Hora de echar culpas

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Cuando termina una administración gubernamental, y sobre todo si le sucede en la presidencia un partido diferente, la hora de echar culpas llega puntual. Ahora abundarán los que le echen la culpa de todo al Gobierno saliente sin pensar en las verdaderas causas de nuestros problemas. Y, por supuesto, sin mencionar para nada los nombres reales de quienes están detrás de la pobreza y la lentitud en el desarrollo de nuestro país. Cuando se sucedían gobernantes del mismo partido, las culpas se transmitían en forma de chismes, diciendo que tal ministro se había hecho millonario, y que tal otro se había compuesto la vida de tal y tal manera. Hoy, con un nuevo Gobierno de otro color, es bastante posible que se arme un poco más de escándalo, pero probablemente para quedar en lo mismo.

Esa tendencia a culpar a los políticos y a los gobernantes, y quedarnos así contentos, es parte de nuestra poca capacidad de análisis, y parte también de nuestra dificultad para salir de la problemática de corrupción, exclusión y violencia en la que nos movemos. Vivimos en una sociedad que no sólo ignora las necesidades de las mayorías, sino que trata además de invisibilizar a los pobres y a las víctimas. Y, peor aún, de encubrir, cuando no exaltar, a los victimarios y a los protagonistas del subdesarrollo.

No quiere decir esto que los políticos no tengan su buena parte de culpa. Pero los graves defectos que tenemos en el campo del desarrollo humano vienen de más atrás y de más gente. Sin embargo, preferimos fijarnos en lo inmediato, para olvidarlo casi a continuación. Tal vez la miseria de nuestra realidad nos hace olvidar que los mayores valores de nuestra historia han estado en las víctimas y no en los victimarios. Vivimos en un país al que se le ha contagiado una especie de curioso narcisismo. En contra de Roque Dalton, y su famoso poema de amor al pueblo salvadoreño, nuestra cultura ha ido evolucionando al revés. Roque Dalton expresaba un enorme amor a nuestra gente, a su resistencia frente al dolor y la opresión, a su capacidad de lucha, pero sin ocultar la terrible explotación y engaño al que estaba sometido. Nosotros ahora nos dedicamos alegremente a resaltar lo más superficial de nuestra historia, como si eso fuera lo que nos da nuestra verdadera identidad. Y sin hacer la crítica suficiente como para proyectar un futuro diferente.

Nos gusta recordar a la esposa salvadoreña de Saint-Exupery y también a la esposa de un premio Nóbel. O si se pone de moda, como se puso en el pasado, Mónica Lewinsky, en seguida le descubrimos un abuelo salvadoreño. Las enfermedades y otras contingencias de la elefanta o del hipopótamo del zoológico llenan más páginas de periódico que la enfermedad de Chagas, mal endémico que mata y sigue matando a tantos compatriotas. Incluso en el último informe de desarrollo humano de El Salvador, en el que se constata un enorme fracaso en el tema del empleo, nos vemos obligados a decir que ese fracaso sucede en uno de los pueblos más trabajadores del mundo. La necesidad de autoalabarnos parece no tener límites. La propia manía gubernamental de presentar como propaganda política las actividades básicas e insuficientes de lucha contra la pobreza nos indica algo más que un mal uso de los fondos públicos.

Sin embargo, echarle al presidente Saca la culpa de todos los males del presente, no es más que una manifestación de nuestra habitual miopía. Por supuesto que ha tenido errores y que éstos se han ido sumando a los de los presidentes anteriores y a los de nuestra propia historia. Pero el hecho de que Arena ponga al frente del Coena al ex presidente que privatizó los bancos, creando una de las inmoralidades económicas más espectaculares de toda la historia salvadoreña, nos dice mucho más sobre el país que el mal estado en el que la administración actual nos deja.

Hay en El Salvador una tendencia a la memoria de corto plazo, y con ella una incapacidad de planificar el futuro teniendo en cuenta la historia secular de explotación, prepotencia e indiferencia de los más ricos frente al dolor de los pobres. El oportunismo y la irresponsabilidad tradicionales ni se mencionan. Cambiar ese tipo de cultura dominante es el gran desafío. Y eso es más serio que echarle la culpa a un presidente saliente. Aunque ciertamente, para cambiar la cultura, hay que empezar a actuar en el campo de la rendición de cuentas. Y empezar ya es imprescindible, porque no podemos dejar para más adelante lo que lleva un atraso de siglos. Es necesario, pues, exigir cuentas y comenzar a tener mucha más transparencia desde el inicio del próximo Gobierno; e iniciar, a partir del primero de junio, un debate en serio sobre la reforma de nuestras instituciones. No para jugar irresponsablemente con ellas, como estamos acostumbrados, sino para ponerlas a funcionar con eficacia.

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