Venezuela: solidaridad y mezquindad

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Rodolfo Cardenal
09/07/2026

La respuesta pronta y generosa de El Salvador a Venezuela es encomiable. Los rescatistas han sido un ejemplo de entrega y sacrificio. Las muchas toneladas de medicamentos, de alimentos y de equipos varios enviados son inapreciables en una catástrofe de gran envergadura como la que asuela a Venezuela. De esa manera, El Salvador sumó sus esfuerzos a los de otros países latinoamericanos y europeos. Lamentablemente, la pequeñez humana, siempre presente, enturbió la generosidad de los 300 integrantes del contingente salvadoreño y el altruismo de la ayuda humanitaria.

La solidaridad no ha sido desinteresada. Dejando de lado las motivaciones del círculo venezolano que rodea a la familia gobernante, la intervención salvadoreña no ha podido evitar el espectáculo, grotesco, dadas las circunstancias. Casa Presidencial instrumentalizó la catástrofe para exaltar de manera poco elegante el nacionalismo, es decir, a Bukele. Utilizar la desgracia para engrandecer una figura política es repugnante.

El primer miembro del contingente que descendió del avión bajó arrebujado en la bandera nacional. A una de las personas rescatadas con vida de entre los escombros también la envolvieron en la bandera, aun antes de prestarle los primeros auxilios. Los miembros del contingente la exhiben ostentosamente. El énfasis no recae en el pueblo salvadoreño, sino en Bukele, proyectado como el héroe de la misión.

Durante días, su cuenta en X ha dado seguimiento a las labores de los rescatistas en segunda persona del plural. Así, habla de nosotros, escuchamos, seguimos, entregamos… como si el mismo Bukele dirigiera in situ las actividades del contingente. La cámara omnipresente le dio acceso a las operaciones de rescate, desde el primer contacto con la persona atrapada hasta su liberación. Incluso celebró el hallazgo de una mascota. Todo ello sin olvidar invocar el nombre de Dios a cada paso.

Es imposible evitar comparar el interés de la cuenta presidencial en X en el desarrollo de las labores de rescate y de asistencia humanitaria, incluida la psicológica y la atención a los menores, con su total desinterés en la suerte de los damnificados salvadoreños por las recientes lluvias y en la de los desventurados, que se cuentan por decenas de miles.

Es incomprensible enviar a los venezolanos alimentos, agua potable, personal sanitario, psicólogos, programas para la primera infancia, incluso veterinarios “para animales afectados”, cuando centenares de comunidades salvadoreñas carecen de ello. Sobreviven en la escasez y la desdicha, necesitadas de todo, de cuidados médicos y psicológicos. Sus hijos menores, víctimas de la desnutrición, el maltrato y el abandono también demandan cuidados especiales, actividades recreativas, espacios seguros y educación. Todo ello “sin pensar en el tiempo, sin pensar en condiciones”.

La generosidad con Venezuela es agravio comparativo para las multitudes salvadoreñas desesperadas. Sus angustias y sufrimientos dejan indiferentes a la cuenta en X de Bukele. Casa Presidencial no comparte con los venezolanos desde la pobreza nacional, sino desde una liberalidad que niega a los salvadoreños. La razón de esta doblez es la propaganda. Los indigentes nacionales no son material publicitario. Más bien estorban a un régimen que cuya carta de presentación es la creación de país maravilloso. Los damnificados venezolanos, en cambio, ofrecen una oportunidad única para exhibir la generosidad y la compasión de Bukele. La Venezuela terremoteada es una ventana abierta al mundo desde la cual se proyecta un mandatario humano, magnánimo y sensible.

Si en Venezuela “cada vida salvada representa una enorme esperanza”, aquí los descartados no son novedad. Siempre han estado ahí como elemento constitutivo de la realidad nacional. Su presencia molesta y perturbadora es inevitable. Por eso, “el nuevo El Salvador” los oculta detrás de megaestructuras luminosas. “El nuevo El Salvador” no es para todos.

La asistencia generosamente prestada a Venezuela no es reprochable, al contrario, debe ser apreciada y agradecida, pero en su justa medida. Es innoble manipular la tragedia para servir intereses egoístas. Es injusto dar a otros lo que se niega a los propios para proyectar una imagen compasiva en un medio que se resiste a aceptar el modelo de Bukele. La tragedia invita a la solidaridad, a compartir desde la propia pobreza y de manera desinteresada. El pueblo salvadoreño ha dado muestras de ello en incontables calamidades.

La sabiduría popular atesora una máxima para calificar intervenciones como la del modelo de Bukele. La reprueba por juzgarla candil de la calle y oscuridad de su casa. La coherencia pide ser luz dentro y fuera. Y mucho hay que iluminar en las interioridades de un régimen que se desenvuelve en las tinieblas.

El evangelio del reinado de Dios enseña a quienes lo invocan que la mano izquierda no debe saber lo que hace la derecha (Mt 6,3). Las buenas obras deben ser realizadas con discreción y humildad, evitando buscar el reconocimiento y la aprobación públicas. El bien debe hacerse de manera desinteresada, sin buscar elogios o recompensas. El Dios de Jesús reprueba la mezquindad y el exhibicionismo.

 

* Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.

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