Insensibles ante las víctimas

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La falta de cultura en derechos humanos se advierte con claridad cuando se desprecia o se olvida a las víctimas. Los Gobiernos del FMLN han tenido más sensibilidad que los de Arena, pero queda todavía mucho por hacer. La famosa comisión ad hoc de la Asamblea, compuesta por personas comprometidas en el pasado con graves violaciones a derechos humanos, deja entrever esa cultura de desprecio a las víctimas, lo mismo que el famoso borrador presentado para el estudio de la llamada “ley de reconciliación”. Y es en ese campo de la cultura en el que debemos detenernos a reflexionar. De hecho, la solemne declaración de derechos humanos de 1948 debe mucho a las víctimas de la brutalidad de la Segunda Guerra Mundial, especialmente al sufrimiento ocasionado por crímenes sistemáticos y fríamente organizados contra etnias, confesiones religiosas y población civil indefensa. Las víctimas impactaron de tal manera en la conciencia de los países en guerra que la declaración universal de los derechos humanos fue necesaria e ineludible.

Entre nosotros, el reconocimiento a las víctimas ha sido impulsado por la sociedad civil con mucha más energía que por los políticos. Aunque no por toda la sociedad civil, puesto que, por ejemplo, amplios sectores empresariales han tendido más a promover el “perdón y olvido” que el lógico y adecuado proceso de verdad, justicia, reparación y compromiso de no repetición. Decir que la barbarie del pasado hay que dejarla de lado es la mejor manera de apoyar la repetición de graves abusos contra derechos básicos de la población. La memoria es parte de la esencia tanto de las personas como de las sociedades. Es la memoria de nuestra propia historia la que puede ayudarnos a forjar un futuro diferente. Si en una sociedad como la nuestra, con violencia generalizada, sepultamos a las víctimas en el olvido, el resultado será la perpetuación de esa misma violencia. Desarrollar un proceso adecuado de justicia transicional y restaurativa con las víctimas de graves violaciones a derechos humanos nos ayudará, sin duda, a tratar mejor a las víctimas del presente. Porque tampoco las víctimas del presente, especialmente si son pobres, tienen la adecuada protección o defensa del Estado.

A los que viven bien en nuestro país les falta capacidad de indignación frente a la injusticia. Y por eso esta está tan presente en nuestra historia. La solidaridad se da en El Salvador en el momento de catástrofes, pero generalmente dura poco tiempo. La justicia es lenta, imprecisa y en ocasiones arbitraria. La compasión pocas veces nos lleva a la acción. Con frecuencia, los sectores bien establecidos se alejan de las realidades de la población sufriente. Y en lejanía, con el añadido de la ignorancia, es casi imposible tener compasión. Frente a esta realidad, las víctimas nos ayudan a cambiar de actitud. El contacto con ellas provoca inmediatamente indignación ante lo injusto; la indignación nos lleva a la compasión, y esta a la solidaridad. Y nos impulsa también a buscar y exigir lo que nuestra Constitución garantiza: “pronta y cumplida justicia”.

Algunos que en el país se consideran prohombres o personalidades no se dan cuenta de las potencialidades de las víctimas para construir la paz. Y no hablo de militares o de violadores de derechos humanos. Abogados, jueces, profesionales bien establecidos ven a las víctimas como personas con mala suerte. A lo más, sienten lástima por ellas. Pero no les cuestionan en su diario vivir profesional o personal. Su educación cultural les lleva a ver a las víctimas como los fracasados de la historia, y simplemente prescinden de ellas. Sin embargo, son las víctimas y la sensibilidad humana ante ellas las que han llevado a la humanidad a grados cada vez mayores de civilización. El fin de la guerra civil fue más mérito de sus víctimas que de los firmantes de los Acuerdos de Paz. Fueron ellas las que levantaron un clamor interno e internacional de indignación ante la brutalidad de la guerra. Fueron ellas las que generaron una solidaridad intensa que abocó a las partes al diálogo. Fue san Óscar Romero, cuya fiesta acabamos de celebrar, y otras muchas víctimas las que movieron a monseñor Rivera, María Julia Hernández, el hoy cardenal Rosa Chávez y tantos otros y otras a trabajar esforzadamente por la paz. Las víctimas los sensibilizaron, los llenaron de compasión y los impulsaron a pedir justicia. Esa justicia que los insensibles ante el dolor de las víctimas no quieren que se lleve a cabo.

 

* José María Tojeira, director del Idhuca.

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