Recordar a los pequeños

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En la historia abundan los olvidados. Los poderosos, sean millonarios, políticos o militares, tienden a olvidar a los débiles y marginados de nuestras sociedades. Y casi con la misma frecuencia, una alta proporción de la ciudadanía, al sentirse impotente ante los problemas que la rodean, busca refugio en el olvido, en la migración o en un desarrollo egoísta y poco solidario. Por eso, cuando comenzamos un año que deseamos sea feliz para todos, resulta indispensable recordar a los pequeños. Porque sin ellos no habrá nunca felicidad plena. Sin la posibilidad de una felicidad básica que alcance a todos, no habrá seguridad en la felicidad de nadie. Ni siquiera en la de los más poderosos.

Los pequeños abundan en nuestro país. Los campesinos, depositarios y transmisores de cultura, tienen los peores salarios, las redes de producción más débiles y carecen de seguridad social. Los que se dedican al comercio informal están, mayoritariamente, en una situación parecida. Con los niños y niñas, a pesar de las frases laudatorias a la niñez, tenemos una enorme deuda. No puede ser que la mayor parte de las mujeres desaparecidas sean menores. O que la violencia se cebe desde la infancia en muchos de nuestros niños. El abuso a la mujer y la impunidad de muchos abusadores muestran la facilidad con la que olvidamos a los débiles y protegemos a los fuertes, que con mucha frecuencia son los más carentes de escrúpulos y los más violentos. En ese contexto, no es raro que los jóvenes tengan la tentación de asociarse en pandillas para responder desde la fuerza a una sociedad que los maltrata.

Y si queremos llegar a los más olvidados, debemos considerar a los privados de libertad. La idea de castigo y venganza hace que muchas personas pierdan de vista que quienes están en nuestras cárceles son personas. En una sociedad que se considera cristiana mayoritariamente, resulta paradójico que muy pocos se acuerden de las palabras de Jesús cuando decía que “el que esté limpio de pecado tire la primera piedra” o “estuve en la cárcel y no me fueron a ver”. A muchos nos preocupa que a políticos y a gente conocida no se les conceda la presunción de inocencia o se les impida la visita familiar; es una verdadera violación de derechos humanos básicos. La presunción de culpabilidad y el maltrato a los detenidos si son pobres han sido una verdadera plaga en el país. La prohibición de la visita familiar lleva muchos años presente y ha sido un mecanismo de castigo generalizado, aprobado festivamente por casi todos los partidos. Los traslados sin información a las familias, los castigos físicos, la mala alimentación no son parte de la sentencia que priva de libertad; simplemente son abusos injustos aprobados por nuestro modo indiferente, o incluso vengativo, de ver a los reclusos.

Recordar a los pequeños, a los siempre olvidados, a los débiles de nuestras sociedades, es la única vía que nos puede llevar a un desarrollo verdaderamente humano. El recuerdo solidario y compasivo nos hace humanos. El olvido de los pobres nos lleva a repetir los errores que conducen a la creación de sociedades violentas, con poca capacidad de impulsar proyectos de realización común. El poeta hondureño Roberto Sosa decía que “los pobres son muchos, y por eso es imposible olvidarlos”. Pero en esta sociedad nuestra que absolutiza el consumo y el individualismo, buscamos la manera de no verlos, aunque estén tan cerca como la comunidad La Cuchilla lo está de los condominios caros que están al otro lado de la calle que los separa. Cuando un año comienza, comprometerse con ver, escuchar, recordar y actuar en favor de los olvidados de siempre es la única manera posible de ser sinceros con la felicidad que se dice desear. Porque la felicidad, o llega a todos, o no es verdadera.


* José María Tojeira, director del Idhuca.

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