Las redes sociales y la idea de actividad política actual en El Salvador

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Este escrito sostiene la siguiente tesis: el uso cuasi exclusivo de las redes sociales como sustituto del ámbito político tradicional entorpece y mina los procesos democráticos, en lugar de agilizar la discusión y facilitar el acceso a la participación política. Esto lo examinaremos en el marco del actual contexto de cuarentena y distanciamiento social causados por la pandemia del COVID-19, como una invitación al debate y la reflexión.

La influencia de las redes sociales en el dinamismo social de El Salvador está vinculada en alguna medida con la malignidad de la coyuntura actual. La razón de esta influencia radica en su estatus de realidad o lo que en filosofía llamamos “estatuto metafísico”. Aunque difícilmente podríamos dar una respuesta definitiva o pronta en estas páginas, el debate vale la pena. En cualquier caso, hay que subrayar que internet y las redes sociales no son formas de realidad como un ser humano, un perro o la unidad de un grupo de personas que conforman un colectivo. Entonces, ¿qué son? En la línea zubiriana, las consideraremos como cuasi realidades, es decir, son reales, pero no completamente (Zubiri, 1985).

La realidad de internet y de las redes sociales radica en que tienen una función respecto de nuestra vida: su sentido, usos, funciones e influencias sobre las personas no son autónomas, sino que dependen de nosotros. Son posibilidades para que vayamos haciéndonos la vida de distintas maneras, según sean los proyectos individuales y colectivos (íbid.). Si no hubiera seres humanos, entonces la realidad relativa de las redes de internet no existiría. Inclusive podemos decidir eliminarlas y nuestra vida seguiría de otra forma.

El hecho de percibir la dinámica de las redes sociales “como si” tuviera vida propia se debe precisamente al sentido que esta tiene para la vida, como ya mencionamos. Todos los contenidos y actividades que puedan emerger de las redes sociales son resultado de la interacción humana en sociedad. Tener esto claro debe ayudarnos a no hipostasiar la “opinión pública” en las redes, ni a deshumanizar a quienes hacen uso de estas, o restar importancia a lo que ahí sucede, porque la dificultad del carácter de ambigua realidad de estos espacios radica en que nos ha conducido a considerar y, en muchas ocasiones a creer ciegamente, en que lo que se dice y lo que se hace en las redes es lo que realmente se da en la vida efectiva e inmanente: que los tweets, los posts, las fotos, los comentarios, los videos, los estados, etc., que ahí se comparten son lo que cambia y define la realidad tanto individual como socialmente considerada.

Esto es una manifestación del llamado reduccionismo idealista, presente en la tradición filosófica occidental y que permea nuestro sistema cultural: reducir la realidad a pura materia desechable y darle más valor al elemento espiritual o ideal, por encima de lo corporal. El mismo Ignacio Ellacuría señaló que el privilegio de las ideas, lo virtual y lo espiritual, en detrimento de la realidad concreta, es una de las causas de la opresión y represión sistemáticas en las naciones empobrecidas como la salvadoreña (Ellacuría, 2001), al ser justificante y racionalizante de la miseria real en aras de un bienestar de índole únicamente espiritual.

Esta preeminencia de lo virtual sobre lo real también nos pone en alerta frente a las ilusiones de las parrafadas, las columnas de opinión, los tweets o estados que pretenden corregir el mundo desde un teclado y sus autores escondidos tras una pantalla, sin cargar con el peso real de las circunstancias y del sufrimiento de todos aquellos que no tienen un celular, saldo, internet o siquiera energía eléctrica para expresar lo que padecen, pero que se habla por ellos y en nombre de ellos para justificar abusos de cualquier tipo o para erguirse con el heroísmo de un montón de likes o reposts de aquellos que ya están de acuerdo con la autora o autor pero que no convencen a quien no comulga con estas ideas. Esto aplica tanto al gobierno y sus estructuras, a los partidos políticos y sus representantes, las instituciones educativas, así como a la población en general.

