La serie El país de nunca jamás

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Rodolfo Cardenal
23/06/2022

Los libretistas presidenciales se han superado en el último guion de Bukele. La primera temporada de la serie El país de nunca jamás la dedicaron a la pandemia. No fue mala, porque se ajustó, en buena medida, a la realidad; aunque mostró la vertiente autoritaria del protagonista. La siguiente temporada no tuvo tanta aceptación: el bitcóin, los Bonos Volcán y su ciudad, y la billetera chivo perdieron interés en menos de un año. Mejor no insistir en el tema. La misma suerte corrió la temporada del plan de control territorial de cuatro fases. Las pandillas lo dinamitaron inopinadamente. Entre una y otra temporada, los guionistas intercalaron temas menores como la infraestructura, las iniciativas de la esposa de Bukele y la familia presidencial. Unos temas que venden poco. Más éxito tuvo el hospital de las mascotas.

Sin embargo, la temporada en curso, dedicada al género negro, promete mucho. El guion desarrolla la atmósfera asfixiante de miedo, violencia, inseguridad, injusticia y corrupción del régimen. Al igual que los anteriores, el argumento se caracteriza por la confusión. Al mismo tiempo que denuncia una conspiración de Arena y del FMLN, en connivencia con la OEA, para facilitar que las pandillas se conviertan en un partido político, sostiene que estas están a punto de pasar a la guerra de guerrillas, “ya que les es imposible enfrentar a nuestros agentes y a nuestras tropas en las zonas urbanas”. Por esa razón, localizan “cada vez más campamentos clandestinos en zonas rurales” y piden “vehículos y equipo para guerra rural desde 2019”. Así, pues, el argumento seguirá con la excepción y el desarrollo de las tres fases siguientes del plan de control territorial, todas ellas “secretas”, igual que las anteriores. El terror y el suspense son la combinación ideal del buen thriller.

Algo muy importante falla en la inteligencia militar, o en los libretistas, o en ambos. El protagonista no pudo haber pedido esos equipos en 2019, porque esos campamentos no existían entonces ni los pandilleros planeaban convertirse en guerrilleros. Al contrario, había acercamientos para negociar la tregua. ¿O será que esos campamentos no son clandestinos ni hay planes para lanzar una guerra de guerrillas? Un desliz embarazoso del guionista, del director y del protagonista.

Si eso fuera todo, el descuido podría pasarse por alto. A veces, enmarañar la intriga genera más misterio. Pero es toda la trama de la temporada la inconsistente. Las pandillas no pueden pensar en un partido político al mismo tiempo que se organizan como guerra de guerrillas. Otra posibilidad es que esta última sea el paso previo para dar el salto al partido político. Curiosamente, es el mismo patrón del FMLN que, de guerrilla, evolucionó a un partido político. En este caso, la temporada actual es un remake de una serie ya vista. No es raro que el género cinematográfico caiga en esta clase de contradicciones.

Los disparates no pueden dar paso al desánimo. La serie de Bukele tiene también una vertiente de sci-fi. El mismo aconseja a quienes observan con preocupación la caída del bitcóin, que “dejen de ver la gráfica y disfruten la vida”. Deben mirar a otro lado y divertirse despreocupadamente, porque “su inversión está segura y su valor crecerá muchísimo […] Paciencia es la clave”. Un consejo parecido da otro alto funcionario a los alarmados por la inflación. No hay razón para angustiarse. La inflación es “un fenómeno psicológico, en la mente de los empresarios y la sociedad”. La reducción de la ingesta de los alimentos básicos es mental. Tampoco el riesgo fiscal asusta. Se trata de “informes tendenciosos”, que “lo único que hacen es darme risa”, dice. Y si sucede lo peor, “no es nada en comparación a lo que habrían defraudado los expresidentes” Saca y Funes. En definitiva, la actitud correcta del aficionado a la serie de Bukele, según una de sus protagonistas más destacadas, es el abandono total, porque “sabemos que cada una de las decisiones del presidente se toman en el momento oportuno. La gente tiene mucha confianza en sus decisiones y en cómo va la economía”.

Si solo se tratara de un mal libreto, la fase de excepción no sería más que una mala temporada. Pero está en juego la vida de decenas de miles de ciudadanos, pandilleros o no, cuyas vidas el régimen de los Bukele no puede garantizar. No tiene capacidad ni recursos. Tampoco voluntad. En los alrededores de sus cárceles, desprecia y humilla a los familiares que buscan información sobre los suyos o que intentan hacerles llegar un poco de ayuda que alivie las condiciones desalmadas a las que el régimen los tiene sometidos. La prolongación de la arbitrariedad comienza a dar señales de hastío. Así lo expresó un policía, al arrestar a su víctima: “Solo cumplimos órdenes. El régimen te lleva”.

 

* Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.

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