Apuntes para entender la relación entre desarrollo y medio ambiente

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Violeta Martínez
18/03/2021

Entender la relación entre desarrollo y medio ambiente es un ejercicio mental sencillo, pero no trivial. Desde una perspectiva simplista, podemos considerar la acción de sembrar plantas alimenticias como un ejemplo que nos ayudará a ilustrar la forma en que se interrelacionan estos dos conceptos. Supongamos que contamos con semillas, tierra y luz solar, pero que no tenemos agua. A pesar de que logremos llevar las semillas a la etapa de germinación, la falta de agua para regar nuestras plantas hará que mueran pocos días después de haber brotado y el proyecto fracasará sin generar ningún resultado. Lo mismo sucede con el desarrollo y el medio ambiente. Si tenemos la fuerza de trabajo para impulsarlo, pero nos hacen falta los recursos y la tecnología para materializarlo, nuestro esfuerzo se volverá insostenible.

Esta idea de que los factores naturales pueden alterar el modo de producir podemos verla plasmada más directamente en los impactos que la falta de agua tiene en los cultivos. Según estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) hechas con datos de Yibuti, Kenia y Uganda recopilados entre el 2008 y el 2011, el 84% de los daños generados por las sequías que ocurrieron en esos países durante el período mencionado fueron para el sector de la agricultura y ocasionaron pérdidas de hasta 11.4 mil millones de dólares. Debido a que en esos lugares la agricultura es vital para la seguridad alimentaria, la reducción de la pobreza y el crecimiento económico, el organismo internacional incluyó información de otros eventos climatológicos en su análisis y determinó que, entre 1980 y 2014, los impactos combinados de las sequías afectaron a cerca de 363 millones de personas del África subsahariana. De hecho, durante el tiempo en que se llevó a cabo el estudio, la agricultura representaba un 25% del producto interno bruto y a más del 60% de la fuerza laboral. Concretamente, la FAO señala que los daños a la agricultura redujeron la disponibilidad de alimentos, aumentaron los precios de la comida, incrementaron las tasas de desnutrición en las zonas afectadas y disminuyeron las exportaciones de cultivos comerciales como el azúcar, el café y el tabaco. De acuerdo con la FAO, en Yibuti las sequías redujeron en un 25% el consumo de alimentos y en otro 50% el acceso a bienes y servicios como la educación y la salud, mientras que en Kenia se reportó hasta un 85% de contracción en la economía [1]. Si creemos que el desarrollo es algo exclusivamente económico, los datos de estos países deberían ser suficientes para entender por qué está relacionado con el medio ambiente. Sin embargo, hay más.

Hasta el 31 de diciembre del 2019, el Centro de Monitoreo de Desplazamiento Interno (IDMC) había contabilizado 33.4 millones de desplazamientos forzados internos en el mundo. De estos, 24.9 millones fueron causados por desastres naturales. El IDMC analizó los impactos de los desplazamientos internos causados por las catástrofes ambientales que ocurrieron entre 2010 y 2016 en 49 países, y encontró que la ocurrencia de estos desplazamientos disminuyó la estabilidad política y la ausencia de violencia, el personal médico, el gasto per cápita en salud, las camas hospitalarias, el consumo de energía eléctrica y el acceso a tecnologías y combustibles limpios para cocinar, entre otros factores [2, 3]. En términos menos economicistas, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) señala que los efectos más nocivos del desplazamiento forzado interno son “la pérdida de la tierra y de la vivienda, la marginación, las repercusiones psicológicas, el desempleo, el empobrecimiento y el deterioro de las condiciones de vida, el incremento de las enfermedades y de la mortalidad, la pérdida del acceso a la propiedad, la inseguridad alimentaria y la desarticulación social” [4].

A la inversa, podemos tomar como otro ejemplo la manera en que el desarrollo ha dañado históricamente a la naturaleza para entender las repercusiones ambientales de eso que constantemente nos plantean como algo exclusivo del dinero y el progreso. Solo en el tema de deforestación, la FAO señala que, mundialmente, la superficie forestal, como proporción de la superficie total, disminuyó de 32.5% a 30.8% entre 1990 y 2020. En la última década, la FAO estima que África registró la pérdida neta de superficie forestal más alta desde 1990, con un valor de 3.9 millones de hectáreas deforestadas al año. En Suramérica, se reportaron 2.6 millones de hectáreas perdidas anualmente durante el mismo período, y solo Asia presentó el mayor aumento neto de reforestación, seguida por Europa y Oceanía. Sobre la tasa de deforestación mundial, el organismo también calcula que desde 1990 se han perdido 420 millones de hectáreas de bosque [5]. En Centroamérica, el Programa Regional Ambiental para Centroamérica (PROARCA) y la Unión Mundial por la Naturaleza (UICN) advertían que, en el 2005, se deforestaba a un ritmo de 48 hectáreas por hora y que, hasta ese año, la región ya solo contaba con un 36.5% de cobertura forestal [6].

