Toda víctima es reflejo del Hijo de Dios

7
Editorial UCA
26/03/2018

Estamos tan acostumbrados al dolor de la gente, al abuso de la fuerza y a la brutalidad imperante que acabamos considerando víctimas solo a quienes sufren cerca de nosotros o son amigos nuestros. Los abogados de la Policía Nacional Civil, por ejemplo, acaban de decir en un escrito ante el juez que lleva el caso de Carla Ayala que la madre de esta agente no es víctima y, por tanto, no puede autorizar a nadie a representarla como querellante. Hay que recordarlo: Carla Ayala fue secuestrada, herida y sometida a desaparición forzada mientras se hallaba en instalaciones de la PNC. Las leyes salvadoreñas reconocen como víctimas a los parientes más cercanos de personas asesinadas, torturadas o desaparecidas. El derecho internacional insiste aún más en ello. Pero según estos malos abogados, serviles a las órdenes de unos superiores encubridores y malintencionados, no es víctima una madre a quien le desaparecen o le matan a su hija. Es una verdadera vergüenza que la PNC se apoye en ese tipo de abogados para defenderse frente a una solicitud de indemnización en favor de la madre de la víctima que ellos mismos, policías, desaparecieron.

La Semana Santa nos enseña, al contrario de lo que hace la Policía en el caso de Carla Ayala, a respetar a las víctimas y a solidarizarnos con ellas. Toda persona inocente sometida a la fuerza bruta, golpeada por intereses de poder, se convierte en víctima, así como Jesucristo lo fue del poder social, político y religioso de su tiempo. Y dado que Jesús aceptó su martirio desde el amor y la verdad para enseñarnos a superar desde la paz con justicia a los poderes del mundo que matan y oprimen, en toda víctima debemos ver el reflejo del Hijo de Dios. No podemos decir que somos cristianos si nos mostramos indiferentes ante las víctimas, porque en ellas está el rostro del Señor.

En El Salvador hay demasiadas víctimas. Niños y adultos lo son del hambre, una de las formas más brutales y crueles de la injusticia social imperante. Son víctimas también quienes tienen salarios o ingresos miserables a pesar de trabajar con denuedo. Son víctimas los asesinados y sus familias, los extorsionados, los desplazados forzosos —a quienes el Gobierno revictimiza al no reconocerlos—, la mujeres golpeadas, maltratadas, esclavizadas o sometidas a diversas formas de abuso. Si queremos celebrarla con algo de espíritu cristiano, la Semana Santa debe llevarnos a luchar pacíficamente en contra de toda estructura, decisión o actitud que genera víctimas. Los cristianos queremos un mundo sin víctimas. Y sabemos que ese mundo solo puede construirse desde el diálogo, la justicia y el respeto a la dignidad de la persona.

En estos últimos días hemos celebrado el recuerdo y la santidad martirial de monseñor Romero y, antes, al P. Rutilio Grande. Dos víctimas, junto con otras que les acompañaron en su dolor, que supieron darnos ejemplo de valentía cristiana. Fueron solidarios con los que sufrían sin temer la brutalidad del poder, que con tanta violencia respondía a los reclamos de justicia y paz. En El Salvador hemos tenido la suerte y el don de contar con espléndidos testigos de lo que significa seguir a Jesús de Nazaret y vivir la Semana Santa como fuerza social e histórica de la muerte y resurrección de nuestro salvador. Nos corresponde, pues, en estos días, reflexionar, descansar y orar. Y sobre todo, tener presentes en nuestras vidas a todas las víctimas de estructuras injustas. Presentes desde la solidaridad, desde el reclamo de paz con justicia, desde el esfuerzo constante en favor del respeto a la dignidad humana y desde la fe y la fuerza que pone en nuestros corazones el que por nosotros murió y resucitó para rescatarnos de toda injusticia y devolvernos el fundamental espíritu fraterno.

Lo más visitado
0