Ni desarrollo, ni medioambiente

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Rodolfo Cardenal
25/06/2026

Atribuir la crisis medioambiental al subdesarrollo como hace la cuenta en X de Bukele es un error de juicio que solo la empeora. El desarrollo sin más no ofrece ninguna solución. Sin embargo, el mandatario apuesta por esa vía para obtener los miles de millones de dólares que dice necesitar para limpiar los ríos, los lagos y las fuentes de agua, y para garantizar que permanezcan “limpios y brillantes”. Es una típica reacción a las críticas y a las protestas populares por la deforestación de El Espino. Aunque en su simpleza el planteamiento resulta atractivo, no resuelve nada.

La crisis medioambiental no es causada solo por el subdesarrollo, ni el desarrollo la soluciona, sino la profundiza. El neoliberalismo es un depredador salvaje. Desde siempre, el capitalismo asumió que los recursos naturales son ilimitados y, por tanto, susceptibles de ser explotados sin contemplaciones. El liberalismo del siglo XIX estaba convencido de que el progreso, una vez empezado, sería incontenible. Reformó el ordenamiento institucional del Estado republicano, pero el progreso no llegó. Eso sí, colocó las bases para la progresiva destrucción del medioambiente.

El subdesarrollo es la otra cara de la consolidación de la oligarquía agroexportadora. El desarrollo capitalista genera riqueza abundante, pero no proporciona forzosamente “los recursos necesarios para restaurar y proteger el medioambiente”, tal como asegura la presidencia. No lo hizo antes ni lo hará ahora. Mucho menos si le conceden toda clase de libertades, aun a costa de acrecentar los riesgos existentes en las zonas vulnerables.

El desarrollo, entendido como industrialización y diversificación productiva, no superó la marginalidad y el atraso. A mediados del siglo pasado, los países latinoamericanos soñaron con imitar a los países asiáticos. El modelo no era replicable. Hoy, Bukele, pese a advertir que “la clave para salvar el medio ambiente no es mirar atrás”, parece resuelto a recuperar el modelo desarrollista fracasado para imitar a China, Japón y Singapur.

Pero El Salvador no dispone del potencial material y humano para imitarlos. Los datos hablan por sí mismos. No solo es el país centroamericano con menor crecimiento económico, sino que la posibilidad de crecer está limitada históricamente por factores estructurales. Asimismo, es el país de la región con menor inversión extranjera directa, la cual más bien tiende a disminuir. A pesar de la propaganda, El Salvador no es atractivo. Además, su economía depende de la estadounidense, dado el peso enorme de las remesas.

Ahora bien, el medioambiente y el desarrollo no son excluyentes. Este es necesario, pero debe estar ajustado a las posibilidades reales de un país con más de la tercera parte de su territorio extremadamente vulnerable a los deslizamientos de tierra y las inundaciones. La aproximación a un desarrollo sostenible a mediano y largo plazo requiere controlar las fuerzas indómitas del capitalismo neoliberal, que prioriza la explotación sobre la sostenibilidad. No obstante, la presidencia piensa el desarrollo en los términos del siglo XIX. Su idea es impulsar un desarrollo tan intenso, es decir, explotador, que arroje los miles de millones de dólares necesarios para invertir en la conservación del medioambiente. Pero para cuando llegue ese momento, habrá poco que restaurar y proteger.

Sin embargo, no todo está perdido. Un plan de nación orientado a superar los factores estructurales que entorpecen el crecimiento y una voluntad política visionaria y fuerte, resistente a las protestas y los chantajes del capital, puede controlar sus ambiciones y dirigir un desarrollo sostenible encauzado a reducir la pobreza y la desigualdad, y a elevar el nivel de vida de las mayorías.

Por ahora, no hay señales de un cambio de este calibre. La concurrencia tardía de altos funcionarios gubernamentales, incluido el ejército, a un complejo de apartamentos de lujo, cuyas fundaciones quedaron al aire libre por mala construcción, es una muestra de lo que no debe hacerse: remediar el desastre en vez de prevenirlo y ocuparse solícitamente de un edificio donde residen algunos diputados mientras que los habitantes de territorios vulnerables, también castigados por lluvias torrenciales, son abandonados a su suerte.

La prevención debiera ser una actividad permanente y universal. Asimismo, es urgente intervenir lúcida y drásticamente dados los efectos cada vez más destructivos del cambio climático. El fenómeno de El Niño que ya hace sentir sus embates es una nueva advertencia. Atribuir los males del país a una sola causa es un paso en falso que solo agrava una crisis ya de por sí aguda. La solución tampoco es simple. Bukele crea la impresión de que la respuesta está al alcance, cuando, en realidad, su aproximación pospone de manera indefinida comenzar a poner manos a la obra. Crea la impresión de que el cambio está en camino para no cambiar. El desarrollo económico seguirá siendo débil y el desgaste ecológico será cada vez más devastador.

 

* Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.

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