Hasta aquí hemos presentado suficientes recursos teóricos y prácticos para entender la relación entre desarrollo y medio ambiente que planteamos inicialmente. Como mencionamos antes, llegar a comprender plenamente las interrelaciones entre ambos conceptos involucra un ejercicio mental que, a pesar de ser bastante sencillo, cae fuera de la trivialidad porque requiere de cierta voluntad ética y moral. Hay quienes que, aun teniendo toda esta información y la capacidad crítica e intelectual para entenderla, prefieren anteponer el beneficio económico de unos pocos y permiten que su malinterpretada visión de desarrollo destroce a la naturaleza y genere más pobreza.

A nuestro juicio, el concepto más equilibrado e integral de desarrollo fue acuñado por la ONU a finales del siglo XX en el informe “Nuestro futuro común”. Según esta instancia, el desarrollo debe ser sostenible en el tiempo y “satisfacer las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones de satisfacer sus propias necesidades” [7]. Este cambio de paradigma permitió que la ONU aprobara los ODS en el 2015 y que con ello se crearan ejes de acción para que todos los países atendieran conjuntamente la urgente problemática ambiental, política y económica. Con esto, el organismo internacional incorporó por primera vez las preocupaciones ecológicas en las discusiones mundiales sobre desarrollo y dio lineamientos que buscaban atender directamente los componentes ambientales que no se habían incluido en los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM). Sin embargo, hemos encontrado muchos casos en los que el desarrollo sostenible ha sido utilizado como un calificativo que justifica, disfraza o suaviza el viejo concepto de desarrollo que la ONU quiso replantear.

En El Salvador, por ejemplo, Juan Marco Álvarez, excandidato a diputado por el PDC, dijo que apoyaría “una minería que mitigue de forma adecuada su impacto social y ambiental con monitoreo internacional” cuando el periódico digital Gatoencerrado le preguntó su postura sobre un posible intento de reactivar la minería metálica en el territorio nacional [8]. Estas declaraciones fueron hechas a pesar de que existen informes técnicos que demuestran que la minería no es viable en un país como el nuestro. De igual manera, el presidente Bukele ordenó al principio de su gestión que se aprobaran de inmediato todos los permisos ambientales para echar a andar varios proyectos que mantenían retenidos miles de millones de dólares en inversión; y, en el 2020, el ministro de Medio Ambiente, Fernando López, también dijo en una entrevista en la radio 102 Nueve que el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) no puede dejar de aprobar permisos ambientales [9]. Este modo de pensar de ambos dirigentes, que también ha estado presente en las gestiones de ARENA y del FMLN, evita que se analice a profundidad la relación entre desarrollo y medio ambiente que discutimos antes y amenaza a los recursos naturales y a los sectores más vulnerables.

Creemos, entonces, que estas expresiones están viciadas y que son constantemente utilizadas por quienes están en el poder para agregarle el calificativo de “sostenible” a muchas actividades económicas que posiblemente no lo son. Por lo tanto, consideramos que, a pesar de que el desarrollo sostenible sea un concepto novedoso que arroja mucha luz sobre cómo debe repensarse el modo de producir, es necesario analizar la sostenibilidad de manera independiente y darle el mismo valor que usualmente le damos al desarrollo económico. Cuando pongamos ambos conceptos al mismo nivel, nos obligaremos a cuestionar con mayor fuerza y responsabilidad cómo mantenerlos en equilibrio. En palabras del profesor Arun Agrawal de la Universidad de Michigan, el mundo avanza hacia una realidad que será insostenible en el futuro, pero para cambiar esta trayectoria debemos conectar la ciencia, la práctica, la empatía y todas las áreas del conocimiento con las decisiones personales y políticas que tomamos cada día.

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Bibliografía

1. Food and Agriculture Organization of the United Nations, «The impact of natural hazards and disasters on agriculture, food security and nutrition,» FAO, Italia, 2015.

2. Internal Displacement Monitoring Centre, «Global Report on Internal Displacement,» IDMC, Noruega, 2020.

3. Internal Displacement Monitoring Centre, «The ripple effect: economic impacts of internal displacement,» IDMC, Suiza, 2018.

4. Mesa de Sociedad Civil contra el Desplazamiento Forzado por Violencia y Crimen Organizado en El Salvador, «Desplazamiento Interno por Violencia y Crimen Organizado en El Salvador. Informe 2016.,» Mesa de Sociedad Civil contra el Desplazamiento Forzado por Violencia y Crimen Organizado en El Salvador, El Salvador, 2016.

5. FAO; PNUMA, «El estado de los bosques del mundo 2020. Los bosques, la biodiversidad y las personas,» FAO, Italia, 2020.

6. Programa Regional Ambiental para Centroamérica (PROARCA) y Unión Mundial para la Naturaleza (UICN), «Centroamérica en el Límite Forestal. Desafíos para la Implementación de las Políticas Forestales en el Istmo,» INFOTERRA Editores, 2005.

7. Organización de las Naciones Unidas; Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo, «Nuestro futuro común,» Oxford University Press, 1987.

8. O. González, «“No me opondría a una minería que mitigue de forma adecuada su impacto social y ambiental”: Juan Marco Álvarez,» GatoEncerrado, 12 Febrero 2021.

9. ARPAS, «Editorial "El ministro de la familia Dueñas",» ARPAS, 27 Noviembre 2020.

 

* Violeta Martínez, del Departamento de Ingeniería de Procesos y Ciencias Ambientales. Artículo publicado en el boletín Proceso N.° 37.

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