Un hombre bueno

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El fallecimiento de monseñor José Adolfo Mojica, obispo de Sonsonate, nos lleva a reflexionar sobre la dimensión pública que todos estamos llamados a tener desde nuestras responsabilidades personales y ciudadanas. Lo mejor que podemos decir de él es que fue un hombre profundamente bueno. Bueno y bondadoso durante más de 20 años como párroco de Coatepeque, y lleno de bondad durante sus más de veinte años de obispo. Y precisamente porque lo era, imprimió a su labor y a su puesto episcopal una dimensión pública que podemos considerar como ejemplar. Establecer la relación entre bondad y responsabilidad social y pública puede ser nuestro mejor homenaje a este hombre de Dios, que trató siempre de hacer el bien y que, siguiendo a Jesús, amaba más el dar que el recibir.

En El Salvador no se puede ser bueno sin amar a los pobres, los que sufren y los olvidados. Y si se es figura pública, hay también que demostrarlo. Están quienes lo demuestran desde la generosidad de sus donaciones. Otros lo hacen desde la entrega en su trabajo de servicio a los necesitados. Y no faltan quienes lo demuestran desde el compromiso con la causa de los pobres. Monseñor Mojica lo hacía desde los tres campos que hemos mencionado. No era una persona de grandes recursos económicos, pero compartía lo que tenía o le daban. Estaba siempre dispuesto a compartir su tiempo y su consejo con quien se le acercara. Y apoyaba con su entusiasmo y su palabra lo que otros emprendían a favor de diferentes causas sociales y de desarrollo. De hecho, él mismo estaba seriamente comprometido con el desarrollo a través de sus conocimientos de cooperativismo y sus estudios en Chile en torno a temas de organización popular para la producción. Estudios que consiguió a través de, entre otros, su amistad con Rutilio Grande, un salvadoreño más de los que saben poner simultáneamente el corazón en el Evangelio y en los pobres y sencillos.

Sencillo y humilde, hablaba poco de lo que hacía y alentaba y animaba a los demás a construir una sociedad y unas relaciones comunitarias mejores. Su calidad humana y amistosa le hacía siempre cercano. Su interés por los problemas ajenos iba siempre acompañado de palabras y gestos solidarios. A veces incluso daba la impresión de que prefería dejarse engañar a pensar mal de los demás. Pasó de párroco cercano a obispo cercano. Su responsabilidad episcopal no le alejaba ni de la gente ni de las preocupaciones de quienes sufrían injusticias en el campo que fuera. En la Conferencia Episcopal, además de otras tareas, estuvo a cargo de la supervisión de los trabajos eclesiales con la juventud. Y allí brillaba su interés profundo no solo en ayudar a los jóvenes a acercarse a la persona de Jesús y su Evangelio, sino también en proporcionarles elementos que les permitieran ser críticos frente a la problemática social y económica del país. Los mártires, monseñor Romero y tantos otros testigos de la fe y la justicia como tiene El Salvador le parecían a monseñor Mojica los grandes maestros de esa síntesis entre la dimensión social del Evangelio y la opción preferencial por los pobres. Si en algo se distinguen la mayoría de los mártires salvadoreños es en su profunda apertura a la realidad y su compromiso social liberador, radicalmente unido al Evangelio. Y nadie mejor que ellos, en ese sentido, para emocionar y relanzar a una juventud que, en cuanto tal, necesita estímulos y caminos que encaucen e iluminen toda la inmensa energía, e incluso rebeldía, de esos años en los que tanto el cuerpo como el espíritu quieren vivir la vida intensa y plenamente.

Personas como monseñor Mojica permiten ver con esperanza el futuro. Representan la bondad y la laboriosidad de nuestro pueblo, unida a esa capacidad de incorporar ideales a la vida y ser coherente con ellos. Con frecuencia hemos oído decir que en El Salvador, aun con todos sus problemas, hay mucha más gente buena que mala. La catedral de Sonsonate estaba el lunes llena de esa gente buena que quería despedir, con enorme cariño, a ese hombre bueno que fue su obispo hasta hace poco tiempo. Al recordarle, queda la tarea de convertir la bondad en compromiso y acción, como él lo hizo. Y tal vez sea en este aspecto en lo que más nos ilumina monseñor Mojica. Mientras muchos dejamos la bondad como una especie de virtud privada, que se realiza y muestra en el ámbito del hogar, la familia y la amistad, nuestro buen obispo supo convertir la bondad en proyección y servicio constante al entorno amplio de su parroquia, primero, y de su diócesis y su país, después.

En El Salvador, necesitamos con urgencia seguir ese camino: convertir en virtudes públicas lo que normalmente consideramos virtudes privadas. Virtud significa, en primera instancia, fuerza. Y esa virtud que llamamos bondad, y que tienen tantas y tantos salvadoreños, debe convertirse en fuerza social. Monseñor Mojica supo convertir su bondad en servicio desinteresado, en responsabilidad social, en palabra iluminadora, en consejo y compromiso solidarios. Cuantas más personas buenas conviertan su bondad privada en respaldo, opinión y solidaridad con las causas justas del pueblo salvadoreño en salud, educación, pensión de ancianidad, pleno empleo y salario decente, más rápidamente avanzaremos hacia un desarrollo armónico, pacífico y creador de cohesión social. Tenemos bondad en abundancia en nuestro pueblo y tenemos sobrados ejemplos de personas que han puesto su bondad a trabajar. Monseñor Mojica, desde su vida bondadosa, hoy plenamente alojada en la suma Bondad, es para nosotros palabra de ánimo y ejemplo a seguir.

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Anónimo
11/03/2012
11:23 am
Hermosa descripción de Mons. Mojica. Debe ser hermoso morir en ese silencio de sus propias bondades y que los demás por si mismos puedan reconocerlas. Tengo una charla para jóvenes el martes, me ha dado buenas luces de cosas tan sencillas y evidentes y sin embargo tan complicadas y no visibles para quienes no queremos comprender que significa el paso por este mundo y sobre todo que espera Dios por nosotros.
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