La presentación pública de las 50 mil becas fue exquisita. Un estadio vestido de fiesta, abarrotado por unos 30 mil jóvenes exultantes, que aguardaron, entretenidos por la farándula nacional y bien alimentados, la aparición de Bukele al final de la tarde. Este recorrió una larga alfombra del color oficial hasta una grandiosa plataforma circular, también alfombrada, levantada en el centro del estadio, desde donde ofreció educación superior universal.
Una promesa loable y oportuna, porque la mayoría no tiene acceso a ella por carecer de recursos económicos. Un recordatorio de las desigualdades y de la falta de oportunidades. Talento hay, pero posibilidades para desarrollarlo no. Motivación no falta, disciplina tampoco. No la disciplina que busca quebrar la voluntad y anular la libertad y, con ella, la responsabilidad, propia de las academias militares. Cuando hay razones para esforzarse y entregarse, se sacrifica lo inmediato con vistas a alcanzar un bien futuro.
Como era de esperarse, la promesa fue recibida con entusiasmo por la multitud. No es la primera vez que el Gobierno otorga becas. La privatización neoliberal de Arena tuvo la buena idea de destinar parte de los fondos obtenidos con la venta de la empresa de telecomunicaciones a esa finalidad. Desde entonces, con sus más y sus menos, la posibilidad de obtener una beca para estudiar siempre existió. No solo en el país, también fuera. Varios de los altos funcionarios actuales estudiaron en el exterior de esa manera.
En continuidad con esa tradición, Bukele ofreció becas en su primera campaña electoral. Una vez en la presidencia, repitió el ofrecimiento. El incumplimiento obliga a repetir la promesa. Sin embargo, ahora la meta es más ambiciosa: 50 mil becarios. Nadie se había atrevido a tanto. No por falta de voluntad, sino de recursos económicos. La deshonestidad con la realidad no augura nada bueno.
Los estudios superiores de calidad son caros en cualquier institución, pública o privada. Un préstamo de cien millones de dólares para financiar 50 mil becarios a largo plazo equivale a dos mil dólares por carrera, una cantidad irrisoria. A pesar de ello, Bukele ofreció bastante más: invertir el 8 por ciento del PIB, unos 3 mil millones de dólares, en educación. Pero su presupuesto actual es muy inferior a esa cantidad. De dónde saldrán, entonces, esos miles de millones de dólares. El acuerdo con el FMI no permite aumentar el gasto. Reajustar las partidas asignadas a las dependencias gubernamentales para reforzar la de educación implicaría cerrarlas casi todas. Las cuentas no cuadran.
El financiamiento no es suficiente para emprender una carrera universitaria. La educación básica y media actual no prepara para aprovechar los estudios superiores. Los procesos de admisión de las universidades muestran que la mayoría de los candidatos presentan deficiencias serias en lectura, escritura y matemáticas. Esta es otra razón por la cual, aparte de la económica, muchos tropiezan en los primeros ciclos, cambian de carrera y, decepcionados, abandonan los estudios. Aquellos que llegan al final no siempre tienen la formación deseada.
Las tabletas y las computadoras, la conectividad a internet, los nuevos currículos, el material didáctico y la capacitación de decenas de miles de maestros no son nada nuevo, ya fue anunciado antes. La lista se reforzó ahora con un tutor individual de inteligencia artificial. Si todas estas facilidades se concretaran, sus frutos se harán sentir a mediano y largo plazo. Por tanto, muchos de los beneficiados con las becas prometidas no están preparados adecuadamente para alcanzar las metas que se proponen.
La concesión de una beca no es suficiente motivación para estudiar. Es indispensable tener claridad sobre qué y para qué estudiar. Dos cuestiones difíciles de responder sin un plan de desarrollo que indique hacia dónde va el país. “El nuevo El Salvador” y “El Salvador renace” no son más que consignas. La perspectiva de encontrar un empleo bien remunerado es una motivación fundamental para escoger una carrera. Sin ella, qué sentido puede tener esforzarse para ser un buen profesional cuando existen otras alternativas para vivir desahogadamente.
No hay razones para pensar que las dos promesas (las becas y la mejora sustancial de la educación) serán realidad. Mucho menos que el modelo de Bukele “va a garantizar todo el camino”, desde el nacimiento hasta la conclusión de los estudios superiores. No lo ha hecho en siete años y no hay motivo, excepto su palabra, para pensar que lo hará en los próximos. No es que no quiera, es que no tiene recursos para un recorrido tan largo.
Entonces, cómo interpretar la multitud de jóvenes reunidos alrededor de un Bukele que les hizo unos ofrecimientos fuera de su alcance. La fiesta de las becas fue un montaje centrado en el enaltecimiento de su figura y, derivadamente, en la campaña electoral. Es deplorable que para ello hayan jugado con las expectativas de una juventud enfrentada a un futuro incierto.
* Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.