Comunicación y migración

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Jorge Rodríguez
26/05/2026

El 8 de mayo, UCA Editores presentó el libro Convivir a través de las fronteras, de la estadounidense Lynnette Arnold. Entre las innumerables virtudes del libro hay algunas que conviene remarcar. Por un lado, la obra contribuyen desmontar estigmas sobre la migración; y, por otro, combate narrativas ideologizadas sobre el papel del migrante. En esta línea, Arnold pone en evidencia cómo los discursos dominantes sobre la migración en El Salvador maximizan el rol proveedor de las personas migrantes, otorgándole un significado ético-moral a este rasgo de la identidad migrante. Así, el migrante que envía remesas es un buen salvadoreño que no olvida a su familia, mientras que el que no lo hace es egoísta.

Estas narrativas ocultan que las clases dominantes en los países de origen se ven beneficiadas de esta representación. Es decir, ocultan que a través de las remesas se subsidia a Estados que no garantizan derechos sociales básicos, como el derecho a la salud, a la educación, a un trabajo digno y a una alimentación adecuada. El envío de remesas es premiado socialmente por los discursos dominantes porque evita o reduce el impacto del encarecimiento del costo de la vida, la ausencia de oportunidades de trabajo digno y la precariedad creciente de los sistemas de protección social. Con ello se evita el surgimiento de crisis humanitarias y de conflictividad social que pueden hacer tambalear la estabilidad política.

Esto es posible observarlo en la Ley Especial de Beneficios y Protección para la Diáspora y Personas en Movilidad Humana, aprobada en 2025. La normativa da facilidades administrativas y procesales a los migrantes que traen dinero y bienes materiales, mientras que a aquellos que regresan sin recursos se les dedican muy pocos artículos y no se define con precisión el trato que les brindará el Estado. Por otra parte, las más recientes reformas electorales que le asignan escaños a la diáspora facilitan otra acción unidireccional: los migrantes dan sus votos y con ello suman poder político a un partido. Esto mientras el Estado salvadoreño no se pronuncia sobre la persecución que sufren los migrantes a manos del ICE ni sobre el próximo vencimiento del TPS para nuestros connacionales.

Ciertamente, estos discursos sobre la migración no son nuevos, han estado presentes en los últimos treinta años. Ese plazo nos permite entender que, igual que en Estados Unidos, el discurso sobre migración no es consecuencia de una agenda de los partidos políticos, sino de algo más profundo: el beneficio que obtienen las élites globales del trabajo de  los migrantes, una mano de obra barata sin beneficios sociales.

Lynnette Arnold muestra que la comunicación entre los migrantes y sus familiares que permanecen en el país de origen constituye un espacio de resistencia en el que se combate estos discursos dominantes. Una resistencia que se realiza a través de prácticas de cuido diversas y multidireccionales, en las que el objetivo prioritario es mantener los lazos familiares a través de las fronteras, no el dinero.

El abordaje es inspirador porque evidencia, una vez más, que es la gente, las familias y las comunidades las que muestran el camino para resistir y transformar las desigualdades, mientras que las clases dominantes y el Estado las reproducen.

 

* Jorge Rodríguez, coordinador del Servicio Jesuita con Migrantes.

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