A pesar del negacionismo hoy en boga gracias al ascenso de la ultraderecha y la tecno-oligarquía, el cambio climático es una realidad. La evidencia es abundante y señala que ha sido causado por la acción del ser humano. Como especie, todos somos tanto responsables del desastre actual como víctimas de sus efectos, pero no en el mismo grado y de la misma forma. Ciertamente, la humanidad ya ha enfrentado diversos fenómenos socioambientales a lo largo de la historia, pero nunca con la frecuencia ni con la intensidad de este tiempo. Las inundaciones catastróficas y las sequías prolongadas se ven hoy agravadas por el cambio climático.
El fenómeno es tan determinante que dio origen a la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Creada en 1992, actualmente son parte de ella 197 Estados y la Unión Europea. La Convención tiene, pues, un alcance casi universal, y constituye un tratado jurídicamente vinculante. Las reuniones de seguimiento a esta Convención Marco se denominan Conferencias de las Partes o COP. La primera se realizó en 1995; en noviembre próximo se llevará a cabo la número 31. A propósito de esta reunión, que convoca a representantes de casi todos los países del mundo, la Compañía de Jesús impulsa la campaña global “Justicia Climática: Convirtiendo la Esperanza en Acción 2026”. La campaña hace tres llamados a las naciones del mundo que se reunirán en Turquía.
El primero, realizar una transición energética justa. Los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas) son responsables del 75% de las emisiones globales de efecto invernadero. Por tanto, teniendo como meta prescindir de ellos en 2040, urge diseñar un proceso que, liderado por los países ricos, proteja los derechos de las comunidades vulnerables, los trabajadores y, en especial, los indígenas, ya que en tierras de estos últimos se encuentran más de la mitad de los yacimientos conocidos de minerales críticos para producir energía limpia.
El segundo llamado es a aumentar el financiamiento para los países más vulnerables a los efectos del cambio climático, muchos de ellos en situación de pobreza. La propuesta es que la mayor parte de ese financiamiento se otorgue en calidad de donación, no de préstamo, para así no agravar su situación económica ya precaria. En la actualidad, más de 3 mil millones de personas viven en naciones cuyo gobierno gasta más en el pago de la deuda que en servicios esenciales como la salud y la educación. Por ello, se pide triplicar el financiamiento destinado a la adaptación al cambio climático para el año 2035.
Y el tercer y último llamado al mundo es a construir sistemas alimentarios globales centrados en la soberanía alimentaria y la agroecología. Los sistemas actuales producen comida, pero dañan la tierra y el agua, y emiten aproximadamente una tercera parte del total de gases de efecto invernadero. Comunidades indígenas y campesinas demuestran que es posible producir alimentos cuidando la tierra, el agua y las semillas. La agroecología puede ayudar a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, la deforestación, las prácticas agrícolas insostenibles y la pérdida y el desperdicio de alimentos.
Es probable que a algunos esta campaña global les parezca un clamor en el desierto. Sin embargo, la situación socioambiental que vivimos es tan crítica que el silencio y la inacción no son una opción. Es necesario exigir compromisos y medidas concretas y verificables a los gobiernos en la COP31.