Homilía del primer aniversario del fallecimiento de los padres Rafael de Sivatte y Chema Tojeira
Hoy nos hemos reunido para recordar a nuestros hermanos Rafael de Sivatte y Chema Tojeira. Rafa murió el 28 de agosto del año pasado y Chema, solo ocho días después, el 5 de septiembre. Ambos sacerdotes jesuitas han dejado una profunda huella en nuestros corazones, en esta universidad, en la Compañía de Jesús, en la Iglesia, en comunidades y en otros diversos sectores de la sociedad salvadoreña.
Además de sus enseñanzas y trabajo en la UCA, al momento de su partida, ambos integraban la Junta de Directores, máxima autoridad de esta universidad. En este acto de memoria, a pesar de la melancolía y el dolor de ya no tenerlos con nosotros, priman el agradecimiento de haber compartido con ellos, los profundos lazos de amistad que construyeron y el servicio que dieron a la sociedad salvadoreña.
En su última participación en el programa radial Al filo de la semana, Chema habló sobre el fallecimiento de Rafa y lo describió como un hombre bueno, servicial, un trabajador incansable, experto en Biblia, especialmente en los profetas del Antiguo Testamento. Yo agregaría que también fue un jefe de teología cercano y afable; un acompañante dedicado, humano y atento; así como un hombre solidario y comprometido con jóvenes de familias de escasos recursos que deseaban continuar sus estudios universitarios.
Por otro lado, en el último video que le hizo nuestro compañero jesuita Francisco Díaz, aquí presente, Rafa se definía a sí mismo como un “pastoralista ilustrado”, dando un sentido pleno a sus estudios teológicos en su servicio a las comunidades rurales y urbanas a las que sirvió durante sus visitas a El Salvador a partir de 1985 y, especialmente, después de hacer de nuestro país su lugar de residencia en 1990. Como sugería Chema en ese último programa que grabó, todo esto hacía de Rafa un hombre muy querido en la Iglesia y, yo sumaría, entre los compañeros jesuitas y entre las comunidades que él frecuentaba.
Por su parte, Chema fue un hombre muy unido a la historia de El Salvador y a un amplio sector de la sociedad salvadoreña. Desde 1989, asumió con valentía y coraje la causa de la memoria, la justicia y la verdad en favor de sus compañeros jesuitas y de Elba y Celina, desde que fueron asesinados aquí en la UCA. De alguna manera, este acontecimiento también le llevó a comprometerse en favor de la justicia y la verdad con las víctimas del conflicto armado, pues veía el Caso Jesuitas como una punta de lanza en este sentido.
Chema, además, fue un hombre de sonrisa fácil, de palabra espontánea y cálida. La cercanía personal que dejaba entrever con facilidad no le quitaba la capacidad de ser punzante cuando señalaba con cierto desenfado los desmanes del poder, especialmente en contra de los más frágiles y vulnerables. Con todo, Chema siempre supo dejar puentes de comunicación bien puestos y firmes con los más diversos sectores de la sociedad salvadoreña. De hecho, uno de los recuerdos que más atesoro de Chema, además del tono con el que decía “compañero”, junto al recuerdo de su mano dándome una palmada en la espalda, es la invitación que me hizo a ser un hombre que tiende puentes, incluso ante situaciones que para muchos podrían parecer imposibles.
Si bien mis palabras quizá no logran hacer del todo justicia a la diversidad de los buenos recuerdos que nuestros corazones y mentes atesoran, considero que tanto Rafa como Chema condujeron sus vidas de una manera que ahora nos resultan ejemplares y esperanzadoras.
En ocasiones, en medio de circunstancias muy difíciles, ambos hombres decidieron mantenerse firmes en una práctica constante de amor y servicio, especialmente cuando el contexto negaba el sentido que tiene vivir de esta manera, como lo fueron las circunstancias del asesinato de nuestros compañeros y compañeras mártires. Ante el asesinato de sus hermanos, Rafa decidió quedarse de manera definitiva en El Salvador, hasta morir, como dice él mismo en la entrevista que antes cité. Por su parte, Chema se convirtió en un apóstol de la verdad y la justicia en favor de las víctimas de ayer y hoy, como recordábamos hace un momento y como bien sabrán quienes fueron sus colegas en el Idhuca.
En un contexto donde impera la incertidumbre, resultante de la prepotencia, de la falta de humanidad, compasión y empatía, de un ejercicio del poder muchas veces alejado de la búsqueda del bien común y del respeto de la dignidad humana, las vidas de Rafa y Chema nos recuerdan que tiene sentido amar y servir, movidos por una profunda esperanza, a nuestro país y a nuestra región, en particular a quienes más cargan con las consecuencias de la pobreza y de la concentración de la riqueza, pues, decía Chema, es aquí en donde está realmente el problema.
Al mismo tiempo, esta terca y necia constancia en el amor y el servicio, en la búsqueda de la verdad y la justicia desde la fe, hay que hacerla desde la esperanza en la reconciliación. En una sociedad tan profundamente dividida y tan apegada a hondos resentimientos y a una forma fácil de resolver situaciones con violencia, resulta urgente y necesaria la capacidad para tender puentes. No se trata de ocultar la verdad o de renunciar a la búsqueda de justicia; se trata de abrazar una constante lucha por la verdad y la justicia que apunte a la reconciliación, que implique adquirir una profunda capacidad de escucha y diálogo, de buscar consensos y acuerdos, de tender puentes que nos permitan acercar posiciones en favor de las personas más empobrecidas.
Después de recordar la vida de Rafa y Chema, y de haber reflexionado sobre los aprendizajes que podemos extraer de sus enseñanzas y ejemplos, resulta fácil comprender la razón de haber elegido una primera lectura en donde nos referimos a ellos como “hombres justos”. A pesar de haber muerto, por la gracia de Jesús, hoy las vidas de Rafa y de Chema resplandecen ante nosotros como chispas que prenden en un cañaveral. El cañaveral somos nosotros. Como sugiere la misma lectura, el recuerdo de ambos nos anima a permanecer de manera constante e irrenunciable en el amor y la verdad, la gracia y la misericordia, especialmente, cuando las circunstancias se ponen difíciles.
En ese sentido, Rafa y Chema, además, vivieron con la cintura ceñida y con la lámpara encendida, a la espera de la llegada de su Señor, como invita el Evangelio. Pusieron lo mejor de sus vidas al servicio de la misión que la Compañía de Jesús les confió en este país y en esta región, en esta universidad; se entregaron especialmente al servicio de las personas más frágiles y necesitadas.
Confiamos que ambos comparten la recompensa de estar en la presencia amorosa de ese Dios que es padre y madre, que comparten la gracia de estar sumergidos en ese amor. Y nosotros, ante ello y ante el testimonio de sus vidas, ojalá sigamos experimentando la invitación de mantenernos firmes en el amor y el servicio, en la búsqueda de la verdad, la justicia y la reconciliación, en especial ante contextos adversos y ante quienes cargan con las mayores consecuencias de las injusticias.
Queridos Rafa y Chema, los recordamos con mucho cariño y admiración. Gracias por enseñarnos, con sus vidas entregadas, que el Evangelio se vive donde hay dolor, pero también donde hay esperanza. Ustedes nos mostraron que El Salvador y toda Centroamérica son tierra fértil, porque aquí Dios sigue sembrando vida aun en medio de la injusticia.
Que el Señor nos conceda la gracia de honrar su legado. No con palabras grandes, sino caminando cada día como ellos: cercanos a nuestras hermanas y hermanos, fieles en lo pequeño, y sembrando paz donde haya violencia.