Amparo en el pueblo

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Margarita Moreno
30/03/2009

Eran pasadas las cuatro de la tarde del 28 de marzo. Cientos de personas ingresaban al parqueo anexo del edificio del ICAS, y en el escenario se escuchaba la música tradicional y folclórica del grupo Maya, que con sus rostros morenos y melodías daban por inaugurado el concierto del Festival Verdad 2009 "Amparo en el pueblo".

Pasaban los minutos, la gente seguía llegando al campus de la UCA, el sol se iba ocultando y salía a escena otro grupo nacional, los Torogoces de Morazán. Con sus muy peculiares y distintivas canciones, el conjunto que nació en las montañas de la lucha guerrillera puso a bailar a los cientos que ya se encontraban en el recinto. "¡Que viva monseñor Romero y que viva Katya Miranda!", exclamaba el vocalista, mientras se preparaban para cantar lo que denominaron "el segundo himno de El Salvador": El sombrero azul.

Luego de esta presentación, se dio paso a los grupos Signo Azul, Son ¾ y Exceso de Equipaje. Al fondo del escenario colgaban imágenes de los rostros de monseñor Romero, el padre Rutilio Grande y Katya Miranda. Sus miradas fijas y profundas parecían acompañar cada canción que interpretaban los músicos y que coreaba el público.

La primera artista internacional en subir a tarima fue la mexicana María Inés Ochoa, para quien, según declaró, participar en el evento no solo significaba expresar su solidaridad con las causas del pueblo salvadoreño, sino también homenajear la memoria de su madre, Amparo Ochoa, quien fuera una artista reconocida por su música inspirada en las luchas sociales y populares de los pueblos latinoamericanos. La mexicana fue uno de los artistas más aplaudidos de la noche. Al final de su interpretación, el IDHUCA le entregó una placa como homenaje póstumo a la memoria de su madre.

Después de escuchar las melodías de Ochoa, empapadas de folclor mexicano, se hizo presente la música proveniente del cono sur y las montañas andinas: Illapu. La entrada del grupo al escenario fue acompañada de una cerrada y larga, muy larga, ovación. Con su talento, los chilenos se llevaron del público salvadoreño baile, sonrisas y hasta lágrimas. Sus canciones con mensajes de esperanza, vida y positivismo crearon el clima perfecto para un concierto en el que, además de denunciar la impunidad, se renueva la fe y la ilusión de que las víctimas de las violaciones a los derechos humanos serán compensadas.

Con Illapu finalizó la franja de música popular y el espacio escénico se cedió por completo a los grupos de rock. En el intermedio, Violeta Menjívar, alcaldesa de San Salvador, expresó su alegría por el nuevo rumbo que ha tomado el caso de Katya Miranda y envió un mensaje a la madre y la hermana de la menor asesinada: "Estamos con ustedes y El Salvador está de pie vigilando la aplicación de la justicia en el caso de nuestra niña". Asimismo, dijo que es importante que "el nuevo Gobierno y la población emprendan una lucha por el respeto a los derechos humanos y por las víctimas".

El IDHUCA también entregó a Menjívar y a José Orellana, alcalde de Concepción Batres, Usulután, un reconocimiento por el apoyo que han dado, desde sus respectivas gestiones municipales, a las Defensorías de la Niñez y la Adolescencia.

En el momento de la entrega, Benjamín Cuéllar, director del Instituto, insistió en que ahora más que nunca es necesario entender que "sin verdad no hay justicia, y sin justicia no hay paz". En esta misma línea, el P. José María Tojeira, rector de la Universidad, manifestó que "necesitamos una ley de reconciliación que tenga como prioridad (...) la compensación a las víctimas y el establecimiento de la verdad", pues con la vigente ley de amnistía se ha "insultado a las víctimas de El Salvador y se les ha tratado de sepultar en el olvido". El Rector invitó al público asistente y a la sociedad salvadoreña en general a que "nunca nos olvidemos de la solidaridad con las víctimas".

Luego de estas palabras, el concierto continuó con las presentaciones del grupo nacional Lorena Cuerno y los del Bajo Mundo, y Carajo, de Argentina.

La música sonó hasta la madrugada. Las voces y las esperanzas de miles que anhelan y exigen justicia se unieron en un solo clamor, pidiendo el fin de la impunidad. Las víctimas no están solas; han encontrado su amparo en el pueblo.


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