Una pareja justiciera y ejemplar

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Benjamín Cuéllar
06/07/2011

Hace poco más de un mes, el pasado viernes 10 de junio para ser exactos, se cumplieron diecisiete años del asesinato de un joven salvadoreño alegre y prometedor. Fue en esa fecha de 1994, frente a un buen número de testigos, cuando a plena luz del día cayó mortalmente abatido a balazos Ramón Mauricio García Prieto Giralt. En aquel entonces, la mayoría de las opiniones dentro y fuera del país le auguraban un feliz destino a El Salvador; eran raras y muy mal vistas las voces críticas que veían nubarrones en el horizonte.

Entre las expresiones que desentonaban en medio de la marcha triunfal de la paz que llegaba, se encontraban las de Gloria y Mauricio. ¿Quiénes eran este par de pesimistas entre tanta dicha y felicidad? Pues, precisamente, la madre y el padre de ese joven ingeniero cuya ejecución se dio poco más de un año después de que la Comisión de la Verdad presentó su informe y acababa de entregarse el del grupo conjunto para la investigación de grupos armados ilegales con motivación política (la denominación diplomática para los escuadrones de la muerte).

La inesperada y brutal muerte de su hijo hizo de Gloria y Mauricio el símbolo viviente de una lucha desafiante y valiente, solitaria y ejemplar en la posguerra salvadoreña. Desafiante porque cuestionaba los cantos de sirena del Gobierno y la antigua guerrilla, recién convertida en partido de oposición. Valiente, además y sobre todo, porque sin miedo a nada ni a nadie dejaron claras sus sospechas sobre la autoría intelectual del asesinato, señalando a unos de los firmantes de los Acuerdos de Paz.

También solitaria porque sin compañía lograron llegar hasta donde poca gente ha podido en estas tierras. Quizás sea injusto absolutizar; ciertamente, ha habido gente solidaria con su causa, pero ha sido poca, muy poca. El esfuerzo de Gloria y Mauricio García Prieto no fue bandera de lucha de ningún partido. A pesar de los pesares, los obstáculos y las amenazas, las calumnias, Gloria y Mauricio llegaron casi en la más absoluta soledad hasta la Corte Interamericana de Derechos Humanos y lograron —sin ser un caso de la guerra— sentar en el banquillo de los acusados al Estado salvadoreño. Sin otra compañía más que la verdad, esta pareja ejemplar consiguió condenar a un sistema de justicia que se negó una y otra vez a impartirla por proteger a un criminal influyente.

Y su lucha también ha sido y sigue siendo ejemplar. ¿Por qué? Porque esa mujer y ese hombre, desde su dolor y dignidad, inspiraron y siguen inspirando a otros en la lícita y necesaria rebeldía frente a la impunidad. Lo lograron con las madres de Adriano Vilanova y de Katya Miranda; también con el padre de William Gaitán y la familia del cadete Erick Mauricio Peña Carmona. Y con tanta gente más que ya perdió el miedo; que está dispuesta a pelear con todo lo legal y, sobre todo, desde la legitimidad de una causa que para avanzar no depende de ningún analista o gobernante, que para ganar no requiere de falsos profetas ni defensores de derechos humanos de puro discurso.

Gloria y Mauricio, gente buena y necesaria, le han hecho un gran bien a este país. Su lucha le comenzó a quitar la máscara a un Estado que decía ser respetuoso de los derechos humanos. Con su íntegro e incansable batallar, comenzaron a derrotar la impunidad que quisieron consolidar los criminales y sus cómplices con la amnistía del 20 de marzo de 1993. Cualquier persona medianamente informada sobre lo que ocurre en el país los conoce; conoce su lucha y al monstruo que enfrentan desde hace tantos años. Su decidida y permanente denuncia trascendió los Gobiernos durante todos estos años, sin importar su signo.

Y no solo son ejemplo de amor por la justicia en El Salvador; también lo son más allá de nuestras fronteras. Los quiere y admira mucha gente que estuvo y está formando parte del Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (CEJIL), que se encuentra en plena celebración de sus dos décadas de existencia y que los ha acompañado desde 1996; también muchas personas que fueron y son parte del sistema interamericano de protección de derechos humanos.

Ese sistema es el que aún exige y espera ver un cambio real en nuestro país. Y es que más allá de la retórica y las invocaciones a monseñor Romero, el actual Gobierno no ha cumplido la sentencia que la Corte Interamericana de Derechos Humanos dictó por el asesinato de Ramón Mauricio García Prieto. Quienes acusaron a Saca de incurrir en desacato al no obedecer las recomendaciones de la Comisión en el caso del arzobispo mártir, hoy están gobernando y no hacen algo que los distinga en lo esencial. Hablan y hablan, eso sí. Pero ese palabrerío muestra su vacuidad ante el indeclinable compromiso de Gloria y Mauricio García Prieto con la verdad y la justicia.

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