El ciudadano y el voto

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El fin de semana próximo nos toca ir a votar. Por eso es deber de todos reflexionar sobre el voto. El voto es un camino, entre otros, de participar en la democracia. No es la única manera, aunque algunos políticos quisieran que fuera una especie de carta blanca para hacer, después de recibirlo, lo que les venga en gana. Así ha funcionado con frecuencia nuestra democracia. El ciudadano fiel da el voto con esperanza, y el diputado o el presidente electo lo defrauda haciendo lo que le viene en gana, cuando no sumiéndose en la corrupción de los saquitos, incremento de fortuna, etc. Las elecciones son, en definitiva, una forma de contribuir a la pacífica convivencia, señalando el rumbo que se desea en el país. Votar es una responsabilidad ciudadana, pero que no se agota en el día de las elecciones. Después hay que exigir que se siga la dirección deseada y prometida.

Votar implica tener ideas, deseos, emociones. E implica participar en el rumbo del país. Por ello debemos reflexionar loque deseamos para El Salvador. Y una reflexión con discernimiento. El tema de la seguridad ciudadana ofrece un punto de discernimiento ejemplar. Todos queremos paz social, convivencia sin violencia. Pero la cultura autoritaria y las emociones vindicativas nos impulsan muchas veces hacia la mano dura. Sin embargo, esta ha fracasado repetidas veces en el país y en el resto de América Latina. Dejarse llevar por las emociones y votar por la mano dura significa al final votar por la perpetuación de la violencia y su acentuación. La violencia engendra violencia, y cuando es generada por el Estado, se multiplica.

Es mejor reformar las instituciones democráticas para que sean más inclusivas, fortalezcan las capacidades de las personas e impulsen un desarrollo equitativo y justo. Aunque la violencia delictiva no tiene un origen único, lo cierto es que la combinación de aguda desigualdad, instituciones flojas y excluyentes, salarios mínimos injustos, cultura autoritaria, machismo, corrupción de los fuertes que se contagia hacia abajo en las estructuras estatales y aspiración desbordada al consumismo, forma un cóctel explosivo que está en la base de la violencia delincuencial salvadoreña. Frente a una serie combinada de causas, lo mejor es apostarle a la prevención, invirtiendo en la gente, en el desarrollo de sus capacidades y en el progreso de la sociedad en su conjunto, así como en el fortalecimiento inclusivo de sus instituciones.

Votar, si se quiere ser eficaz, requiere reflexión. Pero no solo eso, sino seguimiento al voto. Cada ciudadano debería hacer una lista de por qué razón o razones está votando. Y convertirse posteriormente en un observador de la política, de los avances de la convivencia pacífica y del desarrollo de los temas que lo movieron a votar. Los que tienen grandes intereses económicos hacen eso con precisión. E invierten dinero y recursos para fortalecer a los partidos de su preferencia. Los ciudadanos de a pie deberíamos hacer lo mismo. E incluso ser más críticos con el partido de preferencia, cuando no hace o no avanza en la dirección por la que le votamos. La fidelidad a unos ideales, contemplados supuestamente en los estatutos de los partidos, no debería ser un adorno, sino un instrumento de crítica y propuesta para quienes militan o votan por un determinado partido.

Tradicionalmente, se dice que criticar al partido de preferencia o de militancia es hacerle el juego al opositor. Pero esa no es más que una visión de corto plazo. Cuando la crítica desaparece, la burocracia y los intereses particulares se apoderan de los partidos. Y con el aumento de poder de las burocracias o los intereses económicos internos y externos, la corrupción florece. El caso del dinero de Taiwán, supuestamente repartido en saquitos, es un ejemplo más que evidencia lo que puede producir la falta de crítica y la protección a autoridades corruptas. Aunque el caso se politice, no significa que sea el único ni Arena el único partido que tenga ese problema. Por eso, se puede afirmar que es mucho mejor hacer la crítica del propio partido a tiempo, que esperar a que la corrupción salga a flote.

Votar es un deber. Y votar reflexivamente, una exigencia para que El Salvador avance en democracia, participación y desarrollo equitativo y justo. Así mismo, es indispensable mantener críticamente las razones por las que hemos votado y exigir al partido de preferencia coherencia con las esperanzas que depositamos en él, sea que llegue al Gobierno o quede en la oposición. Si no logramos ejercer el voto con esa responsabilidad, los partidos continuarán viéndolo como una carta en blanco y seguiremos sufriendo desigualdad, debilidad institucional, pobreza y violencia.

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