La pretensión de analizar el discurso y las acciones del actual gobierno, así como la conducta de la población, desde una mal pretendida neutralidad y objetividad conferida por la distancia del internet es, asimismo, un peligroso desliz idealista y reductor de la realidad, pues se privilegia el estatus que se alcanza con el discurso virtual por encima de la efectividad real de la acción: no invitamos a la reflexión y al debate argumentado cuando insultamos o denigramos, o cuando damos la verdad a priori a quienes piensan y ven el mundo como nosotros. Estas pretensiones de democracia y neutralidad nos muestran, pues, hasta qué punto estamos inmersos en el campo de lo ideológico y lo fácil que se puede pasar de expresar la propia visión de mundo a absolutizarla y demonizar todo lo que no entra en nuestras convicciones: así, la visión explicativa del mundo que tenemos, conformada por las creencias, educación, religión, ideas políticas, etc. (esto es, la ideología), se convierte en dogma encubridor de los propios intereses aplicados a la totalidad de la realidad y que queremos que sean asumidos como verdaderos, de forma obligatoria, por todos (es decir, la ideologización) (Ellacuría, 1990a).

Hablar con verdad y hablar desde la verdad no implica solamente la búsqueda de la objetividad, que es necesaria, sino también el esfuerzo intelectivo, ético y práxico por intentar posicionarnos desde lo más rico de la realidad: las vidas de quienes ondean banderas blancas a la orilla de la carretera, las familias de miles de fallecidos o de quienes salen a las calles a vender lo que puedan para poder subsistir aún a costa de contagiarse de la enfermedad, o la población desempleada y cada vez más precarizada. La primacía de la realidad del sufrimiento de millones de salvadoreños anónimos debe conducir a la academia y a la ciudadanía en general a perseguir la verdad, a analizar las causas de la injusticia y los dinamismos que expresan dichas causas. Esto no se alcanza desde la prevalencia acrítica del partido con el que se milita, del ego, del estatus o desde las publicaciones virales, sino desde el esfuerzo compartido para entender y escuchar las voces que claman hasta el cielo desde el silencio de la miseria o de la muerte.

Es evidente que las soluciones no son fáciles, porque las causas de la conflictividad no se vislumbran a simple vista: de ahí su intrínseca problematicidad. Por tal razón, situar una dimensión de la actual coyuntura en las redes sociales no se agota en decir que son el instrumento por excelencia de comunicación (una afirmación simplona y ya harto dicha), sino que enfatizar en el hecho de que se han convertido en falsa arena política y ya no en mero medio de comunicación, es lo que puede ayudarnos a desentrampar los análisis políticos, sociológicos, filosóficos e inclusive científicos de la actual pandemia en el país.

El llamado “activismo digital” se ha vuelto una peligrosa herramienta, al entenderse como un fin en sí mismo y no en un elemento más en el debate público. Se equipara la realidad material y concreta con lo virtual, rehuyendo al debate cara a cara y cerrando las condiciones necesarias para que haya ámbito político, entendido como una forma de realidad que emerge de un espacio común real, donde todos los interlocutores son tomados en cuenta por igual (isonomía), y es reconocida su igualdad tanto para hablar como para ser escuchados (isegoría) (Arendt, 1997 y 2009). La isonomía y la isegoría son condiciones fundamentales para el desenvolvimiento y la estabilidad del espacio democrático que debe caracterizar a toda actividad política. Sin embargo, la igualdad en el espacio discursivo pasa por la igualdad real, por lo que difícilmente puede hablarse de la conformación de una política real si no hay igualdad jurídica, económica, educativa, tecnológica y de género entre todos los que se encuentran en el espacio público.

La historia reciente de El Salvador nos muestra cómo la idea de lo político se ha deformado en favor de lo partidista y de la segregación, de una actividad que es privativa de una supuesta clase electa democráticamente, que se encargaría de solucionar los problemas públicos para que la población pueda dedicarse a sus asuntos privados. Para ello lo que toca a la población es apoyar y votar, no debatir ni hacer contraloría. Esta forma mutilada de entender la politicidad del ejercicio de ciudadanía tiene sus raíces en el tipo de persona que se forma a través del currículo educativo nacional de posguerra y la influencia cultural estadounidense como modelo ideal de realización personal, desligada de los problemas de la comunidad. Asimismo, la incapacidad de los distintos gobiernos para erradicar las principales brechas que llevaron a la guerra civil ha producido una cultura de miedo e incertidumbre. Esta cultura también ha sido causada por la privatización de servicios, la desinformación producida por la avalancha de datos y entretenimiento que trajo la llegada de internet y nuevas tecnologías, la migración masiva principalmente hacia Estados Unidos, la violencia de las maras, la corrupción policial y militar, y de los mismos funcionarios públicos, etc.

