Paso de la muerte a la vida

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La pascua judía conmemora el paso de la condición de esclavitud a la de libertad; la pascua cristiana hace memoria viva del paso de la muerte a la vida, es el sí que da Dios a la causa de Jesús de Nazaret (su reinado de justicia y amor), en contra del rechazo de las autoridades judías y del imperio romano, promotores y autores de la muerte del nazareno. En ambos casos, la pascua resulta ser buena noticia, porque implica una transformación radical de aquella realidad que oprime o genera muerte injusta.

Para Jon Sobrino, Dios resucitó a quien "pasó haciendo el bien y liberando a todos los poseídos por el diablo (Hech 10, 38). El resucitado es Jesús de Nazaret, quien anunció el reino de Dios a los pobres, denunció a los poderosos, fue perseguido y ajusticiado, y mantuvo en todo una fidelidad radical a la voluntad de Dios". Si Dios ha resucitado a quien ha vivido de esa forma y a quien por ello fue crucificado, la resurrección de Jesús no es solo símbolo de la omnipotencia de Dios, sino que es presentada como la defensa que hace Dios de la vida del justo y de las víctimas. El Dios que se nos revela en la resurrección es vida, pues se enfrenta a los ídolos de la muerte.

L. Boff considera que "a través de la resurrección se puso de manifiesto que Dios había tomado partido por los crucificados. El verdugo no triunfa sobre la víctima. Dios resucitó a la víctima y, con ello, no frustró nuestra ansia de un mundo al fin justo y fraterno". En la resurrección, pues, se nos revela un Dios que triunfa sobre los ídolos de la muerte, un Dios que reinvindica la dignidad del justo y de la víctima. Eso, en un mundo donde parece que triunfa la injusticia y el verdugo, donde parece que los ídolos de la muerte tienen más eficacia que el Dios de la vida, resulta ser, en definitiva, una buena noticia.

En consecuencia, el anuncio de la buena nueva de la resurrección no es la transmisión de una doctrina ni la imposición de una moral, sino el convencimiento de que algo nuevo y decisivo se ha producido. Para los primeros cristianos, creer en la resurrección significaba volver a Jerusalén, reunir a la comunidad y compartir las experiencias, sin miedo a los judíos ni a los romanos (Lc 24, 33 y 35). Significaba recibir la fuerza del Espíritu Santo, abrir las puertas y tener la valentía de decir: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hech 5, 29). Proclamar y ser testigo de la resurrección de Jesús significaba creer que Dios es capaz de sacar vida de la misma muerte (Heb 11, 9), es creer que el mismo poder que Dios usó para resucitar a Jesús de la muerte será usado también en los seguidores y seguidoras de Jesús, por medio de la fe (Ef 1, 19-23).

Ahora bien, ¿qué puede significar para nosotros creer en la resurrección? ¿Qué puede significar hoy en día desear felices pascuas? El papa Benedicto XVI, en su mensaje urbi et orbi (a la ciudad de Roma y a todo el mundo) para la pascua 2011, ha puesto especial énfasis en los pueblos y comunidades que, a su juicio, están sufriendo un tiempo de pasión. Suyas son las siguientes palabras: "Que el fulgor de Cristo llegue también a los pueblos de Oriente Medio, para que la luz de la paz y de la dignidad humana venza a las tinieblas de la división, del odio y la violencia. Que, en Libia, la diplomacia y el diálogo ocupen el lugar de las armas y, en la actual situación de conflicto, se favorezca el acceso a las ayudas humanitarias a cuantos sufren las consecuencias de la contienda. Que, en los países de África septentrional y de Oriente Medio, todos los ciudadanos, y particularmente los jóvenes, se esfuercen en promover el bien común y construir una sociedad en la que la pobreza sea derrotada y toda decisión política se inspire en el respeto a la persona humana. Que llegue la solidaridad de todos a los numerosos prófugos y refugiados que provienen de diversos países africanos y se han visto obligados a dejar sus afectos más entrañables; que los hombres de buena voluntad se vean iluminados y abran el corazón a la acogida, para que, de manera solidaria y concertada, se puedan aliviar las necesidades urgentes de tantos hermanos; y que a todos los que prodigan sus esfuerzos generosos y dan testimonio en este sentido, llegue nuestro aliento y gratitud".

Estas palabras del papa nos indican que la pascua cristiana tiene que ver con realidades concretas más que con buenas intenciones. Cristo resucitado es camino de libertad, de justicia y de paz para los crucificados de este mundo. ¿Y qué decir de nuestra propia realidad? En El Salvador también se vive un tiempo de pasión, violencia, dolor y muerte. En Semana Santa no se disminuyó el número de homicidios (las cifras preliminares reportan al menos 71), la Policía Nacional Civil registró 5 mil riñas en los distintos balnearios y 17 muertos por accidentes de tránsito. Los males estructurales de la pobreza y la violencia siguen produciendo víctimas y sufrimiento. La pascua cristiana en este contexto se traduce en retos y compromisos. Por ejemplo, que en El Salvador, construyamos una sociedad sin marginación para reducir la pobreza; una sociedad segura, que valore y proteja la vida; una sociedad democrática, donde haya equilibrio entre derechos y deberes; una sociedad para la convivencia pacífica, fundada en el respeto hacia los otros, la responsabilidad personal e institucional, y la honradez con uno mismo y con los demás; una sociedad cultivadora de espiritualidad, que nos abra a la compasión y a la empatía con los otros y otras, que nos cualifique humanamente; una espiritualidad que nos capacite para ser personas que viven "la vida de Dios", es decir, personas cuya práctica sea "hacer el bien y sanar a los oprimidos". De momento, estos son retos; la pascua nos pone en el camino para convertirlos en realidades. Cuando esto ocurra, al menos parcialmente, la proclama "¡felices pascuas!" será más que una formalidad, será un paso concreto de la muerte a la vida.

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Anónimo
25/11/2014
14:40 pm
bn
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