho, pero los resultados son inciertos y los riesgos, grandes.

No se trata de demonizar la telemedicina y la inteligencia artificial, sino de darles su justo lugar. Presentarlas como la respuesta a los graves problemas nacionales es un engaño. Una especie de huida hacia adelante. No está a su alcance resolverlos, pero crea la impresión de que el rumbo emprendido es correcto, que es todo lo que cuenta.

En siete años, Bukele solo ha reconfigurado la institucionalidad del Estado para concentrar su poder. El nivel de vida de la mayoría no ha subido; al contrario, se deteriora, sujeto a los avatares de la improvisación y la inoperancia. En esos años, el ejercicio del poder absoluto solo se ha excedido en la seguridad, acompañada de violación de los derechos humanos, en la explotación de la comunicación digital y en la corrupción.

Ninguna tecnología ni inteligencia artificial, por muy sofisticadas que sean, tiene capacidad para transformar el país tal como Bukele dice pretende. El único “milagro” constatable hasta ahora es el de las multinacionales tecnológicas, que han conseguido gratuitamente un laboratorio de seis millones de personas para experimentar y engrosar sus bases de datos con la información de la población salvadoreña.

Una educación y una salud públicas superiores a las de los países con mayor ingreso per cápita no están al alcance de Bukele. Mucho tendría que cambiar su régimen para comenzar a preparar el camino para alcanzar esas metas. Es hora de poner manos a la obra. No habrá ninguna intervención tecnológica maravillosa que lo saque del atolladero.

 

* Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.

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