Este cambio no es reciente, sino más bien resultado de un proceso gradual de desdibujamiento de los límites entre lo público y lo privado: dicho de otra forma, lo político supone unos límites y un espacio definido, con reglas definidas, mientras que lo privado, aunque es manejado por cada cual, presupone la acción de la esfera pública en la toma de decisiones y la participación de todos los involucrados para procurar la viabilidad de esta forma de vida. Este equilibrio en un espacio delimitado es lo que fundamenta la libertad. Ellacuría también nos dice que lo público y social es impersonal por ser de todos y, sin embargo, lo que se dé en este haber humano de lo social repercute en cómo se personalicen y humanicen los individuos que conforman esta sociedad (Ellacuría, 1990b). La idea del individualismo moderno, con sus libertades negativas, retiran al individuo de la esfera del debate público y lo relegan a las cuestiones relacionadas con el consumo y la producción para el goce personal, mientras que el Estado y el mercado se encargan de regular, a través de sus diversas instituciones, el curso y estilo de vida que se ha de llevar.

Lo peculiar de esta aparente e insalvable oposición radica en que, con el monopolio estatal de todo asunto poblacional, caemos en la injerencia de lo público gubernamental en lo que es de carácter privado y personal, de modo que la configuración del individuo ya no está en manos de lo social y comunitario, sino según sea el arbitrio del gobierno de turno a través de sus políticas públicas (sanitarias, educativas, culturales, económicas, entre otras). Lo personal se hace público, pero no por ello se hace político. Con las redes sociales, esta penetración y consecuente borrado de la frontera entre lo público y lo privado se apareja con la reducción de lo político a la gestión administrativa económica de un territorio (Foucault, 2007).

Lo privado sale a la luz en línea y se somete a escrutinio de otros, del gobierno y de las grandes corporaciones internacionales, lo político deviene régimen económico y las personas se reducen a perfiles con cara, pero sin rostro y, por tanto, sin una dignidad que deba ser respetada y salvaguardada: por ello se puede insultar, amenazar, calumniar y estafar impunemente (Han, 2013). De la despersonalización de estos espacios digitales no puede surgir ninguna revolución: las que se han visto en el ejemplo de la revolución de los pingüinos en Chile (2006) y las Marchas de la Dignidad en España (2014), no fueron meras consignas, ni memes o párrafos grandilocuentes, sino convocatorias para la lucha popular por la recuperación de lo que es de todas y todos.

Internet y las redes sociales no son lugares de construcción comunitaria porque no son un espacio material que emerge de la versión y consecuente relación de un grupo de personas que comparten algo en común, pero pueden llegar a serlo si se las emplea como lo que son: herramientas de transmisión de información. No son realidades morales, por lo cual carece de completo sentido demonizarlas, pero lo que de ellas resulte sí puede ser sujeto de valoración moral porque son personas quienes hacen uso de ellas para propósitos particulares. Por estas razones, precisamente, el presidente Bukele y los miembros de su gabinete pueden o, mejor dicho, pretenden que pueden manipular la arena del diálogo a conveniencia: la han colocado en las redes sociales y la sociedad civil los ha seguido ciegamente, tanto detractores como simpatizantes, entrando en el mismo juego de discusiones, insultos, memes, discursos y culto al ego que imponen los trending topics en Twitter o lo que comparten los círculos de “amigos” en Facebook, por ejemplo.

Mucho se ha dicho acerca del uso que hace el presidente de Twitter para gobernar, pero hace falta preguntarnos por qué, pese a tanto análisis del discurso y crítica de múltiples sectores, esto no cambia. Por qué no hay un enfrentamiento y un contacto directo de los gobernantes con la población a la que deben rendir cuentas. La misma crítica tampoco ha salido de las mismas redes sociales ni se ha hecho carne en el espacio público. Eso, podemos señalar desde lo ya dicho en estas páginas, es el verdadero problema y una razón de peso por la cual nuestro país aparentemente camina, pero no avanza: sus problemas no son coyunturales, ni de un gobierno u otro, ni de este presidente u otro, sino que son estructurales y hay una evasiva histórica para atacar estas estructuras perversas, tanto de los gobiernos como de la población salvadoreña. Esta evasiva se puede observar en la falta de materialización de lo que se pregona en internet, pues no pasamos del encierro y el discurso selectivo, al diálogo y acuerdos comunitarios en el espacio público.

