La primera encíclica del papa León XIV, titulada Magnífica humanitas, versa sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. El texto está estructurado en cinco capítulos y 245 párrafos. Uno de sus hilos conductores es la necesidad de construir una civilización del amor que enfrente las graves consecuencias que pueda generar la cultura del poder, potenciada por el paradigma tecnocrático. Otro hilo conductor y presupuesto de la encíclica es hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. En otras palabras, el texto busca responder a tres preguntas esenciales propias del pensamiento social cristiano: ¿cómo hacer más humana a la sociedad?, ¿cómo garantizar un mayor respeto a la persona? y ¿cómo cuidar y potenciar sus derechos?
En el quinto capítulo, “La cultura del poder y la civilización del amor”, el papa compara dos lógicas opuestas: por un lado, la tentación de construir la torre de Babel, confiando en el poder y el orgullo; por otro, la paciencia de reconstruir Jerusalén, como en tiempos de Nehemías, “pieza por pieza”, cuidando lo humano y el bien común. Se trata de una elección decisiva que ha de realizar la ciudadanía ética, la “magnífica humanidad”.
En los tiempos que vivimos, según León XIV, se está consolidando una cultura del poder en la que la disponibilidad de medios y la capacidad de dominar tienden a dictar la agenda y los criterios de decisión, relegando el bien común a un segundo plano. Más todavía, esa cultura del poder se expande normalizando la guerra, persiguiendo un poder militar cada vez mayor y alimentando un falso realismo, el cual repite que no existen alternativas.
Pero la encíclica afirma que sí hay opciones. La propuesta es la civilización del amor. Para el papa, “la civilización del amor no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente. Consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro —ya sea persona o pueblo— como un aliado necesario para la construcción del bien común”. En este enfoque, la inteligencia artificial debería estar al servicio del potencial humano y de las más altas aspiraciones, no en competencia con ambos.
Ahora bien, el papa advierte que “la civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización”. El Papa propone cinco vías de responsabilidad en la consecución de este proyecto.
Primero, desarmar las palabras. La primera contribución que podemos hacer a una civilización más humana es prestar atención a nuestras palabras. Desarmando las palabras contribuiremos a desarmar la tierra. El poder de las palabras es enorme y lo experimentamos en la comunicación cotidiana cuando alguien dice algo que cambia el estado de ánimo, ya sea para bien o para mal. Segundo, construir la paz en la justicia. Todos, a cualquier nivel, podemos contribuir al fundamento de la paz, que es la justicia. De hecho, no buscamos una paz cualquiera, una ausencia de conflicto a cualquier precio, sino esa paz verdadera que nace de la justicia.
Tercero, asumir la mirada de las víctimas. Hay situaciones en las que, para seguir siendo humanos, debemos abandonar las vacilaciones y tomar partido. Hay conflictos en los que no es justo permanecer neutrales y no basta pensar en “no ser cómplices”. Cuarto, cultivar un sano realismo. El realismo auténtico no renuncia a cambiar el mundo: comienza por ver con claridad los intereses, los miedos, las limitaciones y las relaciones de poder, precisamente para calcular qué es posible lograr y con qué pasos.
Quinto, relanzar el diálogo. Para construir la civilización del amor, debemos ejercitar el diálogo. Este es el principal instrumento de la convivencia entre personas y entre pueblos, y es la alternativa al conflicto abierto.
Comentario aparte merecen los números 124 y 125 del tercer capítulo, donde se habla de la grandeza de la persona humana. Ahí se dice que “algunos acontecimientos ayudan a ver que la historia puede cambiar cuando al menos un solo hombre o una sola mujer se toma realmente en serio la dignidad de todos”. En esta línea, se mencionan el movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos, vinculado al testimonio de Martin Luther King Jr., y el fin del apartheid en Sudáfrica después de la liberación de Nelson Mandela y su decisión de no poner el futuro en manos del odio.
Asimismo, se habla de mujeres valientes y generosas como santa Laura Montoya, santa Teresa de Calcuta, Dorothy Day, Maria Sk?odowska-Curie, María Montessori, Elisabeth Elliot, Wangari Maathai, Benazir Bhutto y tantas otras de todos los continentes que con su esfuerzo han contribuido a hacer más humana la historia. Y al referirse a los mártires de la fraternidad y la justicia, se mencionan a san Maximiliano María Kolbe, san Óscar Romero y beato Enrique Angelelli, entre otros.
En monseñor Romero tenemos, ciertamente, un ejemplo insigne de constructor abnegado de civilización del amor. Lo hizo en medio del rechazo y la persecución, e inspirado en el Evangelio. Lo hizo fortaleciendo el vínculo entre justicia, verdad y paz, expresiones concretas del amor en su dimensión social. Por eso fue conocido como el “mártir por amor”. Y desde la concreción histórica debemos decir que lo fue por amor a los pobres, al evangelio a la verdad y la justicia, en un mundo sin entrañas. Esa forma de amar constituye fuente de inspiración e interpelación. Inspira a ser humano e interpela nuestros grados de deshumanización.
En una de sus homilías proclamó: “¡Esta es la civilización verdadera! La que nos hace verdaderamente hombres humanos, cristianos, hijos de Dios, porque Dios es amor y la civilización que Dios quiere entre los hombres es la civilización del amor, en la cual se involucra también la justicia, la verdad y la libertad”. Para san Óscar Romero, la civilización del amor es una civilización con entrañas, atenta a los grandes clamores que brotan de la realidad.
* Carlos Ayala Ramírez, profesor de Cristología y Eclesiología de la Escuela de Liderazgo Pastoral Hispano en la Arquidiócesis de San Francisco, California.