Encerrar todo en la virtualidad y reducir la praxis política a lo que se dé en estas redes, impide que haya una verdadera imposición de la realidad, que nos veamos tocados e impelidos por ella con toda su fuerza y radicalidad, pues solo en esta medida es posible hacerse cargo de ella de forma responsable, ética y justa. No se puede obviar, en el análisis de las estructuras de El Salvador, el calado de la cultura del capital y sus valores inclusive en quienes se consideran a sí mismos “buenos” o del lado “correcto” del espectro de análisis político (Ellacuría, 2000). Para que haya transformación social, estructural e histórica, también debe haber una transformación personal que libere y conduzca más allá de la apariencia y de lo inmediato, eterno atolladero en el que se quedan varados analistas políticos, académicos, militantes de partidos políticos, periodistas y organizaciones sociales. La urgencia de lo inmediato no puede, ni debe desviar la atención de lo importante, porque mientras no se entienda cuál es la raíz última de la permanente crisis salvadoreña, nuestro país se verá perennemente atrapado en el juego de crítica y cambio de gobierno de turno, pero nunca verá sus problemas resueltos. Las preguntas para reflexionar quedan: si el encierro por la pandemia es un fuerte impedimento para la organización y el encuentro con el otro, ¿qué haremos cuando este se acabe? ¿Qué haremos cuando terminen el periodo del actual gobierno y de la legislatura que está por venir? ¿Seguiremos contentándonos con el discurso volátil y las noticias pasajeras de las redes, esperando el próximo gobierno a criticar, o recuperaremos el espacio de todas y todos?

El pueblo chileno ha demostrado, con sus luchas iniciadas en octubre de 2019, que es posible recuperar las calles, las plazas y el cuidado comunitario, para encaminarnos hacia cambios más radicales en las estructuras jurídicas, económicas, educativas y de salud que generan opresión. Su lucha empezó en la calle, derrotando el terror del fantasma de la dictadura, y está por retornar a ella. La pandemia no ha sido un impedimento para la organización por la aprobación de la asamblea constituyente este 25 de octubre. El reto para nuestro país es reflexionar cómo podemos reconstituir nuestro tejido histórico y comunitario para conformar un frente común de lucha contra los intereses privados que secuestran lo que es patrimonio de todas y todos. Esto implica, como hemos venido reflexionando, que se debe recuperar el diálogo y la apertura frente a la disidencia, otras formas de vida, de razonamiento y creencias para comprender sus razones e intenciones.

Posicionarse preferencialmente desde lo que Ellacuría llamó el lugar que da verdad, el lugar de las víctimas y, por ello, el lugar por excelencia de iluminación y liberación de la realidad implica dejarse afectar por el dolor y la injusticia, no para engrandecer el ego y ser alabados en las redes, sino para acercarnos teórica y práxicamente a la humanidad del otro. Exigir esta preferencialidad a las instituciones del Estado, la academia, los partidos políticos y la sociedad civil, es un deber que nos compete a todos y esto, a partir de las reflexiones de este texto, pasa por la conciencia de que, quedándonos en las redes sociales, como lo venimos haciendo desde hace más de 15 años, no lo lograremos. La realidad de El Salvador nos brinda signos reveladores de negatividad histórica: falta de democracia, de transparencia, de solidaridad; y privilegio del prestigio y la riqueza por encima de la vida de las grandes mayorías. Revertir estos signos es tarea constante, desideologizadora, preferencial y de perpetua conversión y escucha a lo que nos manifiestan aquellos cuyas voces no resuenan por ninguna parte.


* Marcela Brito, directora de la Maestría y Doctorado en Filosofía Latinoamericana. Artículo publicado en el boletín Proceso N.° 21.


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Bibliografía

-Arendt, H. (2009). La condición humana. Buenos Aires: Paidós.

-________ (1997). ¿Qué es la política? Barcelona: Paidós.

-Ellacuría, I. (1990a). Función liberadora de la filosofía. En Veinte años de historia en El Salvador (1969-1989). Escritos políticos I (93-121). San Salvador: UCA Editores.

-________. (1990b). Filosofía de la realidad histórica. San Salvador: UCA Editores.

-________. (2000). Utopía y profetismo desde América Latina. Un ensayo concreto de soteriología histórica. En Escritos teológicos II (233-293). San Salvador: UCA Editores.

-________. (2001). La superación del reduccionismo idealista en Zubiri. En Escritos Filosóficos III (403-430). San Salvador: UCA Editores.

-Foucault, M. (2007). Nacimiento de la biopolítica. Curso en el Collège de France (1978-1979)

-Han, B. C. (2013). La sociedad de la transparencia. Barcelona: Herder.

-Zubiri, X. (1985). Sobre la esencia. Madrid: Alianza Editorial-Sociedad de estudios y publicaciones.

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